LA CRÓNICA
Los nacionalistas logran que el debate sobre el futuro del catalanismo centre la Diada
Maragall y Pujol piden una respuesta colectiva de los catalanes para hacerse respetar
Montilla relativiza las críticas y pide "modestia y moderación en los juicios del presente"
En la película de Alfred Hitchcock titulada El hombre que sabía demasiado Doris Day se pone a cantar en voz muy alta la canción ¿Qué será será? como argucia para superar una situación francamente peligrosa. Algo raro estará sucediendo en Catalunya para que todo el mundo - todo el mundo político y periodístico, sobre todo- se pase el día haciéndose la misma pregunta, ¿Qué va a ser de Catalunya, del catalanismo, de los partidos políticos...?, como si la situación política atravesara un momento de provisionalidad que, desde luego, el calendario político no justifica y el aspecto que ofrecían ayer mismo las playas, todavía menos.
Todo está relacionado con la figura del català emprenyat,felizmente acuñada por el colega Juliana, que expresa su cabreo en las encuestas, que es donde más les duele a los políticos, pero que, a diferencia de otras épocas, no se queda el fin de semana lamentándose o mirándose el ombligo, sino que aprovecha cualquier oportunidad para zambullirse en el Mediterráneo previa contratación de un vuelo barato pongamos que a la isla de Malta. Y a las penas, puñaladas.
Y como no se sabe cómo ni cuándo el català emprenyat va a pronunciarse políticamente pese a las sucesivas invitaciones, existe una sensación de precariedad en el mundo político-mediático catalán, como si lo viejo hubiera muerto, pero lo nuevo todavía no acabara de llegar y todavía nadie se atreve a hacerse a la idea de cómo va a ser. Y esa incertidumbre suscita algún tipo de angustia, sobre todo, claro está, entre los que tienen algo que perder y los que lo perdieron todo y no ven inmediata la manera de recuperar nada.
Ciertamente ha arrancado un curso político electoral en el que hay muchas cosas en juego, pero la incógnita no es quién va a ganar las elecciones. No se ve ninguna amenaza sobre Zapatero. La incógnita es más profunda y en tiempos de incertidumbre siempre surgen mil y un profetas con anuncios que van desde paraísos soberanistas hasta el apocalipsis nacional. En estas circunstancias es lógico que quien gobierna intente aplacar los ánimos, así que el president José Montilla se empleó a fondo en ello, aunque en cuanto le preguntaron respondió: "Catalunya será lo que sus ciudadanos, ahora y en el futuro, decidan". Montilla no se convirtió a la fe autodeterminista. Simplemente pretendía evitar que los medios pusieran de manifiesto que no está dispuesto a ayudar a su vicepresidente, Josep Lluís Carod-Rovira, a hacer realidad su supuesto sueño de la independencia para el año 2014. Al fin y al cabo, para eso falta mucho y ambos se conforman, de momento, con seguir compartiendo el poder de ahora hasta entonces.
Ahora bien, para los socialistas es un verdadero engorro que el debate político se centre en la cuestión del catalanismo, porque les obliga a practicar constantemente el funambulismo político. Sin ir más lejos, ayer el PSC se desmarcó en el Congreso del resto de los partidos catalanes para impedir que el presidente Zapatero diera explicaciones sobre los problemas de infraestructuras.
Con lo que les ha costado a los socialistas romper el paradigma pujolista y sustituirlo por el dilema tradicional izquierda/ derecha ahora, siendo ellos los que están en el poder, no acaban de entender cómo el líder de la oposición, Artur Mas, con una idea tan recurrente como la refundación del catalanismo ha logrado fijar la agenda del principio de curso. Y para acabarlo de arreglar, irrumpe el ex president Maragall y dice que lo que tiene que refundarse es el PSC y que socialistas y convergentes de hecho tendrían que estar en el mismo partido, tal como viene a proponer el gurú británico Giddens, pero claro, con grupo parlamentario propio.
Con todo, la Diada transcurrió soleada y plácida, con las banderas, aplausos y abucheos habituales. Ni más ni menos, hasta que por la tarde, en el acto de condecoración de Pujol y Maragall, los discursos alcanzaron otro tono y otra gravedad. Los ex presidentes, actuando como notarios honoris causa, coincidieron dando fe de que la situación catalana requiere una respuesta colectiva. Maragall dio a entender que la paciencia de los catalanes se está agotando y que "conviene que la rauxa,ni que sea calculada, se imponga a la parsimonia sistemática". Pujol tampoco fue protocolario: "Catalunya no es fruto de ninguna Constitución (...), viene de lejos, de algo mucho más profundo (...), y nos quieren igualar en todo (...) y entonces es cuando ha de entrar en juego el pueblo de Catalunya. Y los partidos políticos. Y toda la sociedad. Y la Generalitat. Y de una manera muy particular el president". Montilla cerró el acto relativizando "el peso de las coyunturas", e invitó a "practicar un poco más la modestia y moderar un poco la pretensión trascendente de nuestros juicios sobre el presente". El debate no ha hecho más que volver a empezar.

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