EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 12

Un poeta dijo una vez que escribir libros, hacer textos, pergeñar artículos, es en realidad preparar cartas más o menos voluminosas para los amigos... para una posible comunidad de lectores, desconocidos la mayoría de las veces, quizá situados en un futuro incierto o en un presente opaco. Me pregunto hasta qué punto el periodismo literario, la columna de autor, no se asemeja más que otros géneros a esa esperanza de una paradójica correspondencia amistosa que nunca se llegará a conocer. P. D. James calificaba a los epistolarios de «rehenes traicioneros», pues una carta podía ser «la más reveladora y la más engañosa de las confesiones». Pienso que también a una columna periodística se le puede aplicar la reflexión de que «atrapa el estado de ánimo del momento. La transitoriedad queda fijada para siempre... además, adaptamos nuestro estilo al destinatario». Quizá Paco Umbral no hubiera estado en desacuerdo con esa idea, pues toda escritura creativa puede contener tanto la necesidad vital de expresarse como el sentido de esa despedida epistolar que Pedro Salinas escribió: «guárdenme lo que puedan del olvido».

Para un verdadero escritor, un creador de la palabra, como fue Umbral, ese resguardo del olvido está siempre asegurado. Creo que, con independencia del contenido aparentemente transitorio de estas columnas levantadas cada día con una disciplina y talento indiscutido por un escritor que cumplía el dicho de López de Gómara sobre el castellano -«ataja grandes razones con pocas palabras»-, la maestría del lenguaje respondería asimismo al mandamiento que otro poeta, Joseph Brodsky, sitúa como el primero de todos: cuidar el lenguaje. De manera que la transitoriedad, el estado de ánimo, el propio contenido con el que podamos estar más o menos de acuerdo o en desacuerdo, queda revestido de un lenguaje poderoso que, al reunir todo el «epistolario», todos esos momentos de transitoriedad hasta formar un conjunto en el que sobresalen ciertos temas, ciertas obsesiones, resulta un fresco contemporáneo, una pintura ágil y vivaz de un presente que logra hacerse historia en el lenguaje. La libertad de pensar las cosas en sí, por encima de lo políticamente correcto o de contenciones y convenciones sociales, la parodia burlesca incluso («si quieres decir a la gente la verdad, sé divertido o te matarán», dicen que decía Billy Wilder), traducido todo en excelente escritura, da a su autor -y a la vez a sus posibles lectores, discrepantes o no- una posibilidad de libertad quizá resumida en el aforismo de Stanislaw Jerzy Lec: «No os dejéis imponer la libertad de expresión antes que la libertad de pensamiento».

¿Y de qué sirve todo el esfuerzo, la lucha por ser otra cosa diferente del destino que el determinismo del nacimiento o del grupo social pretendía imponer? «Cuánto mayor es el peligro, mayor es la gloria», le dice Errol Flynn al malo y espléndido Arthur Kennedy, cuando le está emborrachando para llevarle a Little Big Horn, en Murieron con las botas puestas.

- Usted siempre persiguió la gloria, la fama. Y la consiguió. ¿Y de qué le ha valido? Lo único que vale es el dinero, que todo lo doblega.

- Puede que tenga razón, puede ser [contesta el protagonista], pero hay una cosa a favor de la gloria: que es lo único que lleva uno consigo cuando llega la muerte.

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