El martes, 4 de septiembre, empezó en Barcelona lo que se conoce como la rentrée literaria. Y empezó bien. Empezó con la presentación del libro de Claudio Magris Lei dunque capirà en sus respectivas ediciones en castellano (Así que usted comprenderá, Anagrama) y en catalán (Vostè ja ho entendrà, Edicions de 1984). El acto tuvo lugar en la Casa de los Italianos, en el pasaje Méndez Vigo, y contó con la presencia de Claudio Magris, lo cual hizo que acudiera a ella un montón de gente devota del autor de Danubio, entre la que destacaban personalidades de la colonia italiana, como el señor Alfredo Milesi, presidente de la Casa de los Italianos, y el señor Antonio Calcagno, con sus distinguidas esposas, e intelectuales y gentes de letras de la sociedad catalana, como los señores Josep Ramoneda y Xavier Pla, amén, claro está, de los respectivos editores. Vamos, que fue un acto de una cierta decencia.

La llamada Casa de los Italianos, situada enfrente del Instituto Italiano de Cultura -que era quien organizaba o, mejor dicho, acogía, daba cobijo a las editoriales que presentaban el libro de Magris-, es, si no me equivoco, un edificio de principios del pasado siglo, el cual deja bastante que desear, al menos en lo que se refiere a la sala donde se celebran los actos oficiales, conferencias, presentaciones de libros y, creo recordar, algunas proyecciones de películas. Dicha sala no sólo para es incómoda sino que acústicamente es un desastre. Entre otras razones, porque carece de refrigeración y hay que abrir unos grandes ventanales, lo que hizo el martes el cónsul Pietro de Martin, un cónsul muy guapo y agradable, para que los que estábamos allí no nos asásemos de calor -algo bastante improbable, porque la tarde era más bien fresquita-, y una vez abiertos los ventanales la voz del conferenciante, una voz que llega a través de unos improvisados altavoces, se perdió en el fondo de la sala.

El director del Instituto Italiano de Cultura, el señor Traina, un hombre de teatro y sobre todo de circo, un hombre muy culto y un tanto original, nos recibió sorprendido de que un martes, 4 de septiembre, como quien dice en el primer peldaño de la rentrée, fuéramos un público tan numeroso, y acto seguido, tras presentar al profesor Claudio Magris, dio la palabra al señor Javier Aparicio Maydeu, que era la persona encargada de hablarnos del libro del célebre escritor triestino. El señor Maydeu, al que yo no conocía ni había oído hablar nunca de él -mi incultura puede ser, es, abrumadora-, resultó ser un joven -¿profesor universitario?, ¿crítico literario?- visiblemente, por no decir descaradamente encantado de hallarse junto al "maestro Magris" y de poder hablarnos de su obra.

La obra en cuestión, el libro Lei dunque capirà, es un texto escrito para el teatro, para una actriz, que fue estrenado la pasada temporada en el Teatro Stabile del Friuli-Venezia Giulia, en Trieste, con gran éxito, dirigido por Antonio Calenda e interpretado por Daniela Giovanetti. Es un monólogo sobre el mito de Orfeo y Eurídice, en el que Eurídice, la Giovanetti, la que habla, es un mujer recluida en una casa de reposo, en Trieste, la cual es excepcionalmente autorizada a abandonar el tétrico local -el Averno del mito- para reunirse con su amante, el poeta. Un buen texto que podría hacer las delicias de dos o tres actrices que yo me sé, en el Lliure o en el TNC. Las suyas y las mías.

Pues bien, el señor, el chico Maydeu, después de jalear como es debido al "maestro Magris", hizo hincapié en lo que él definió como el humor del texto, humor del que hace gala Claudio Magris al utilizar a una mujer, la voz de una mujer, para desnudar, para burlarse con el mayor cariño, de un poeta famoso, un poeta que, como suele ocurrir en estos casos, podría tener si no un mucho de si, sí algo del "maestro Magris". Vamos, que al chico Maydeu le hacía la mar de gracia que el profesor Magris, el autor de Il mito absbubigo nella letteratura austriaca moderna o Utopia e disincanto, tuviese el humor de desnudarse, en parte, por poco pequeña que fuese, a través de la voz de una mujer, una Eurídice triestina como él, recluida en una casa de reposo. Vamos, que al chico Maydeu le hacía mucha gracia que el profesor Claudio Magris, el "maestro Magris", fuese capaz de reírse, entre comillas, de sí mismo. Doble motivo para adorarle, digo yo.

A mí, esa espontánea, aunque previsible, reivindicación del humor del seriote profesor Claudio Magris por parte del señor Maydeu me hizo sonreír. Porque cuando conoces Trieste sabes que allí el humor camina por las calles. A veces pesadamente, en forma de figuras de bronce -Joyce, Saba y Svevo-. Otras, cansinamente, como algunos vejetes y vejetas que se escaparon de la Casa de Reposo definitiva que los alemanes instalaron en la ciudad, el único campo de exterminio nazi en el territorio italiano; y luego está el fantasma de Bobi Bazlen y algunos de sus compinches que suelen acompañarme, al atardecer, cuando me tomo mi último negroni en la terraza del Caffè degli Specchi. Claudio Magris ha bebido de esa gente y por más Herr Professor que se le antoje al chico Maydeu, el humor, el humor triestino, está siempre ahí, incluso en sus libros más, como diría yo, académicos, y no hay que olvidar que Claudio Magris se formó en Turín, donde el humor es otro, pero forma, mezclado con el triestino, una barretxa negra, negrísima, de incalculables consecuencias.

Tras la intervención de Javier Aparicio Maydeu, habló Claudio Magris. Habló bastante bien, aunque, lamentablemente, sin demasiado sentido del humor. Después de la salida del chico-señor Maydeu, uno se esperaba el monólogo de un Orfeo triestino, pero lo que nos ofreció el profesor fue una sabia lección sobre la esencia del mito, la scrittura notturna, la gracia del monólogo y otras golosinas. Y el señor Traina, en vistas de que no había preguntas por parte del respetable, dio por concluido el acto. Me fui al fondo de la sala en busca de una copa, que no la hubo -qué bien me hubiese sentado un vinito friulano, blanco y fresquito, un De Romans, por ejemplo (qué rácanos son algunos editores)-. El día anterior había comprado en Laie el libro de Claudio Magris, en la edición catalana (la única que había), y a falta de la ansiada copita me puse en la cola de los devotos del profesor y maestro Claudio Magris, para que éste me firmase su libro. Yo soy, por si a alguien le queda alguna duda, un verdadero devoto de Claudio Magris. No es la primera vez que hablo de él en estas páginas y no será la última. Amo su ciudad, Trieste, como la pueda amar él y en más de una ocasión he coincidido con él en tal o cual café o restaurante triestino. Pero jamás hemos sido presentados, jamás hemos tomado un café o un negroni juntos. Así que me puse en la cola y cuando me tocó el turno le dije: "Maestro, mi nombre es Maurizio, Maurizio Cattaruzza", y el maestro escribió en mi libro: "A Mauricio Cattaruzza. Claudio Magris". El maestro no sabía que el nombre que le había dado era el de mi gato, un gato que se llama Maurizio por el Pallars (el lago Sant Maurici) y Cattaruzza por el bar de Trieste en que solemos desayunar mi mujer y yo cuando visitamos, año tras año, la ciudad. Lo que hizo Claudio Magris, sin saberlo, fue inaugurar la biblioteca que le estoy preparando a mi gato, que ha resultado ser un lector exquisito (ustedes podrán ver por la fotografía con que afición me roba la lectura de un libro de mi querido y añorado Bernard Frank); una biblioteca que quise encabezar con un autor triestino como él, como parte de él. Al margen de ello, el haberme presentado ante el maestro como Maurizio Cattaruzza me va a permitir, cuando coincida con Claudio Magris en Trieste, decirle lo siguiente: "Maestro, ¿no se acuerda de mi? Soy el gato Maurizio Cattaruzza, nos conocimos en Barcelona". Lo cual un triestino con el humor de Claudio Magris entenderá perfectamente, es decir: que en realidad yo soy un gato y que mi nombre es Maurizio Cattaruzza. Y que Claudio Magris no es Orfeo.