La Barcelona de fin de siglo XIX era un hervidero. La ciudad era el alma de un esfuerzo industrial en la que el noucentisme empezaba a relevar al modernismo, mientras la rosa de fuego se dolía de los atentados anarquistas y cada día llegaban centenares de personas, en su mayoría procedentes del resto de Catalunya, atraídos por el trabajo en oficinas y comercios.
Hacía años que en aquella Barcelona había germinado el catalanismo, un movimiento en el que confluían juristas defensores del derecho civil catalán, amenazado por la codificación castellana, los literatos y eruditos de la Renaixença, revificadores de la lengua catalana, y los industriales, defensores del proteccionismo. Pero no sólo ellos. También el catalanismo contó con un activo movimiento popular, formado mayoritariamente por los recién llegados que ingresaban en asociaciones y ateneos que poblaban los barrios.
En este ambiente se celebró la primera Diada de la historia, cuando un grupo de jóvenes catalanistas se presentó el 11 de septiembre de 1901 en el Saló de Sant Joan, donde con ocasión de la Exposición Universal de 1888 se había instalado el Arc de Triomf y ocho estatuas de catalanes ilustres: Rafael Casanova, Jaume Febrer, Pere Albert, Guifré el Pelós, Pau Claris, Roger de Llúria, Ramon Berenguer I y Antoni Viladomat.
Aquel día un grupo de jóvenes pertenecientes a la Unió Catalanista y a organizaciones adheridas como La Falç, Lo Somatent, Lo Renaixement, Germanor, Los Montanyenchs, Lo Tràngol, el Centre Obrer de Catalunya (de Sant Martí de Provençals) y el Centre Escolar Catalanista, desfiló desde los locales de Catalunya i Avant en dirección al Saló Sant Joan para depositar una corona de laurel en la estatua de Casanova. Treinta de aquellos jóvenes fueron detenidos, entre ellos Josep Maria Folch i Torres, que más tarde se haría célebre con el Patufet y sus historias para niños.
De hecho, la efervescencia catalanista sobre el 11 de septiembre de 1714 venía de antes. La primera conmemoración fue una misa que se celebró en Santa María del Mar en 1896. Un oficio en el que Madrid presionó al obispo de Barcelona para que el canónigo de Vic, mossén Collell, no hiciera la oración fúnebre. Collell era uno de los descubridores de los mitos de la catalanidad (Ripoll, Montserrat, etcétera) y el gobierno temía que el acto se convirtiera en un mitin.
La Diada de 1901 y las detenciones habidas dieron lugar a la liturgia de la Diada. Acudir en manifestación a colocar una corona de flores a los pies de la estatua de Rafael Casanova. La respuesta inmediata a la detención de los jóvenes fue la convocatoria por la Unió Catalanista de una manifestación que, encabezada por los detenidos, una vez liberados el día 15 de septiembre, partió de la plaza Catalunya hasta la estatua y reunió a 10.000 personas, una multitud en aquella Barcelona de principio de siglo.

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