La Coctelera

Reggio

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11 Septiembre 2007

Hortensias malvas, de Fulgencio Argüelles en La Voz de Asturias

Nos queda poca música que tocar porque ya no están en nuestros dedos los callos que un tiempo dejaron las cuerdas ásperas de aquellas guitarras de saldo. Pero menos música les queda a tantos débiles cuya dignidad acorralada contra las alambradas de la negación absoluta los obliga a pelear en las guerras de nunca ganar. Y ahora nuestras manos sin callos ni vergüenza andan limpiando lágrimas espesas por la tristeza del mundo, porque las mujeres muertas en la fiebre de los machismos sin límite no son personas, los niños que trabajan como esclavos en las plantaciones de cacao de Costa de Marfil no son personas, los emigrantes que trabajan por la cara y la sinrazón del empresario de turno no son personas, los millones de desplazados de la guerra infernal de Sudán no son personas, los que surcan los océanos de la esperanza en las pateras de la humillación anhelando la condición de emigrantes no son personas. Algunos animales sí son personas, como esos cetáceos a los que operan de corazón en quirófanos de lujo o esos linces sagrados que provocan convenciones multinacionales o esos perros a los que visten y peinan como a bailarinas de cabaret. Incluso hay especies vegetales que son personas, como las orquídeas de los despachos presidenciales o aquellas hortensias malvas de tantos palacios azules de otros tantos ingenieros belgas. Nuestras huellas dactilares están decrépitas y su falta de relieve diluye nuestra identidad y se vuelven torpes a la hora de concretizar la historia de otras vidas. Cada día la vida nos informa de que hay razas y clases sociales y religiones, y mucha música para tocar, pero todo es como una neblina densa que esconde las actitudes morales frente a la verdad. No cabe el sarcasmo, ni la compasión, ni siquiera esa lenidad con respecto a la propia inutilidad, tampoco la maniquea moral de dividir el mundo en buenos y malos, algo que se nos da muy bien a los escritores omniscientes, siempre jactándonos de haber descifrado los misterios de la humanidad a costa del bien descrito acomodo en el lado de los buenos.

La relación más humana entre dos personas quizá sea el silencio. Y nosotros peleándonos por hablar, atropellados siempre en una borrachera de palabras sin sentido, llenando páginas con frases que no importan a nadie más que a quien las escribimos para satisfacer nuestra vanidad. Ahora quieren rectificar la memoria para que sea un puro vacío. Cada nueva historia ya había sido contada mil y una veces. Pretendemos contar nuevas historias y nos salen historias más antiguas que la incertidumbre. Y entonces nos ponemos a escribir historias sobre hombres y mujeres que no son personas, pero no se pueden tocar guitarras (aunque sean de saldo) sin callos en los dedos para las cuerdas de siempre apretar, y miramos nuestras huellas borrosas y comprendemos que los novelistas no somos testigos de nada, ni siquiera de los fangosos caldos de cultivo de nuestra sacudida imaginación. La memoria siempre es histórica y tiene unos callos duros como paredes de catedral. Ella debe tocar sola sus músicas de redención.

Los personajes reales que no son personas no sirven para contar la verdad si los rodeamos de hortensias malvas porque entonces la belleza de las hortensias les roba el horizonte de la realidad. Describid un niño esclavo y famélico sentado sobre los escombros de algún paupérrimo poblado de Benin y situadlo al lado de una mata de hortensias floridas, veréis cómo hay quien os dice que habéis descrito las hortensias como si fueran reales, que han podido incluso llegar a percibir su olor. Tal vez la verdad de los personajes que no son personas resulte inverosímil por causa de nuestra propia irrealidad. La prostituta se arrodilla en el reclinatorio de la iglesia historiada de los buenos para disimular su virtud y la dama de apellido noble y monedero sin fondo pregunta dónde están las letrinas de los pobres para soltar en ellas una medalla de plata con las imágenes de los santos de nunca rezar. La medalla cae en el sumidero inmundo y su sonido es música celestial que redime de la irracionalidad. O escribimos sobre la prostituta, o escribimos sobre la dama noble o imaginamos que la prostituta es una oveja negra de la familia noble. También podemos vender nuestro patrimonio individual y clavar nuestra pluma hasta el fondo, sembrarla en el estiércol, reventar con ella los furúnculos de esa historia que escriben unos pocos y bañarnos con el pus de la irredimible humanidad.

Compete a los intelectuales del mundo, volviendo a la calle, a la protesta y a la acción, escribir aún una última línea honrada en el epitafio de esta civilización. Nos deberían salir callos de escribir sobre ese enorme Irak que todos somos (unos más que otros, quizá en proporción directa al nivel de justificación inicial de la guerra) Los tres mosqueteros fantoches de las Azores hicieron mucho daño. Quién se atreve a negarlo? También somos Sierra Leona, Afganistán o Medellín. Somos todo eso y lo negamos obviándolo. Sigue habiendo demasiados palacios azules de ingenieros belga (o lo que sean) con vergonzantes compartimentos de arriba y abajo. Y los escritores contemplamos las hortensias malvas, las describimos, las admiramos, y luego compartimos el arriba con los dueños de todo, disfrutamos de su buen vino y reímos con ellos a mandíbula suelta. Entonces los de abajo desaparecen, se vuelven invisibles. Quizá dejen de ser personas. Así que nos queda poca música que tocar.

Fulgencio Argüelles. Escritor.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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