EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 13
La palabra chulo viene teniendo, últimamente, poco prestigio, o ninguno, porque la soban mucho, por una esquina, las busconas de peluquería, que ven un chulo en cada farola, y porque por la otra esquina también la soban los sobrados o enterados que adornan de chulo al que sólo es un guapo. Quiero decir que la palabra chulo ha perdido, por el ocioso uso alegre, su majestad de navaja y su opulencia de vocablo en pie, vocablo que saca mucho el cuello altivo de la hache o de la ele, como el chulo propiamente dicho. Nos la han vulgarizado las chismosas y los que ni son chulos, ni lo serán nunca.
Hoy pasa por chulo cualquier cachitas de gimnasio, metrosexual o no, y también un señorito de buen traje que no da los buenos días. Pero el chulo es, en rigor, un muy distinto ejemplar de raro macho cumplido, que gasta empaque de matador sin estoque y que te hace enseguida el lío con el cuplé de un verbo arborescente que a ratos es joyería de rapsoda y a ratos artesanía de pistolero.
Sí, fue Francisco Umbral un chulo porfiado y en condiciones, porque hizo de la jactancia una poética y del constipado un estilo, entre otros alardes. Ligó ninfas, y maltrató ministros. Fue sonetista primero de la columna, y midió en alejandrino la injuria, bajo un cruce de amonal y metáfora. Orinó a gusto, en fin, todas las tapias de la Real Academia y de otras academias, porque a diario reinventaba el diccionario, que nunca usó como consulta, sino como lectura, entre Neruda y Quevedo.
Hay que ser muy chulo para venir del hambre de la orfandad y acabar vendiendo el folio con el precio de una levita Pierre Cardin. Hay que ser muy chulo para morirse poniendo justa puntuación a la agonía. El chulo tiene, en una punta de su linaje, al torero, y en otra punta al pícaro del Rastro, o al número ocho, que es el bailaor de las matemáticas. Por en medio, va y viene el chulo de putas, que es lo único que no fue Umbral, porque se trabajaba marquesas y otras Pititas, y se ganaba el pan con el sablazo del párrafo bien cortado.
El chulo milita en la chulería, naturalmente, que es una facultad del alma, como la sintaxis, y se pierde por una frase, que es el fino florete del duelista al atardecer que también se quiere todo chulo con trueno de grandeza. Los que ahora entornan o abaratan a Umbral, desde acera contraria, practican antes la cobardía que la crítica, empezando o acabando por Rafael Conte, ese sabihondón, que no se atrevió ni a toser en vida a nuestro chulo, pero ahora al fin lo acomete como «escritor sobrevalorado». Los críticos literarios y demás policías de la cultura es que sólo se ponen chulos con los muertos.
Umbral fue chulo porque escribía en los periódicos como nadie, y porque sí. Seguro que a él no le disgustaría el rescate de la palabra para encerrar su recuerdo y su estatura, a las que por otra parte no hay palabra o cosa que las encierre. La palabra tiene un poco o un mucho de bailarín maldito o ladrón de fuego, y encima lleva una ele de bufanda.
Ahora a ver quién se la echa al cuello y se escribe en media hora escasa un artículo como una torre. Como dos torres. Para chulo, él.
© Mundinteractivos, S.A.

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