Aquellos que tenemos el privilegio de ausentarnos un par de días a la semana de la gran Barcelona nos encontramos con un país distinto, más moderno, más realista, con más tranquilidad de espíritu, más emprendedor y más creativo. Un país en el que la retórica barcelonesa llega como el eco de los tambores lejanos de minorías ilustradas, con poder político y mediático, que construyen discursos voluntaristas, mesiánicos en algunas ocasiones, casi siempre con el objetivo de que sus vaticinios y prospectivas sean los únicos que pueden librarnos de las supuestas cadenas que nos oprimen, humillan y desprecian.

Entro de lleno en lo políticamente incorrecto para decir que el país, Catalunya, goza de muy buena salud, más o menos como la que experimentan los italianos, franceses o británicos. Percibo que el orgullo de vivir y trabajar en la Catalunya de los seis millones, que fue una marca que nadie se atrevía a poner en cuestión, se ha pasado al catastrofismo, irredentismo y pesimismo de la Catalunya de los siete millones, políticamente en manos de un tripartito sin un discurso homogéneo, por lo tanto, sin un discurso, llena de sobrevenidos, insegura, sin futuro y arrodillada ante el poder insaciable y centralista de Madrid.

Ni lo uno ni lo otro. Vivimos en un país normal, con crisis gruesas y menos gruesas, con debates que entusiasman a unos y aburren a otros. La realidad es mucho más tranquila, más ordenada, más optimista al margen de que quien gobierne ahora Catalunya no proceda de la clase social que ha gobernado desde siempre, casi ininterrumpidamente,

La globalización que se inició hace pocos años con epicentro en el binomio de Nueva York y Washington no se detuyo en París, Barcelona o Buenos Aires. Ha penetrado hasta el último rincón del planeta para que quien quiera pueda entrar en esta dinámica que nos da oportunidades a todos, aunque algunos pueden aprovecharse y de hecho se aprovechan más de ella.

Sostengo una teoría que no tiene necesariamente que ser cierta pero que puedo elaborar con cierta lógica. Consiste en que la modernidad, siempre de la mano de la libertad, no está necesariamente relacionada con las grandes concentraciones urbanas sino también en los ambientes rurales que ya no se pueden confundir con los territorios históricamente ligados al el mundo agrario.

No me refiero a los cenáculos del pensamiento que irradian ideas que cambian el comportamiento de millones de personas a medio y a largo plazo, como pueden ser las grandes universidades, por ejemplo Harvard, Oxbridge, Stanford o Bolonia. Hay un mundo modernizado que ya no es exclusivo de las grandes ciudades, sino que se abre paso también en núcleos urbanos más pequeños, más humanizados, más creativos, en el que se puede compatibilizar una cercanía con la naturaleza y ser a la vez centros de cultura, de investigación y de progreso.

Un territorio en el que se puede experimentar algo tan antiguo como la vendimia de estos días con una cita con el teatro, la ópera y el deporte de elite en cualquiera de sus variantes. La existencia del tiempo real en todo y la disminución de las distancias están jugando a favor de quien no tiene que afanarse diariamente para llegar al trabajo, soportar el tráfico y los inconvenientes de las grandes concentraciones urbanas. Un entorno en el que se puede administrar el tiempo y no ser víctima de las prisas y la falsa competitividad que lo centra todo en el éxito y no en la creatividad.

La palabrería de los urbanitas que se creen en posesión del presente y del futuro ya no impresiona. El país ha madurado.