DEBATE

Potencias del siglo XXI

De la derrota de China en la primera guerra del opio, en 1840, arranca la historia de dos ciudades, Hong Kong y Shanghai. Hong Kong quedó bajo soberanía inglesa. Shanghai, en la desembocadura del Yangtsé, navegable hasta el corazón de China, se convirtió en la primera de las concesiones extranjeras, con las que China perdía la soberanía sobre partes de su propio territorio (recuérdese el cartel de Shanghai: "prohibida la entrada a perros y a chinos"). Así, Shanghai y Hong Kong aparecen como marcas infamantes del colonialismo, de la explotación extranjera, en la frente de China, que despertó a la modernidad de forma traumática.

Mientras el progreso de Hong Kong fue al principio moderado, Shanghai pasó a ser el corazón económico de China y de Asia. En 1920 tenía 3 millones frente a los 300.000 habitantes de Hong Kong. Blasco Ibáñez la caracterizó por entonces como "capital del placer y del despilfarro, entregada a todos los excesos. Aquí todos son ricos, como en la California de mediados del siglo XIX". Vivía, en efecto, la fiebre del oro, dominada por la desmesura y por una especie de ebriedad colectiva. Allí los compradores chinos al servicio de los taipanes occidentales y sus hongs se convirtieron en los primeros capitalistas locales. Había que imitar a Occidente y batirle con sus propias armas. El chino, con una cultura mercantil milenaria, resultó ser un animal económico por excelencia. También en Shanghai, como reacción frente a su capitalismo desbocado, se fundó, en 1921, el Partido Comunista de China.

Llegó Mao, en 1949, y mandó parar.

Los capitalistas de Shanghai, chinos y extranjeros, salieron por piernas, muchos en dirección a Hong Kong. Potenciado por la eficacia de la Administración británica y su rule of law,el genio empresarial chino floreció con un vitalismo desbordante, creando el capitalismo más salvaje del mundo, movido por los mismos resortes que el viejo Shanghai: trabajar como chinos para hacerse ricos y poder permitirse todos los placeres.

Tras el inicio de la reforma económica de Deng Xiaoping, en 1978, Hong Kong, que entre tanto había sacado una enorme ventaja al aletargado Shanghai, se reinventó a sí mismo convirtiendo el estuario del Río de las Perlas en una gran base manufacturera, que fue el principal motor del despegue industrial de China. Junto a Hong Kong creció, a velocidad vertiginosa, uno de los prodigios de la nueva China: Shenzhen, que fue la primera zona económica especial.De 30.000 habitantes en 1978, ha pasado a superar los 5 millones, aunque según algunas estimaciones dobla esa cifra (frente a los 7,5 millones de Hong Kong). La media de edad es de 28 años y la renta per cápita de 9.000 dólares, la más alta del país. Es la cuarta ciudad de China por su PIB, tras Shanghai, Pekín y Cantón. Capital de la alta tecnología y sede de muchas de las empresas de este sector, empezando por el gigante de telecomunicaciones Huawei.

La mayor parte de los más de 200.000 hongkongueses que trabajan en China lo hacen en Shanghai. Es decir, muchos de los descendientes de los viejos shanghaineses están regresando a su hogar ancestral.Y lo hacen para construir un nuevo Hong Kong, diez veces mayor.

Levantando de la nada un nuevo Manhattan en apenas una década, Shanghai, la cabeza del dragón,ha dejado claro que aspira en la práctica a desplazar a Nueva York como futura capital del mundo.

Inevitablemente la posición de Hong Kong se está viendo erosionada a favor de Shanghai. Pero Hong Kong posee un capital humano, bilingüe en mandarín e inglés y bicultural, con un gran caudal de conocimientos sobre el funcionamiento del capitalismo más avanzado, sobre el mercado mundial y sobre la propia China, con un grado de sofisticación muy superior al de los shanghaineses, que permite augurar que su futuro está asegurado por largo tiempo. China, empezando por Shanghai, necesita a Hong Kong, y su desarrollo ofrecerá oportunidades para todos. El primer ministro Wen Jiabao así lo reconoció este año, al afirmar que "la función de Hong Kong como centro financiero, naviero y comercial lo hace irreemplazable".

EUGENIO BREGOLAT, embajador de España en China de 1987 a 1991 y de 1999 al 2003.