El acoso a la alcaldesa y las horas bajas de los amigos de ETA, de Antonio Casado en El Confidencial
Las comisarías, los tribunales y las páginas de sucesos. Ese debería ser el ámbito natural de los asuntos que conciernen a Eta y sus amigos. Sin embargo, y gracias en parte a los propios Gobiernos democráticos (Suárez, González, Aznar y Zapatero intentaron el final dialogado para terminar con la banda por las buenas), las cosas de Eta y sus amigos han tenido una aberrante presencia en la agenda política de los treinta últimos años de vida española.
El prólogo es una confesión de parte para justificar una mirada política a los incidentes de ayer tarde en San Sebastián -manifestación legalmente reprimida por la Policía Autónoma- y al incalificable acoso que viene sufriendo la alcaldesa de Lizartza por el mero hecho de cumplir la ley en relación al uso de la bandera nacional en edificios públicos.
Los dos sucesos forman parte del mismo cuadro. Y en el cuadro se representa el drama de la única parte de España donde todavía no se ha asentado la democracia recobrada con la Constitución de 1978. De ello pueden dar fe los cientos de personas que ayer abarrotaban el centro de la capital donostiarra para disfrutar de las regatas de traineras y no para verse atrapados en una batalla campal. Y, por supuesto, ningún testigo de cargo tan cualificado y tan a mano como la alcaldesa Regina Otaola (PP), de cuyo coraje personal frente a un puñado de fascistas deberían tomar ejemplo el resto de los representantes democráticos del País Vasco.
Puñado de fascistas venidos a menos. Claramente devaluados desde que mordieron la mano tendida de Rodríguez Zapatero (atentado del 30-D) y perdieron la última oportunidad de renunciar por las buenas al uso del terror, el chantaje y el acojonamiento.
De la batalla campal de ayer tarde en las calles del centro de San Sebastián queda un balance de heridos, detenidos (Juan Maria Olano, entre ellos) y daños en el mobiliario urbano. Pero nadie glosa ya en serio, y menos bajo presión, a parte de los interesados, claro, la eventualidad de una amnistía o un mejor tratamiento penitenciario para los presos de Eta, que era el leit motiv de los convocantes de una manifestación prohibida por la consejería de Interior del Gobierno Vasco.
Distinto es el caso de Regina Otaola a esos efectos porque el apoyo de la clase política vasca a su valiente postura no es precisamente unánime. Bien sabemos desde hace mucho tiempo que también con el silencio de los nacionalistas que gobiernan mayoritariamente en Euskadi se alimentan las bravuconadas de los nacionalistas que acojonan mayoritariamente en Euskadi.
Y por eso, mal que nos pese, aún tendremos que seguir dedicando una mirada política a las cosas de los amigos de Eta.

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