La crónica ansiedad de los dirigentes estatales ante el nacionalismo repercute en la estabilidad del PP catalán

Ser del PP en Catalunya exige coraje y tiene mucho mérito". "No resultamos simpáticos". "Seguimos con el estigma de ser un partido español". "Si aquí, en una comida de amigos, se habla de política, el que nunca dice nada, ése es el del PP". Cuando Daniel Sirera, flamante presidente del Partido Popular en Catalunya, anunció que su partido volverá a estar presente en la ofrenda floral ante el monumento a Rafael Casanova de mañana, sabía ya que su pretensión de "romper el monopolio nacionalista" no resultará una tarea sencilla.

Y es que hay coincidencia general en que dedicarse a la política desde el Partido Popular en Catalunya es oficio inestable y de alto riesgo personal. La reciente dimisión de Josep Piqué es sólo un caso más en una larga historia. El partido que Manuel Fraga refundó en 1989 lleva años quemando a sus principales dirigentes catalanes, sin encontrar el líder milagroso que consiga asentar una base de militancia fiel y suficiente y un electorado sin complejos en una comunidad autónoma marcada por la cultura nacionalista pero que resulta crucial para llegar a la Moncloa.

En toda España, el PSOE aventaja al PP en 17 escaños (164 diputados en el Congreso frente a 147), de los cuales, 15 constituyen la ventaja que los socialistas obtienen sobre los populares en territorio catalán. En el Parlamento elegido en el 2000, cuando José María

Aznar obtuvo mayoría absoluta, la diferencia entre ambos en Catalunya se redujo a sólo cinco escaños. En aquella ocasión, Piqué encabezaba la lista por Barcelona.

Liderar el PP en Catalunya, como presidente regional del partido o como principal candidato al Congreso, no debe de resultar una tarea sencilla cuando tantos se han estrellado en el intento.

"Tengo amigos que se quedan admirados porque a mis hijos les hablo en catalán", confiesa Sirera, casado con una licenciada en Filología Catalana. No es un caso aislado. En realidad, no parecen ser los apellidos ni la lengua materna las causas que mantienen vivas las llamas donde han ardido ya tantos prestigios de políticos catalanes en su intento por liderar el centroderecha españolista en territorio catalán.

Cierto que uno de sus líderes históricos, Jorge Fernández Díaz, nació en Valladolid (1950), pero desde los tres años vive en Barcelona. Su hermano Alberto, quien también presidió el partido entre 1996 y el 2002, es natural de la capital catalana (1961). Otro ex presidente, Alejo Vidal-Quadras (1945), presenta un frondoso árbol genealógico, bien arraigado en Catalunya, hasta el punto de que un antepasado suyo dio nombre a una calle de Barcelona. Josep Piqué es de Vilanova i la Geltrú (1955) y el recién nombrado presidente del PP en Catalunya, Daniel Sirera, de Badalona (1967). Sin embargo, hasta ahora el ADN catalán no ha servido de patente a nadie para consolidarse al frente del partido en Catalunya.

La ansiedad de la dirección estatal, cronificada en la sede de la madrileña calle Génova, exige resultados inmediatos y rápidos. "Es cierto, hemos ido quemando líderes a gran velocidad", admite un dirigente catalán, hoy en la pomada, pero que sabe que su destino puede resultar tan aciago y fugaz como el de sus antecesores. "En Madrid falta un proyecto a largo plazo con Catalunya", comenta otro de los que no hace demasiado cayeron en desgracia. Quizá también la causa de tan alta tasa de mortalidad política habría que buscarla en la hipocresía de una sociedad que es capaz de entregar 760.318 votos al partido de la gaviota (legislativas del 2000), pero que se oculta porque "le da vergüenza admitir en público" que su voto estaba destinado al PPde Fraga, de Aznar o, ahora, de Rajoy. "Por supuesto que hay hipocresía social", admite Jorge Fernández, presidente del partido en Catalunya durante ocho años. Una tesis en la que coincide Sirera, empeñado, desde hace pocas semanas, en "demostrar" que el suyo es "un partido como los demás", con la preocupación de "solventar los problemas de la gente" y alejado de debates "esencialistas".

Sin embargo, "significarse como militante o simple votante del PP es muy difícil en los pueblos de Catalunya", sostiene un diputado del PP en el Parlament. La prueba es que el partido declara una cifra de 30.000 afiliados, que, sin embargo, resulta "exagerada". "No hay ni la mitad", según confiesa un ex dirigente que conoce muy bien las interioridades de la sede del PP en Barcelona.

En cualquier caso, es una cifra casi ridícula, en comparación con los 700.000 militantes de carnet y cuota al día que los dirigentes del partido proclaman tener por toda España y parte del extranjero.

La afiliación al PP es baja en Catalunya - "aunque, al menos, dobla la de ERC", sostienen- sobre todo si se la compara con el censo de población de esta comunidad autónoma y su peso en el total español (15,7%). Con este porcentaje, trasladado automáticamente a la militancia en partidos, el PP catalán debería de tener algo más de cien mil seguidores. Esto explicaría, al menos en parte, las dificultades de organización, para extenderse entre el electorado catalán, denunciadas como una de las causas que provocaron la autodestrucción de Josep Piqué.

"Catalunya se ha ido configurando como una sociedad de cultura nacionalista. Los que nos reconocemos tan españoles como catalanes estamos considerados una anomalía que debe corregirse", señala Jorge Fernández.

Un sentido de rechazo basal que aquí afecta a los populares, pero no a los socialistas. "Ellos tienen una estructura federal, además el PSOE se implantó en Catalunya a partir de organizaciones políticas que recogían ese catalanismo (Moviment Socialista, Partit Socialista Congrés, Partit Socialista Reagrupament) y aportaron el ingrediente nacionalista". Todo ello sin olvidar que "el PP ofrece propuestas electorales que aquí compiten con CiU", señala otro de los consultados. "Compartimos el espacio de centroderecha". "Nacionalismo aparte, las propuestas básicas, en cuestiones sociales o económicas, no son distintas, la prueba es que CiU nunca tuvo problemas para cerrar acuerdos con nosotros. Las diferencias se producen sólo cuando interviene el factor nacionalista".

Con sus problemas internos, sus líderes quemados y sus estigmas a cuestas, los populares catalanes andan ahora en busca de una figura para encabezar sus candidaturas al Congreso. El candidato por Barcelona será la nueva imagen de Rajoy, en unas circunscripciones que siguen siendo básicas para llegar a la Moncloa.