La declaración de los McCann como sospechosos oficiales desata múltiples especulaciones acerca de las circunstancias de la muerte de su hija. Una de las hipótesis es la de que le pudieran haber administrado un tranquilizante para favorecer un sueño prolongado y que la pequeña sufriera una sedación excesiva que le condujera a la muerte.

Se trata de un efecto adverso conocido, aunque poco frecuente, de este tipo de medicamentos, cuyo uso se desaconseja en niños, pero que se emplea con más frecuencia de lo que oficialmente se admite. Este mismo agosto, la revista Sleep revelaba que el 81% de las consultas al pediatra por problemas de sueño acaba con una receta en EEUU. La mayoría para productos oficialmente no autorizados para menores.

¿Qué pudo tomar Maddie? ¿Puede un sedante acabar con la vida de una niña? ¿Es posible que sus padres, médicos, desconocieran los riesgos? ¿Fue el resultado de una negligencia? Pediatras, expertos en cuidados intensivos y en anestesiología coinciden en los peligros que implica administrar sedantes a niños. Es el caso de las benzodiacepinas (el Valium es el más popular), de algunos antihistamínicos y de los mórficos suaves (como la codeína).

Este tipo de productos actúa a nivel del sistema nervioso central inhibiendo o modulando la acción de neurotransmisores cerebrales para ejercer su efecto relajante y tranquilizante. Pero, además, incide sobre neurotransmisores que controlan otras funciones como el tono muscular, el ritmo cardiaco y la tensión sanguínea. Si la sedación es excesiva se puede producir una depresión respiratoria, es decir, la respiración se ralentiza, el organismo deja de recibir suficiente oxígeno y, si la situación no se corrige a tiempo, se produce la parada cardiaca y la muerte.

Reacciones dispares

El problema es que en ocasiones no hace falta una sobredosis para que se presente este fenómeno. La respuesta individual a este tipo de medicación es muy variable. A las dosis convencionales y seguras para la mayoría de las personas, algunos pacientes pueden tener problemas. Y si esto es cierto en los adultos, lo es mucho más en el caso de los niños, sobre todos en los más pequeños.

Muchos fármacos de uso habitual están, de hecho, desaconsejados en menores de cinco años debido a la vulnerabilidad de sus organismos inmaduros y a la variabilidad con la que responden a la química farmacológica. En el caso de los sedantes esta máxima también se cumple.

La misma cantidad de producto administrada a dos menores de edad y peso similares puede tener efectos muy dispares. El primero puede dormir plácidamente durante horas, el segundo puede relajarse en exceso y ser víctima de una parada cardiaca secundaria a una parada respiratoria. ¿Es lo que le sucedió a Maddie?

Isabel Perancho es especialista en temas de salud de EL MUNDO.

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