Si algo preocupa al PSOE de cara a las próximas elecciones generales es la abstención catalana, que aparece como una gran y muy creíble amenaza. A diferencia de lo que ocurre en Madrid, en Valencia, y en las grandes ciudades andaluzas (donde lo que se teme es el descalabro ante el PP), en Catalunya, el enemigo principal que puede impedir una mayoría suficiente a Zapatero es el partido fantasma de los abstencionistas. Además, en el 2004, era fácil explotar aquí el voto destinado a desalojar del Gobierno central al PP empotrado de Aznar. Pero, ahora, en la Moncloa, habita el líder del PSOE, el jefe de "las fuerzas del bien", a decir de las rondallas dominantes en nuestros predios. Por si fuera poco, ERC, que frente al PP remaba en la misma dirección que el PSC, necesita marcar distancias y deberá repartir leña por igual contra Rajoy y contra Zapatero, para no aparecer como un ficus decorativo. Y CiU, buscando una grieta por donde tener más protagonismo y visibilidad, irá a pelear cada voto en esa tierra de nadie que un día fue de González y de Pujol (según la consulta) y que ahora vete tú a saber.

Que la abstención es el mayor enemigo de Zapatero en Catalunya está cantado. El asunto es frenarla y a eso se aplican los muchachos de la calle Nicaragua y a ello responde el folklore de Morlán y demás empleados, destinados a reflotar el desánimo civil con números propios del añorado Teatro Chino de Manolita Chen. Todas las llamadas contra el pesimismo de los voceros del omnipresente y omnipotente socialismo oficial tienen la misma misión: "Alégrense, coño, las cosas no van tan mal". El veranito que hemos pasado, trufado de averías y despropósitos, ha hecho saltar todas las alarmas, y pesa como una losa cuando los oráculos de José Zaragoza empiezan a mirar y remirar en las vísceras de las aves muertas y en las formas caprichosas del poso del café que un día lejano, allá por el 84, se bebió Raimon Obiols tras una reunión maratoniana hablando de sinergias plurales.

La abstención como hecho diferencial catalán dará mucho que hablar, a menos que se produzca un milagro, que nunca es descartable en política, y menos si hablamos de la presunta izquierda. Con todo, a Carme Chacón no la veo yo muy puesta en santerías y vudú, como para ayudar a su admirado Jose en la pesca y caza del sufragio catalán desanimado. Tan machacona como sustituible por otra figurilla del pesebre de la generación Hereu, la candidata Chacón dista mucho del mítico e inconmensurable Narcís Serra, gran brujo que consiguió vencer en las generales del 2000, cuando el pobre Almunia, candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno, se pegó unos de los tortazos políticos más terribles que se recuerdan en Europa occidental desde 1945. Serra, dando muestras de lo mejor de su carácter, salió aquella noche, fresco y suelto, proclamando su éxito a los cuatro vientos, mientras Joaquinito, en Madrid, pensaba si se abría las venas con una chapa de Fanta o se ahorcaba con la corbata desfasada del socio comunista anunciado, el amigo Paco Frutos.

Hay que suponer que Pérez Rubalcaba, a pesar de su dedicación a Interior, buscará soluciones para salvar el trance catalán. ¿Cómo hacer que unos catalanes hartos de política se movilicen para que un presidente instalado en la nanopolítica permanezca en el puesto? Siempre hay regalos, no hay que desesperar. El bueno de Sirera, tan amoldable como profesional, con el concurso del dúo Acebes&Zaplana, ayudará -de buena fe- a la entusiasta Chacón a lograr sus objetivos. Me apuesto un abono mensual de Renfe.