La palabreja viene del latín (varo, varare, varatum), y quiere decir abrir las piernas, espatarrase. De esa misma raíz derivan torcido, patizambo, patituerto..., es decir, todos aquellos que en su andar o al permanecer erectos, tienen una separación incorrecta de las piernas. De antiguo, se ha aplicado el término a quienes, estando al servicio del estado o de la cosa pública, comete errores intencionadamente.
Los diccionarios dan a prevaricar el significado de caminar torcido, desviarse o apartarse de la rectitud, faltar la confianza depositada. Y tal como van las cosas, sobre todo en el mundo judicial, que también son servidores del estado, se aplica a todos aquellos que actúan de mala fe. ¡Y qué difícil es probar judicialmente la mala fe!
Ahora bien, que José viene al baserri este domingo, lleno de inquietud, y dice que cada vez está más extendida en nuestra sociedad, la impresión de que hay demasiada prevaricación, demasiada chapuza, demasiadas construcciones que se deterioran al cabo de unos meses de su realización...
Pero eso último puede ser corrupción, le comento. La corrupción, dice, es otra monstruosidad social, otra obscenidad social en toda regla. La sociedad, y esas reglas no las dicta ningún parlamento, tiene una vara de medir, una escala de valores en la que desde siempre hemos estado de acuerdo, a pesar de las dictaduras o épocas como la actual, en la que si uno prevarica o se corrompe, parece que es algo normal. Pero no porque tengamos la sensación de normalidad dejamos de pensar que es algo intrínsecamente perverso.
¿Tan mal ves a nuestra sociedad?, le pregunto. "Pues sí -afirma categórico José-. Y, además, a todos los niveles: político, judicial, funcionarial, empresarial, sindical y religioso. Pienso también que la gente, y sobre todo la juventud que descubre escandalizada el mundo que les legamos, ha desistido de creer que algún día esto pueda regenerarse y se deja llevar por la apatía, mientras todos esos patizambos se forran, o simplemente sobreviven".
juandeetxano@izaronews.com

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