Onze de Setembre

El mirador

Flotaba sobre el parque de la Ciutadella una tenue brisa budista, ayer, al caer la tarde. Calientes los corazones, en busca, aparentemente, de la felicidad.

La visita, por la mañana, al Parlament del líder tibetano - una especie de Tarradellas en el exilio, pero con túnica- parecía haber devuelto a los invitados a la recepción, que ofreció el presidente Benach, el añorado espíritu de concordia, que sólo la meditación y la búsqueda espiritual pueden proporcionarnos en tiempos tan agitados.

Allí estaban todos, de Montilla a Sirera, de la izquierda a la derecha, o de lo que sea a lo que sea, pasando por todos los meridianos posibles del nacionalismo y el independentismo, que componen ese crisol de culturas que, afortunadamente, es hoy la Catalunya política y hasta la social.

Llenazo hasta la senyera ante la iluminada fachada principal del noble edificio, sede del poder popular, incluso en un país con más ilusiones - ¿frustradas?- que poder.

Ante la puerta principal, cuatro grandes letras, también iluminadas, pero por dentro, en ingeniosa y moderna composición, no se sabe si escultórica: ONZE. Hermosa alegoría para fecha tan señalada.

Dos mil invitados, dos mil - cifras oficiales- llenaban el recinto al aire libre. Saludos de amigos y conocidos, cordiales encuentros de los que fueron, de los que son y de los que algún día esperan ser, incluso contra todo pronóstico, que la esperanza es lo último que se pierde en política.

Y expectación, morbosa expectación, por ver si Pasqual y Artur - uno que fue y otro que quiere ser- estrechaban manos y cruzaban diálogos. En épocas agitadas, un simple gesto de elemental cortesía, imprescindible en gentes bien educadas, puede tomarse como síntoma de vayan ustedes a saber qué insólitos contubernios. Nada fuera de lo común, en día y lugar como los de anoche.

Muy celebrado fue por los invitados el cuscús de cordero, suelto el grano y muy en su punto. Acertada muestra de multiculturalismo cosmopolita, para los tiempos que corren.