PRISMA
Los burgueses detentaban el poder económico porque poseían la capacidad de transformar los factores productivos en bienes y servicios. Muchos de ellos son recordados como hacedores del progreso económico. Unos como explo-tadores, otros como benefactores, porque dedicaron parte de sus extraordinarios beneficios a la cultura o a la asistencia social. Joan i Eusebi Güell, Manuel Girona, Josep Xifré serían algunos ejem-plos de nuestro siglo burgués por exce-lencia, el XIX.
Si circula desde Niza al barrio de Monte-carlo por la cornisa media o baja le podrían señalar como hitos de distinción y magnificencia la casa -dígasele mansión- de Elton John o de Bono. Estos y otros astros y estrellas del ocio de masas constituyen la referencia.Los hoteles ya no señalan su pedigrí porque un buen día acogieron al Rochild reinante, sino a una artista, Tina Turner por ejemplo.
Esto es así porque existe una nueva burguesía estrechamente ligada al poder mediático, que no produce bienes y servicios, sino notoriedad, el gran negocio de nuestro tiempo. Son determinados deportistas profesionales, Beckham es el icono perfecto, como lo es también su mujer, que pertenece al grado superior de esta neoburguesía: la que se define por su perfecta inutilidad social. Artistas de cine, cantantes, casi siempre de alguna variedad «pop», algunas modelos y, claro está, redundancias televisivas. Entre todos ellos, la TV y la prensa amarilla, y la que lo es disimulando, hay una estrecha simbiosis económica. Ahora ya no se trata de producir acero o construir ferrocarriles, sino de vender «estilos de vida». Su poder no se mide sólo en dinero sino en su, digamos, «maestrazgo» mediático. Por ejemplo en nuestro país el más destacado e inmarcesible cantante -por decir algo- sin voz, Miguel Bosé, puede impartir lecciones sobre política, ética, filosofía, lo que quiera, con una proyección de la que carecen la mayoría de pensadores extraordinarios, como Taylor o Habermas, a pesar de que estos nos ayudan en algo tan decisivo como es comprender nuestro tiempo, y por consiguiente, a nosotros mismos. Los medios de comunicación, sobre todo la TV, podrían divulgar a los realmente poseedores de sabiduría, encontrarían más «chicha» en ellos, sería más interesante, incluso emocionante y divertido, pero les exigiría un esfuerzo intelectual que la mayoría del periodismo coetáneo, espolón de la decadencia, no está en disposición de hacer. O como mínimo podrían mostrar la realidad con claridad y destreza, como hace Roberto Saviano, y su libro Gomorra, pero tampoco. La neoburguesía y el periodismo de la trivialidad se necesitan porque forman parte del mismo sistema de explotación.Son constructores de las grandes alienaciones, palabra olvidada a pesar de su capacidad para describir lo que está sucediendo.
Los famosos no necesitan una particular habilidad, basta con que cumplan la condición de serlo. O si la tienen, consiguen recompensas indecentes. De miles de millones de las antiguas pesetas al año.
Marx escribió en Les Luttes de Classe en France (1848-1850) «en el afán de saciar las codicias más insanas y más desordenadas el goce pasa a ser crapuloso. Donde se mezcla el oro, el barro y la sangre, allí es donde buscan su satisfacción». Hoy la descripción todavía sirve a pesar del olvido de los marxistas de antaño, en su mayoría y en España, políticamente aliados del complejo industrial-mediático que combina la plusvalía con la farándula.
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