EL CORREO CATALAN

Querido J:

Uno de los grandes momentos de la lectura se produce cuando el clásico se cruza con la actualidad. Es probable que haya una ilusión de sentido en esos cruces, pero son apasionantes. La mañana que leía el eco de la información de The Times, el diario donde trabajan Rupert Murdoch y un ex presidente del Gobierno de España, sobre el Rey Juan Carlos (venían a llamarle el rey vivales), pasaba la página 387 de la Vida de Samuel Johnson, escrita por el fiel Boswell -y llamo así, con toda la conciencia, al escritorazo y notabilísimo granuja, porque nadie que no sea perro puede llevar este adjetivo con mayor grandeza-. La página relataba un encontronazo entre el doctor Johnson y un particular a propósito de la autoridad real. Esta vez el particular tomaba el nombre de Goldsmith, que, ciertamente, no sería un smith cualquiera. El encontronazo, según Boswell, lo ganaba Johnson, como casi siempre, pero a mí retórica y políticamente, me convencía mucho más la argumentación de su adversario. «[Goldsmith] discutió acaloradamente con Johnson sobre la conocida máxima de la constitución británica según la cual 'nada malo puede hacer el Rey', afirmando que 'lo que era moralmente falso no podía ser políticamente verdadero'».

Por supuesto, y siguiendo el fondo práctico de la réplica de Johnson («el Rey es la cabeza del Estado, la suprema instancia: se halla por encima de todo lo demás, y no hay poder por el que se le pueda juzgar») no vendré a interrumpir las últimas tardes de tu verano para hablarte de nuestro Rey, sino del libro excepcional que se ha cruzado con sus avatares. Con su traducción española, por cierto, ha pasado algo muy habitual aquí: tras dos siglos de no disponer de ninguna, este año hemos tenido dos. Recordarás, porque aún lo vivías de cerca, aquella fenomenal temporada barcelonesa de teatro en que se representaron los dos Lorenzaccio, uno con Flotats y otro con Puigcorbé, cuando cada cual era el Arruza y el Manolete de nuestra tauromaquia y el teatro aún lo aguantaba nuestro culo, que siempre fue el órgano más directamente implicado en el asunto. Así pues, tienes un par de Vidas en las librerías hispánicas, una publicada por Espasa y traducida por mucha gente, y otra a cargo de Miguel Martínez-Lage, que publica El Acantilado.

Yo manejo ésa. Es una edición excelente, aunque tenga más erratas de lo que es habitual en la casa; la traducción parece muy fiable y, en cualquier caso, es una traducción al castellano; hay un prólogo muy solvente de Frank Brady y un hermoso retrato de Joshua Reynolds del gran hombre, uno de los tres que creo que hizo de Johnson y que, por suerte (estos días me habría dolido en la cara), no fue el que sufrió la reciente agresión de un delirante en la Tate Gallery. Jaume Vallcorba, el dueño de El Acantilado, es un gran editor, y sobre todo insólito. Esta su Vida de Samuel Johnson, (1989 páginas, laus Deo) se une al reciente y descomunal esfuerzo de las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand y se ha adelantado a la colosal antología que prepara sobre Die Fackel, de Karl Kraus, que ojalá supere las cinco mil para bien de la Humanidad en general y del periodismo hispano en particular. Lo insólito en Vallcorba no es que haya elegido estos libros. Aunque ya no lo parezca, un editor tiene la obligación de ser un hombre culto y sensible. No: lo insólito en Vallcorba es que todos esos libros grandes, viejos y gordos... los vende.

Te dije al principio que este tipo de clásicos suele cruzarse con provecho. Pero no solamente con respecto a los titulares. Mira, por ejemplo, cómo se cruza, ¡y con qué cruda advertencia!, esta frase del doctor con nuestra vida íntima y el pervertido gusto por la incorrección que nos mantiene vivos: «Cuando yo era chico, siempre escogía el bando erróneo en un debate, porque desde esa perspectiva era posible decir las cosas más ingeniosas, esto es, las más novedosas». El libro alienta los cruces entre las épocas y es en sí mismo el recuento de infinidad de cruces sincrónicos porque, antes que cualquier otra cosa, es el relato de una conversación. Una gigantesca, frondosa e inteligente conversación que mantuvieron unos cuantos hombres en la Inglaterra de finales del siglo XVIII, pocas tardes antes de la caída del mundo antiguo. Johnson es, desde luego, su protagonista; más bien su héroe. Pero no habría que dejarse llevar por las apariencias: la Vida es un gran libro coral, como toda conversación que se precie. Estos días, mientras estoy parado en cualquiera de sus rellanos (epístolas insulsas, protocolos ceremoniosos de Boswell, relaciones de actos provinciales) pensaba a menudo dónde podría hallarse hoy un recuento semejante. Decidí que había dos lugares. Uno es la radio y sus tertulias, tan ironizadas. Es cierto que allí hay pocos que se expresen con la naturalidad de una conversación, y yo el primero; es cierto que el llamado tertuliano no se comporta de manera distinta al político, y que más que conversar, habla, gallea, en titulares; es cierto que el titular orienta la mayor parte de las intervenciones y fija sus límites. Pero, irremediablemente, fantaseaba con la posibilidad de que un nuevo Boswell reuniera dos, cinco, 10 años de esas conversaciones radiofónicas, cortara y zurciera, fiado solamente de la inteligencia, y los fuera acotando con su voz ladina y tierna, resabiada, para dejar el resultado finalmente grabado en cualquier formato electrónico y poder ofrecer a los gentiles una magna conversación española de cuando alboreaba el siglo.

La conversación está en la radio. Troceada en mil tertulias, en miles de cintas y en archivos distintos; pero existe: más accesible, finalmente, que la cabeza de un hombre Boswell, a veces muy nublada por el oporto. Y existe también en internet. Como bien sabes, durante tres años mantuve un foro abierto en mi blog hasta que hube de reducirlo a niveles puramente simbólicos, dada la dimensión que había alcanzado y la imposibilidad puramente física de seguir todos y cada uno de los hilos de conversación que allí se enhebraban. Pero mientras se mantuvo en proporciones humanas, el llamado Nickjournal fue una muy interesante conversación sobre la vida española, en la que también tenían su lugar los tarados. El libro sobre Johnson me recuerda los buenos momentos de esa conversación internáutica, como lo hacen también algunos fragmentos de tertulias radiofónicas matinales o nocturnas, pillados al vuelo, tocados de una espontaneidad y de una ausencia de pedantería sumamente agradable, por donde a veces corre la vida como la luna entre los árboles.

La posibilidad de reproducir hoy una gran conversación -moderna- al estilo de la de Boswell se consideraría muy fantasiosa. Una de las razones, si alguien pensara en ello, es que esas conversaciones ya están escritas (en internet) o habladas en los medios audiovisuales. Pero es mentira, naturalmente. Esas conversaciones flotan en el éter del olvido como lo hacían en el Londres de finales del siglo XVIII, e igual que aquéllas necesitan de un hombre que las rescate y las ponga al servicio de un relato sobrehumano de la vida, que esto es, ni más ni menos, lo que hizo el gran Boswell, en este libro portentoso que antes que leer se escucha.

Sigue con salud

A.

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