La Coctelera

Reggio

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9 Septiembre 2007

Dependientes de la fruta, de Joan Hernández en El Mundo de Cataluña

A FONDO: LOS TEMPOREROS DE LLEIDA

El regreso de las vacaciones de la mayoría de catalanes coincide con la recta final de la temporada de recogida de fruta en la provincia de Lleida. Hasta sus tierras se trasladan centenares de inmigrantes -la mayoría africanos-.Los temporerores que han tenido más suerte han podido cobrar cinco euros la hora, con o sin contrato, mientras que los más desafortunados han vagado por las calles a la espera de una oportunidad aunque sólo sea para conseguir el dinero suficiente para viajar a otro punto de la geografía española en la que se inicie la temporada. Los que no tienen 'papeles' suelen ser los que peor lo pasan. No obstante, la solidaridad de sus compañeros les permite comer y dormir, aunque sea en campamentos improvisados.

Lentamente, Simón recoge sus escasas pertenencias en una gran bolsa de deporte, sentado en un bancal de perales, con la fruta ya recolectada, pierde su mirada en dirección a la parada de autobús de la carretera Nacional II. «Regreso a Bilbao de donde no tendría que haber marchado», asiente mientras camina hacia la parada del coche de línea que lo devolverá a su casa. La campaña de la fruta en Lleida acabará a mediados de septiembre y cada día que pasa quedan menos oportunidades de trabajo. Este es el panorama de la capital de El Segrià y sus alrededores.

Simón un africano sin permiso de trabajo ha pasado las últimas semanas en la localidad frutera de Alacarràs esperando poder trabajar alguna jornada en la recogida de la fruta para sobrevivir.Este es uno de los centenares de temporeros que deambulan por las localidades cercanas a Lleida esperando tener la fortuna de encontrar una peonada que le permita ganar unos 50 euros en un día de sol a sol, pero no ha tenido suerte.

En las plazas y calles de la citada localidad, como en otras muchas, encontramos partidas de temporeros originarios de Guinea Bissau, Ghana, Senegal o Guinea Cronaky, representantes de todo el continente negro, que esperan una oportunidad.

Manel, un payés, asegura que por nada del mundo contrataría a una persona sin permiso de trabajo por temor a las fuertes multas de la inspección de trabajo. «Aunque entiendo que otros, los menos, por caridad o falta de escrúpulos den algún día de trabajo a estas personas tan desesperadas», añade.

Joan Josep Vergés, responsable de Cooperación e Inmigración del sindicato Unió de Pagesos (UP) explica que este año han contratado en origen a unos 3.000 temporeros. Estos trabajadores agrícolas son los más afortunados, ya que vienen con permiso de trabajo, contrato y en la mayoría de los casos el agricultor o la cooperativa que les contrata les facilita vivienda. Incluso les proporcionan cursos de formación y actos lúdicos, como una fiesta intercultural que se celebró el primer sábado de septiembre en los jardines de los Camps Elisis de Lleida.

La otra cara de la moneda son los centenares de personas sin la documentación en regla para trabajar que deambulan por los pueblos leridanos, creando sensación de inseguridad en la población que los mira con recelo, aunque esta temporada no se hayan registrado incidentes graves de convivencia.

Ibrahim Bar de 24 años y natural de Guinea Bissau, un veterano indocumentado que repite por cuarto año su estancia en Alcarràs explica donde reside el atractivo de la campaña de la fruta.«Algún mes puedo llegar a ahorrar hasta 100 euros que envío a mi país y que permite sobrevivir a mi familia, yo no sé nada de los servicios sociales ni de las ayudas que ofrece la administración pero con mis manos cogiendo melocotones gano lo suficiente para vivir yo y mantener a los míos», añade.

Aita Yaw, nacido en Ghana y con 37 años asegura que trabajar en la campaña es difícil. «Es un buen trabajo y bien pagado, aunque ahora que ya no hay fruta para coger, ya estoy pensando en regresar a Valencia donde resido habitualmente», dice.

Más optimista se muestra Peter Kumi calcula que todavía quedan algunas semanas de trabajo y pasará por Mollerussa antes de regresar a su casa de Vic. Mientras el melocotón y la pera ya están prácticamente recolectados, variedades como la manzana golden todavía darán algunas semanas de trabajo a muchos temporeros. Kumi asegura que no le preocupa dormir todo el verano al raso si consigue ahorrar algunos euros que le harán la vida más llevadera en invierno.

Bar no descarta volver a Almería aunque reconoce que cobrará menos allí. Uno de los alicientes de la campaña de la fruta de Lleida reside en que el precio que se paga por hora de trabajo está entre los cinco euros e incluso algo más mientras que en los agricultores almerienses no pagan más de tres euros por hora en los invernaderos. No hay duda de que ésta es una de las razones por las que las tierras de Lleida se han convertido en lugar de destino de los temporeros, tanto legales como ilegales.

Todo y que la campaña frutera está en la recta final algunos temporeros explican satisfechos que se quedarán en la zona porque les han prometido para más adelante otros trabajos agrícolas como la poda.

La mayoría de estos africanos que no ocultan su condición de indocumentados para trabajar aguantan estoicamente tengan trabajo o no. La solidaridad entre ellos es muy grande y el que consigue un jornal comparte sus euros con los menos afortunados para comprar la comida que alimentará a sus compañeros.

Todos explican llevar más de dos años residiendo irregularmente en España y confían que su suerte cambie cuando se abra un proceso de regularización extraordinario que les permita obtener el anhelado permiso de trabajo. Sonríen mientras explican que acumulan años de residencia para conseguir un contrato de trabajo en el futuro que les permita tener papeles.

Entre el grupo de potenciales temporeros ociosos que descansan en el banco de una plaza, un joven de color de 24 años ataviado al más puro estilo de las teleseries afroamericanas juega con un teléfono móvil y confiesa que nunca ha trabajado por no tener papeles. «Vivo en casa de mi tío mientras tramito mis papeles para poder trabajar aquí», asevera satisfecho de su suerte y sin la menor muestra de procupación por su destino.

Otro joven apoyado en la puerta de un bar que está cerrado señala que mientras no le ofrezcan un trabajo se conforma con tomar el fresco y mirar el pueblo. Ha venido de Lleida y si no encuentra trabajo en los próximos días no tendrá más remedio que regresar a su casa.

Este colectivo se ha adaptado a algunas costumbres mediterráneas de las localidades leridanas. Una noche cualquiera de verano mientras los vecinos de Los Alamús sacan sus sillas a la calle para petar la xerrada a la fresca ellos se instalan en los bancos de la puerta del Ayuntamiento de la localidad para hablar de sus cosas y ejercitar la sana nostalgia.

Mientras, la vida para los privilegiados contratados en origen resulta cómoda, generalmente tienen un contrato de varios meses y no se han de molestar en buscar trabajo. Los irregulares sobreviven en duras condiciones. A pocos metros del río Segre, en la localidad de Alacarràs encontramos un gran campamento que acoge a más de un centenar de indocumentados. Ellos esperan una oportunidad para poder ganarse la vida. Hasta que llegue la oportunidad malviven de la mejor forma posible.

Tras pasar un bancal de frutales, que el riego ha convertido en un barrizal, hallamos una gran explanada sembrada de basura y restos de humanidad. El campo se ha convertido en un campin donde todo es producto del reciclaje. Los temporeros duermen en el suelo bajo las estrellas en palots de madera transformados en camastros donde cartones y papeles se convierten en ropa de cama. Botas de trabajo y zapatos al lado de los palots nos indican la propiedad del citado camastro.

El problema de la alimentación está solucionado mediante ranchos comunales, dos jóvenes parten palots con la manos y a patadas para transformar la madera en combustible, que calentará unas ennegrecidas ollas por el humo que se sostienen entre tres grandes piedras de río. Unos metros más adelante, aprovechando la sombra que ofrece el bosque de ribera unos jóvenes fuman tabaco mientras escuchan música en grandes radiocasetes conectados rudimentariamente a una vieja batería de coche.

Las ramas de los árboles se han convertido en un improvisado armario donde los temporeros guardan sus ropas y pertenencias en bolsas de plástico de supermercado para salvaguardarlo de la humedad. De lejos la arboleda parece haber sido decorada con la más moderna ornamentación navideña.

UP ha gestionado 7.500 demandas de trabajo esta temporada

Unió de Pagesos ha gestionado esta campaña alrededor de 7.500 demandas de trabajo y se ha contratado en origen a 3.500 extranjeros. Una veintena de éstos son de Senegal, gracias a un convenio bilateral y que en breve se marcharan de las tierras de Lleida para terminar el contrato trabajando en explotaciones valencianas y burgalesas.

Uno de los problemas de esta campaña ha sido la afluencia de operarios rumanos y búlgaros, ciudadanos comunitarios que pueden residir en España pero disponen de permisos de trabajo al encontrarse en situación transitoria. Aunque el sindicato agrario ha hecho un esfuerzo para contratar en origen a rumanos y colombianos.

Lejos quedan la década de los años 70 y 80 cuando el campo leridano se nutría con mano de obra andaluza, zamorana y madrileña, entre otros puntos de la geografía española. Ante la falta de temporeros de otras comunidades, UP decidió el año 1992 buscar trabajadores en Colombia, Marruecos y también en Rumania.

Los precios de la fruta de esta campaña son buenos, según los productores, «se mantienen estables», pero en realidad están altos y tanto para el melocotón, manzana, nectarina y pera rondan entre los 30 y 60 céntimos el kilo, según variedad y calibre.

Según los datos facilitados por el Departament de Treball en Lleida hasta el 6 de septiembre se han registrado 7.284 contratos de trabajadores temporales, cifra algo superior a la de la pasada campaña.

El número de temporero que se desplaza libremente por las comarcas de Lleida en busca de trabajo en las campañas agrícolas ha bajado en los últimos años. Tanto los sindicatos agrarios, cooperativas como la Administración apuestan cada vez más por la contratación en origen, especialmente de personas con conocimientos agrícolas de países africanos, suramericanos y la Europa del Este.

El hecho de que la Administración haya promocionado la contratación en origen no deja de evitar el conocido como efecto llamada que supone la gran demanda de mano de obra estacional que genera la campaña de la fruta y la posibilidad de ganar un sueldo que puede significar muchas veces la supervivencia de toda una familia en el corazón del continente africano.

© Mundinteractivos, S.A.

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