WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL
Los franceses viven como en estado hipnótico con su nuevo presidente, Nicolas Sarkozy. Les seduce.
LExpresan su fe en él en encuestas que superan fácilmente el 60 por ciento. Parece ser algo más que el habitual periodo de gracia que se suele conceder a los gobernantes en sus primeros tiempos de mandato. De Gaulle fue un presidente de excepción para tiempos de excepción, dramáticos para Francia, para el mundo. En comparación con él, Sarkozy es más bien la sorpresa que arranca al país de su sopor, de la convicción de que los políticos le han colocado en una situación de bloqueo precisamente en el contexto de un mundo que ha cambiado de rostro en poquísimo tiempo.
Después de los últimos años de la presidencia de un Chirac que había perdido su capacidad de persuasión, Sarkozy aparece en la escena política dotado de una admirada capacidad de decidir, de estar siempre a la hora debida en el lugar adecuado.
Se atribuyen al nuevo inquilino del Elíseo connotaciones bonapartistas. En los franceses esto despierta uno de los recurrentes de su imaginario colectivo. El del país que estuvo a la cabeza de Europa, tanto si se trata de Napoleón I como del tercero, tan distintos en todo, pero tan parecidos en forjar la "idea de Francia" de que hablaba de Gaulle.
La atracción de Sarkozy alcanza a más allá de las fronteras del Hexágono. ¿Una vez más Francia marca el camino, habla con voz que invita a despertar, a ponerse en marcha, especialmente en una Europa que parece haber desterrado la imaginación y la creatividad de la vida política?
Es tanto el empuje con que Sarkozy entra en la primera línea de la actualidad que hasta parece indebidamente dejar en segundo término a dos pesos pesados de la Europa de nuestros días: Angela Merkel y Gordon Brown. Ambos, dotados de una manera de hacer y de ser muy distinta a la de Sarkozy. La canciller alemana es su antítesis. Una mujer poco mediática, pero segura, inteligente rectora de la coalición gubernamental que ha repuesto a su país en el rango innegable de gran potencia europea de hoy. Yel premier británico, que ha llegado al 10 de Downing Street después de haber aportado un apoyo esencial a Tony Blair que en tantas cosas le ha dado la vuelta a Gran Bretaña. La eficacia y la solidez sin prisas distinguen a este laborista sin vocación de exhibicionismo.
De Sarkozy atrae la manera como rompe con uno de los vicios de la democracia: la preponderancia y la endogamia de los partidos, con demasiada frecuencia convertida en obsesiva lucha personal por el poder, incluso en el seno de cada organización. Hay un cansancio de la política politiquera. Causa admiración la facilidad con que el presidente francés, después de su fulminante "llegué, vi y vencí", ha conseguido repartir responsabilidades a varias de las más prestigiosas figuras de la oposición socialista. ¿Se trata de fagocitar al enemigo o de sumar en vez de restar, de poner por encima de los intereses de partido el bien de los ciudadanos franceses?
Quebrar la osificación del partidismo puede ser necesario. Personalidades de la valía de Strauss Kahn, Jack Lang, Huber Védrine o Michel Rocard no se prestarían a colaborar con Sarkozy si no entendieran que hay que hacerlo por el bien de Francia, más allá del juego político. El último de los citados, de rigurosa mentalidad hugonote, primer ministro que fue con el presidente Mitterrand, especifica en el libro-entrevista titulado Si la izquierda supiera:"Para el ciudadano de base no es soportable la política politiquera (...) el deber de los políticos debería ser entenderse para hacer cosas útiles". Y no habla así para justificar su comportamiento actual, porque el libro fue publicado en el 2005.
Las elecciones que llevaron a Sarkozy a la presidencia tenían ciertas particularidades que iban en el sentido indicado. El ganador final y la perdedora, Ségolène Royal, respondían de alguna manera a esta voluntad de ofrecer cambios notables en la manera de hacer política. Eran gente de partido, pero cada uno a su modo. La candidata socialista se enfrentaba a los barones consagrados del PS, prácticamente todos presidenciables. Sarkozy tuvo que echar mano de su mucha audacia y habilidad para, en una larga lucha, obtener la aquiescencia del presidente Chirac cuando la elite gaullista, los Séguin, Balladur, Juppé, ya no estaban en juego. Y Villepin carecía del historial necesario en la UMP.
Sarkozy tiene detrás un largo currículo de treinta años como hombre de partido. Desde los escalones primeros. Había sido alcalde, secretario general, después presidente de la UMP, ministro dos veces, aunque siempre
ASTROMUJOFF dio la impresión de no ser cabalmente un hombre del aparato y desde luego no contaba entre la elite de los enarcas. Y ahora desborda ampliamente como presidente al Gobierno, al Parlamento y dispone de manos libres para hacer y deshacer. Con los instrumentos de que le dota el presidencialismo creado por De Gaulle, abona la creencia generalizada de que Francia entra en una época hiperpresidencialista.Para bien o para mal, una situación que subordina clamorosamente a su propio partido y permite integrar en su proyecto político a personalidades de la oposición socialista y de otros campos de la sociedad. ¿Sarkozy, político al cien por cien, da la respuesta adecuada a una superación del partidismo a ultranza que, según algunos, exigen las sociedades modernas?
Tomar la fórmula sarkozysta como modelo tiene riesgos. Hay en el nuevo presidente francés una extraordinaria capacidad de reacción, una disponibilidad de propuesta e iniciativa. También, un inquietante deslumbrar mediático, el útil pero efectista recurso a la escenificación.
Perjudica a la buena marcha de una democracia que la deterioren los excesos del partidismo. Es un problema de plena actualidad. Pero no es menor el peligro de que se menoscabe el principio de alternancia con la mengua desmoralizadora de la oposición, aunque a ella misma se deba encontrarse en esta situación. Y así lo reconocen personalidades que permanecen fieles al PS. Gente que tiene mucho que decir, como el alcalde de París, Bertrand Delanoë, o Manuel Valls, de origen catalán, alcalde de Hèvry y diputado de Essone, que en su libro Los hábitos nuevos de la izquierda responde con propuestas a la demanda del pueblo francés, del que dice que está "fatigado de tantas promesas no cumplidas".
¿Es Sarkozy el destinado a acabar con esta fatiga? Valls recuerda algunos hechos que la originaron: el trauma del 21 de abril del 2002, cuando Le Pen llegó a la última vuelta electoral contra Chirac; el no francés del 2005 a la Constitución europea; los disturbios de los suburbios de noviembre del mismo año; el fracaso del Contrato de Nuevo Empleo del Gobierno Villepin; el caso Clearstream, oscura y posiblemente delictiva zancadilla contra Sarkozy de dicho primer ministro para cortarle el paso a la candidatura presidencial. Hay responsabilidades compartidas de la derecha y la izquierda ante una crisis política, social, identitaria, económica y cultural que señala Valls, quien concluía en el 2006: "Si no encarnamos la ruptura, seremos barridos". Y barridos han sido los socialistas. Campo libre para Sarkozy.
Una gran responsabilidad que la filósofa Elisabeth Badinter define en la revista L´Express:"Nuestro nuevo presidente interesa como un equilibrista sobre su tensa cuerda. Un paso en falso, y cae. Y nosotros con él". Pero a la mayoría de los franceses el equilibrista les tiene fascinados.

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