Postales de verano, de Remei Margarit en La Vanguardia
En verano recibimos esas postales de lugares lejanos o próximos. La familia y los amigos se reparten por la geografía y de vez en cuando mandan una postal. A veces incluso son del mismo pueblo del año anterior, la misma playa; cambian los colores y el enfoque y también cambian las palabras escritas en ellas. Por ejemplo, si en el grupo de la familia que ha viajado hay niños, en cuanto saben escribir son ellos los que escriben con su letra redondeada y precisa, siempre buenas nuevas, lo bien que lo están pasando y los abrazos del cariño. Si las postales son de amigos, suelen ser de distancias más largas, a veces con océanos de por medio.
También hay otras postales. Amigas que saben bastante de una y que crean una imagen que tiene sentido en la propia relación; por ejemplo, recibí de una amiga viajera una fotografía del desierto, al pie de una jaima de vivos colores, mi nombre escrito en la arena, un nombre que el viento no tardó en hacer desaparecer; pero la postal llegó y ahí quedó el recuerdo de mi nombre en el desierto.
Llegan también dibujos de los peques en grandes sobres, las postales por excelencia, una casa, un sol, el mar y una barca en el horizonte, todo construido con colores radiantes, esos a los que llaman primarios, azul, amarillo, rojo, verde, naranja. Ahí ya no es necesaria ninguna firma, ya se sabe de quién procede aunque la madre añada algún escrito detrás, junto a la fecha.
Esas postales ya tienen destinado su lugar en un corcho en la pared. El problema es que el corcho tiene sus límites y hay que sustituir unas postales por otras. Es una lástima, pero no hay más remedio, algunas postales recibidas de años pasados son más reacias a salir del corcho y no se sabe cómo perduran un año y otro, con lo que hay que hacer mil composiciones para que puedan caber las nuevas. No se sabe qué sentimiento las retiene, puede que sea alguna mezcla de sensación de fragilidad, de querer parar un tiempo o qué se yo. La verdad es que las de los niños y niñas tienen prioridad. Aunque se guarden con cariño en una caja, cuesta quitar del corcho las del año anterior, se siente que es como destronar un tiempo para entronar otro y ello le remite a una al paso inexorable del tiempo, año tras año. Un deje de inevitable melancolía se siente ante esa ceremonia de sustitución de postales.
Algunos pueden creer que enviar una postal a alguien a quien se quiere es un acto mecánico de quedar bien con los demás. Yo no creo que sea así, más bien pienso que durante las vacaciones en algún momento se desliza en el pensamiento un recuerdo para aquella persona y una postal puede convertirse en una nueva anilla del engranaje que sostiene al mundo, al alma del mundo. Existe un lenguaje del cuerpo que es evidente, se habla, se canta, se baila, etcétera, y también un lenguaje del alma que no responde a patrones sociales preestablecidos; se expresa en un impulso que no se puede explicar claramente, pero que obedece a otras leyes, no escritas, de comunicación con los otros seres; a unos niveles de profundidad que poco tienen que ver con la superficialidad de un quedar bien y basta.
Los niños saben esto y lo saben muy bien, las convenciones todavía no les han despojado de ese lenguaje instintivo de lo que sienten y de cómo lo sienten y lo dicen claramente de la manera que saben, con un dibujo o con una postal escrita con trazos grandes. Los niños no tienen un discurso elaborado todavía y las pocas palabras que escriben están más cerca de las imágenes que del verbo.
Se termina el verano y el corcho de la pared donde se hallan las postales está al completo; durante un año me acompañarán sus imágenes y sus palabras.
