Es evidente que, en España, existe un problema de acceso a la vivienda para las rentas más modestas.

No es nuevo, es un fenómeno que viene arrastrándose desde hace muchos años, hasta el punto de que han sido muy variadas las acciones políticas adoptadas para encontrar una solución eficaz. La última es la anunciada por la Junta de Andalucía al garantizar una vivienda a todos los que no alcancen una renta de 3.000 euros. Es decir, si se gana menos de dicha cantidad, hay derecho a vivienda; a partir de los 3.001 euros, no.

Se dirá -y es verdad- que, a veces, resulta muy difícil extender a todos los ciudadanos una garantía sobre determinadas prestaciones. Es cierto. Por ello, las administraciones tienden a establecer condiciones y requisitos que prioricen su gasto social. Es uno de los riesgos de la acción de cualquier gobierno: priorizar quiere decir seleccionar, y esto comporta señalar que a unos sí y a otros no.

Pero la limitación cuantitativa, tal como ahora la plantea la Junta de Andalucía, no parece encajar con los mensajes necesarios sobre el propio esfuerzo, la autoexigencia y la voluntad de promoción.

En efecto, si a partir de una cifra de ingresos -por más alta que se establezca- no hay ayudas para un objetivo tan fundamental como el de acceder a una vivienda, pudiera ser que eso se tradujera en un estímulo para no superar aquella cifra. La promoción sería castigada; el esfuerzo podría ser perjudicial.

Algo similar ya pasó en su día con las famosas peonadas.Se tenía derecho al subsidio en la medida en que no se hubieran trabajado más de determinados jornales. Para muchos, el deseo de trabajar se veía limitado por la consecuencia de que, con ello, se arriesgaba el subsidio de más larga y segura duración de los posibles jornales. En suma, se optaba por lo seguro.

Ahora, con esta medida de la Junta podría ocurrir algo parecido. Seguro que se habrá pensado en cómo evitar este riesgo, pero el mensaje que ha llegado a la opinión pública ha sido desmotivador. El de "no te esfuerces, que podrías perjudicarte". Éste no es un lenguaje moderno, ni aun en época de crisis; ni eficaz para solventar un problema tan generalizado e importante como el de la vivienda. Cualquier medida que no traslade la necesidad del propio esfuerzo no se corresponde con la realidad del momento.

Se discute y polemiza sobre el alcance de la crisis; incluso se debate sobre si ésta existe o no. Pero todo el mundo coincide en que la situación será competitiva y exigirá de todos una gran voluntad de esfuerzo y de exigencia.

¡Sin miedo de pasar de 3.000 a 3.001 euros!

Al revés, con ambición e ilusión de conseguirlo.