La celebración del Día de Asturias tapa un poco el impudor de hablar del patriotismo con alguna gota de patriotismo. No participamos del todo de la actitud del gran G. Brassens cuando canta que «el día catorce de julio -fiesta nacional francesa- yo permanezco en mi dulce cama; la música que marca el paso no me llama».

La queja de algunos deportistas españoles internacionales porque el himno nacional no tiene letra ha terminado -por ahora- en una constatación paradójica: el problema no está en que el himno español no tenga ninguna letra, sino en que le han sido asignadas muchas, sin que ninguna consiguiera una aceptación generalizada. La perplejidad de los deportistas españoles de tener que permanecer mudos, mientras sus rivales cantan a voz en grito, y hasta con una mano en el corazón, en los prolegómenos de los partidos, ¿tendrá algo que ver con la falta de luces que evidencia nuestra selección de fútbol en las competiciones oficiales? Los historiadores no suelen mostrar excesiva sorpresa de que contemos con un himno sin letra. Buenos conocedores de los textos clásicos de Ortega, Unamuno, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Laín Entralgo... sobre el ser de los españoles entienden que, a pesar de ser España uno de los primeros territorios europeos en constituirse como nación, nos cueste tanto superar las polémicas sobre himnos y banderas.

El himno de España no tiene una letra que puedan cantar los deportistas, y el himno de Asturias, sí. Cada uno puede sacar las conclusiones que se le antojen, pero esto es un hecho innegable. Y, aunque cuantitativamente no somos más que la barriada de una gran ciudad -como señaló atinadamente en estas mismas páginas un joven economista-, los asturianos de la emigración fueron capaces -entre otras muchas cosas- de crear un himno, conocido hoy en medio mundo. Gracias al folclorista Fernando de la Puente, sabemos que la letra del himno de Asturias procede del momento dorado de nuestra emigración en Cuba, en los años veinte del pasado siglo, cuando nuestros emigrantes construyen su edificio civil más importante, como sede del Centro Asturiano.

¿Por qué como españoles no hemos sido capaces de construir un himno con letra y como asturianos sí? Yo creo que es aplicable aquí una hermosa observación de Pérez de Ayala. «¿Hay un alma española?», se pregunta el gran escritor ovetense. «Pueblo español, territorio español, lengua española. Nación y Estado españoles, por tanto; todo eso, sí. Pero alma española es imposible hallarla ni aun escudriñando lo que de semejante o parejo haya en las almas regionales». El espíritu común de muchas regiones sería -para el autor de «Tigre Juan»- un «baldío comunal». Pérez de Ayala se atreve, en cambio, a hablar de un alma asturiana, que encuentra, sobre todo, en el paisaje moldeado por nuestros campesinos y en los animales domésticos como vacas, perros y caballos: «No creo pecar de hiperbólico, lector, si te afirmo que hay caballos asturianos, de alma asturiana, inconfundibles con sus semejantes: son los caballos de los curas de aldea, de los médicos de pueblo, animales llenos de paciencia, peludos, encanecidos, desengañados, que parecen sonreír amargamente con su belfo inferior caído bajo los dientes de color ocre».

Pero, aun mejor que las bellísimas palabras de Pérez de Ayala, explican los lógicos la compleja relación que hay entre ser español y ser asturiano. Preguntar a un asturiano si se siente español es -en la mayoría de los casos- casi ofenderlo. Hasta es posible que conteste con la famosa frase de que Asturias es España y lo demás tierra conquistada a los moros. Si nos fijamos, este mismo tópico introduce una pequeña diferencia entre dos clases de españoles. Pero hay más: los Centros Asturianos de América, en general, se han resistido casi siempre a ser absorbidos por los Centros Españoles. Incluso, en no pocos casos, han procurado tener cementerios aparte o, al menos, enterramientos agrupados con los naturales de Asturias o de cada concejo. El presidente de un Centro Asturiano explicó a un diplomático español: «No olvide, señor embajador, que, además de españoles, nosotros somos asturianos y nunca vamos a renunciar a serlo».

Los lógicos explican muy bien esta peculiar relación que se da entre un todo -España- y una parte -Asturias-, que no es, en modo alguno, como una repetición del todo en miniatura, sino que es una división del todo que se basa más en las diferencias que en las semejanzas y que explica cómo lo que es posible para una parte, para Asturias -consensuar la letra de un himno-, resulta muy difícil, por no decir imposible, para ese todo que los lógicos llaman atributivo porque se constituye por acumulación de partes diferentes, heterogéneas.

Y, aunque los asturianos no seamos mayor número de ciudadanos que la barriada de una gran ciudad, tenemos una bandera aceptada por todos y un himno con una letra que, aunque a veces desafinemos un poco, cantamos siempre con el mayor entusiasmo.