Rabat, 25 de julio. El residente ocasional escucha en una habitación del hotel Balima el noticiario vespertino en francés de 2M, el segundo canal de la televisión pública marroquí. Tras el habitual reportaje de apertura destinado a ilustrar con pruebas gráficas el liderazgo del monarca alauí en el imparable proceso de modernización del país, el presentador lee con énfasis, disimulando apenas la franca sonrisa que se le escapa, la noticia del secuestro en España del último número de El Jueves.Se habla de un presunto delito de injurias a la Corona y de menoscabo de su prestigio. Enunciado el titular, un vídeo lo salpimenta con declaraciones de los caricaturistas y de algún que otro miembro del PP, y con un alambicado ejercicio de contorsionismo verbal en el que la vicepresidenta española, para no partirse la espalda, acaba perdiendo el equilibrio. No es preciso ser un experto en subtextos periodísticos para percatarse de lo que vehicula el trato estelar de esta noticia en un país en el que la figura de Mohamed VI es intocable y en el que levantaron ampollas no tanto las famosas caricaturas danesas de Mahoma como las lecciones que, aprovechando el episodio, dieron sobre la libertad de expresión los incondicionales de Oriana Fallaci.

La propaganda funciona así. Y, por supuesto, funciona mejor cuando, como en este caso, no hace falta manipular los hechos para vender el producto. A un lado y al otro del Estrecho. Puestos a buscar los siete errores, se podría decir que aquí, en la orilla europea, se juega más a la hipermetropía. La propaganda del sur juega aún a la equiparación ( "en todas partes cuecen habas"). La del norte, al menos aquella que, en nombre de la autoestima de la civilización occidental, acusa y no es acusable de masoquismo autoculpabilizador, juega a la diferencia y saca provecho de un defecto de visión por el que lo que se ve de cerca se percibe más confusamente que lo que se mira de lejos ( "quizás estén podridas, pero sólo aquí hay lentejas: o las tomas o las dejas"). Debe tratarse de un problema óptico muy extendido, si se juzga por la indiferencia por la libertad de expresión ante el proceso contra los caricaturistas de El Jueves.

Aunque, tal vez, todo (todo lo que está en juego cuando, como ahora, y como siempre por personas interpuestas, el rey y la ley se encuentran) se reduzca a un problema de teología política, de aquel problema que está en el origen de esa irresponsabilidad de la Corona que establece la Constitución y cuyos orígenes medievales y renacentistas pueden leerse en una obra clásica, Los dos cuerpos del rey,de Ernst H. Kantorowicz. Un problema que, de tanto hacer ir de cabeza a los jacobinos, acabó haciéndosela perder a Luis XVI; una metáfora que está en los cimientos de la legitimidad dinástica de las monarquías. No hay nada más difícil de describir, salvo la sustancia una y trina del Dios cristiano, que la doble realidad ontológica y la nula naturaleza jurídica de un rey. Se podría añadir que pocas cosas pueden causar tanto desprestigio a la Corona como dar por supuesto, como hacen algunos jueces que se ocupan de este desprestigiar condenable, que un chiste puede desprestigiar a la Corona. Y también que la visión de los Borbones en pelotas, por usar el título de un libro publicado en 1991 que recoge unas magníficas acuarelas pornográficas sobre Isabel II atribuidas a Valeriano y Gustavo Adolfo Bécquer, forma parte de nuestro patrimonio cultural.