El martes es once de septiembre, un día, desde el año 2001, en la mente de todos por los horribles ataques terroristas a Estados Unidos. Especialmente acompaña a la fecha la imagen de los aviones impactando en las Torres Gemelas. Es por tanto éste un día de conmemoración triste para los norteamericanos y en general en una buena parte del mundo - aunque no me atrevo a decir en todo el mundo-, puesto que la tragedia sacudió más allá de las fronteras del país.
Menos famoso pero igual de importante es el once de septiembre para la sociedad catalana. Es la Diada, es decir, nuestra fiesta nacional. A primera vista parece una conmemoración muy distinta de la americana - ellos poco tienen que celebrar en esta fecha- y en cambio nosotros reafirmamos en ella nuestro propio carácter nacional. Lo curioso del caso es que la celebración que realizamos parte precisamente de una derrota; ahora ya muy lejana en el tiempo, pero que quizás en la fecha de los sucesos fue considerada de magnitud parecida y con peor resultado, en nuestro caso, para el país.
No es importante ahora por qué hicimos del once de septiembre nuestra fiesta nacional. Es lo de menos, aunque con todo haya mucha gente - de Catalunya y de fuera- a la que le deja perpleja el hecho y otra - más de fuera que de dentro- a la que se le ocurren, en relación con la fiesta, muchos chistes fáciles a costa nuestra.
Lo que me preocupa realmente a estas alturas es que como colectividad asumamos el precedente y pensemos que sólo podemos celebrar derrotas. De hecho es lo que últimamente venimos haciendo sin parar, no hay muertes pero sí decretos, y son igual de importantes políticamente hablando.
Me cuesta precisar la fecha - ni siquiera sé si hay una fecha exacta para ello y me temo que se remonta a tan atrás que es difícil de precisar-, pero la memoria reciente se compone de vetos, recursos, negaciones, trabas, aplazamientos... del Gobierno del Estado hacia los proyectos de la sociedad catalana.
Este verano, que ha sido especialmente nefasto, quizás ha puesto definitivamente sobre la mesa lo que venía siendo anunciado por parte de distintos sectores sociales y no precisamente con fuerza y ahínco por la mayoría de los políticos: las necesidades del territorio catalán y las de la población que en ella habita no sólo no están siendo tenidas en cuenta por el Gobierno del Estado, sino que están siendo acrecentadas por una política claramente contraria a nuestros intereses y a nuestros derechos más fundamentales.
La falta de luz, las colas interminables en las autopistas, trenes y aeropuertos..., por mencionar sólo pequeñeces, no han dejado lugar a dudas de que las demandas que realizamos son del todo acuciantes. Aun así sólo recibimos a cambio buenas palabras - y no siempre- y esperanzas vanas en un futuro en el que sabemos que nada va a cambiar. Las inversiones que el Estado realiza en Catalunya no se ajustan al derecho que tienen los ciudadanos a ser tratados de manera igual en todo el territorio. Lo vemos claramente en las carreteras - es el único territorio con más autopistas que autovías- y menos claramente, pero también sucede, en el resto de los servicios que se nos proporciona.
Basta ya de celebrar derrotas, basta ya de asumirlas. De momento las recientes no las convertimos en días festivos, pero todo puede llegar a acontecer si continuamos bajo la premisa de la resignación, sin apenas decir nada, ante todos aquellos reveses que el mal juego entre los políticos de aquí y de allá nos han proporcionado.
CRISTINA SÁNCHEZ MIRET, socióloga.

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