El principio del fin, de Xavier Batalla en La Vanguardia
La retirada gradual de Iraq ya está en marcha. La decisión británica de retirarse del centro de Basora, la segunda ciudad iraquí, tal vez no marque una profunda desavenencia estratégica entre los gobiernos de Washington y Londres, pero señala el principio del fin de la aventura británica.
Al Reino Unido le ha salido cara la operación. Han muerto 168 de sus soldados. Yla factura tampoco ha sido menor: la guerra y la ocupación le han costado 5.000 millones de libras esterlinas (unos 7.500 millones de euros). En total, Londres ha enviado al teatro de operaciones a unos 45.000 soldados, que han ido relevándose. Y en el momento cumbre del conflicto, unos 18.000 soldados británicos permanecieron en suelo iraquí. Ahora, unos 5.500 son los últimos militares que permanecen en un aeródromo de Basora.
La retirada británica de Basora (para muchos, una derrota a secas) se ha llevado a cabo, según la versión oficial, en cumplimiento de un antiguo plan acordado con los estadounidenses para traspasar el control de la ciudad al ejército iraquí. Resulta difícil pensar, sin embargo, que existe una sincronización entre los movimientos que actualmente protagonizan estadounidenses y británicos.
La Administración Bush está en plena ofensiva militar. El general Petraeus habla de considerar una reducción de tropas a principios del año próximo, pero la visita que el presidente ha efectuado esta semana al desierto iraquí ha servido tanto para defender la necesidad de continuar con el esfuerzo como para declararse satisfecho de su nueva estrategia, que en la jerga política estadounidense se conoce como surge y que consiste en establecer bases permanentes en las zonas que se han arrebatado a la insurgencia por las armas o por las sumas de dinero con las que los marines han conquistado la voluntad de los jeques suníes que antes hicieron ascos a la ocupación. Los británicos, por el contrario, han decidido retroceder, por lo que dejarán un vacío en el sur, donde las milicias chiíes libran una guerra civil.
La nueva situación resulta chocante. La diplomacia del talonario parece haber obrado el milagro político de que los jefes tribales suníes apoyen ahora la ofensiva estadounidense. Buena noticia, pues, para Washington. Pero en el sur, tierra de chiíes que en principio recibió de buena manera a quienes iban a derribar a Sadam, su enemigo histórico, las milicias chiíes protagonizan una guerra civil. De hecho, los estadounidenses controlan poco de las nueve provincias chiíes al sur de Bagdad.
Resumiendo, Iraq no se deja pacificar ni dirigir políticamente; el primer ministro británico, Gordon Brown, ya piensa en su supervivencia política, y en Washington se argumenta que la carnicería sería mayor sin la ocupación. Quienes ven la botella medio llena pueden decir que el objetivo de la coalición anglo-norteamericana siempre ha sido traspasar el poder al Gobierno de Iraq, que entonces debería responsabilizarse de la seguridad. Pero los británicos, como afirma Patrick Cockburn en The Independent,ya no controlaban Basora, por lo que poco traspaso de poder habrán realizado. "Hoy, la ciudad está controlada por las milicias, que son mucho más fuertes que antes", dice un informe de International Crisis Group, con sede en Bruselas. Y peor: la lealtad del ejército y policía iraquíes - ampliamente infiltrados por las milicias chiíes, según The New York Times-sería tan firme como la lealtad cambiante de los jeques suníes.
