Trichet ha aplazado una subida de tipos de interés en la zona euro con el argumento de que necesita recabar más información sobre la crisis. Millones de familias deberían haber respirado por esta decisión, pero el Euribor a un año sigue en la zona de los máximos de los últimos seis años mostrando la “sequedad” del interbancario.
La noticia ha permitido que un ufano Sarkozy se jacte de su capacidad de presión sobre la entidad, cuando su compatriota lo único que ha hecho es dejar para mañana lo que no ha debido hacer hoy. “Ojalá suba pronto el precio del dinero el BCE si eso significa que hemos superado la crisis”, decía ayer un consultor de divisas.
La autoridad monetaria se ha mostrado, dicen algunos operadores, incluso “sincero”, algo que es difícil en el máximo responsable del banco central. Tanto que se ha podido observar algo de claridad en la confusión reinante. No sabemos cómo afecta realmente la crisis a la banca, ha venido a decir.
La explicación de Josef Ackerman, el CEO del Deutsche Bank, ha resultado mucho más meridiana y en Financial Times hacía ayer un llamamiento a que los bancos de inversión revelaran cuáles eran sus pérdidas reales debido a las turbulencias de los mercados.
Restaurar la confianza de los inversores pasaría por un argumento de transparencia nacional, que muestre los cadáveres que flotan ya en el río de los mercados crediticios. En dos semanas empezamos a conocer resultados en Estados Unidos. Ahora hace falta que, tal y como planteaba Warren Buffet hace unos días, los damnificados muestren la realidad de sus balances y no escondan muertos en el trastero para que caigan cuando algún despistado abra las puertas en unos meses.
El hecho palmario de que la crisis persiste está en los datos. Récord de hipotecas ejecutadas en Estados Unidos. 286.000 de 44 millones, por ahora. Revisiones a la baja de las previsiones económicas, incrementos de despidos en el sector financiero e inyecciones constantes de liquidez en los mercados interbancarios.
Los rumores de entidades penalizadas crecen, emitir papel comercial es cada vez más caro y las empresas tratan de reestructurar sus endeudamientos a marchas forzadas, con los dientes apretados para que pronto se pase el chaparrón. El sector inmobiliario en Estados Unidos se desmorona poco a poco y los efectos sobre el atomizado sector bancario americano resultan un cuentagotas típico de martirio chino para los mercados.
Es complicado cerrar una hemorragia que empieza a tener síntomas de ébola bancario, con chorros de pérdidas que se tapan por un brazo del sistema y resurgen con más fuerza por las fosas nasales. Y todo muy lentamente. También Bernanke está por la labor de recabar información. Los bancos centrales están llevando a cabo actuaciones concertadas tratando de que no se note en los mercados, pero su presencia y vigilancia empieza a ser una especie de Gran Hermano que todo lo quiere saber. Los niveles de supervisión se han multiplicado, las alarmas han saltado y hay muchas grandes operaciones bancarias y empresariales, con base de desarrollo en enormes apalancamientos, que están semiparalizadas.
Los ciudadanos hipotecados en Europa viven una extraña ficción por que el precio del dinero a corto no soporta la presión del interbancario y el euribor habla claramente de tensiones, de intereses mucho más altos.
Unos y otros, consumidores y banqueros centrales, viven entre la ficción del alivio hipotecario y la ansiedad creciente de recabar información sobre la salud de los bancos.

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