TRIBUNA LIBRE
Posiblemente este verano sea recordado por quienes se preocupan por los temas económicos como el verano de las hipotecas de alto riesgo, traslación de las llamadas subprimes, término con que hemos sido bombardeados intensamente en los últimos meses. El fenómeno es bien conocido. Las hipotecas de alto riesgo son créditos hipotecarios sobre viviendas concedidos, a muy largo plazo y a tipos variables, a personas con bajas probabilidades de pagar las cuotas mensuales correspondientes. Además, esos créditos se han concedido por cuantías que representan porcentajes elevados del valor de la vivienda hipotecada y, en algunas ocasiones, con tipos de interés simbólicos o cuotas de amortización nulas durante los primeros años del préstamo. Muchos de esos créditos no serán pagados por el deudor, pero en un mercado con precios en alza la venta de la vivienda podría garantizar la rápida recuperación del préstamo.
Los bancos que han concedido esos créditos frecuentemente los han «titulizado», es decir, los han acumulado en bloques homogéneos emitiendo títulos representativos de pequeñas porciones de esos bloques y, previa generosas calificaciones de las agencias de rating, los han vendido al descuento a fondos e inversores de toda índole, atraídos por la elevada rentabilidad resultante y por la aparente solidez de sus garantías. De esa forma, los riesgos de muchos de tales créditos inciden ahora sobre la gran multitud de adquirientes de los títulos que los representan. Con unos mercados tan fuertemente globalizados como los actuales, esos riesgos se han difundido rápidamente por todo el sistema financiero mundial.
Los problemas han surgido al elevarse los tipos de interés en Estados Unidos y otros países y aumentar el impago de tales créditos, unido al descenso en los precios de las viviendas, lo que impide la rápida recuperación de los préstamos mediante la venta de los inmuebles hipotecados. El miedo ha atenazado, además, a los inversores en esos títulos o en los fondos que los poseían, conduciéndolos a una crisis de liquidez que ha generado importantes caídas en las cotizaciones de otros muchos valores. Al estar muy diseminada por todo el mundo la tenencia de esos títulos, no se conoce todavía con precisión ni la cuantía global de las pérdidas ni a todas las instituciones afectadas, lo que ha hecho que los bancos no se atrevan a prestar en el interbancario ante el temor de que los prestatarios pudieran estar gravemente incididos por activos tan dudosos. Se ha generado así una crisis en los mercados interbancarios que ha tratado de contenerse con la inyección de ingentes cantidades de dinero y por la reducción de los tipos cobrados a los bancos por los bancos centrales.
Dos cuestiones, relacionadas e importantes, se plantean ahora. La primera se refiere a si los tipos de interés deberán reducirse o mantenerse en sus niveles actuales, pues si se mantienen persistirán o aumentarán los impagos de las hipotecas de alto riesgo y si se reducen se estará de nuevo inflando la burbuja especulativa que ha dado origen a esta crisis. La segunda estriba en si la inyección masiva de liquidez de estos días será suficiente para aislar la crisis financiera y evitar su contagio a los sectores productivos. Respecto a la primera cuestión, muchos opinan que los tipos de interés deberían seguir alguna regla objetiva que tenga en cuenta las tensiones inflacionistas y el potencial de crecimiento de cada economía, evitando la formación de burbujas especulativas. Sobre la segunda, algunos opinan que las pérdidas por las hipotecas de alto riesgo pueden estar tan repartidas que no se produzcan quiebras de importancia. Además, los beneficios de las empresas son elevados y las grandes compañías siguen acumulando una cuantiosa liquidez frente a mercados de valores en baja. Es posible por tanto que, después de superada la crisis de liquidez, se produzcan compras masivas en esos mercados y, consecuentemente, se registre un limitado saldo de daños para la economía mundial.
Sin embargo, otros consideran que, al estar tan difundidos los riesgos y ser tan numerosos los afectados, el miedo y la desconfianza pueden estar también muy extendidos, profundizando y alimentando la crisis. Además, la alegre expansión del crédito posiblemente no vuelva en bastante tiempo tras esta negativa experiencia. La construcción de viviendas no retornará en años a su antiguo esplendor ni a su papel de primer impulsor del crecimiento en algunos países. Pero el mayor peligro reside, en primer término, en la evaluación a la baja de algunos de sus activos que quizás tengan que efectuar muchas entidades financieras, lo que puede afectar duramente a sus cuentas de resultados y a sus capacidades inmediatas para conceder crédito, prolongando la crisis. En segundo lugar, en que los consumidores, afectados negativamente por el más reducido valor de sus viviendas y de sus acciones y con menores facilidades crediticias, contengan fuertemente el consumo familiar aumentando sus ahorros ante el temor de tiempos más difíciles. Eso profundizaría también la crisis al afectar muy directamente a los sectores reales. De ahí que The Economist haya titulado su más reciente informe Heading for the rocks, lo que en términos náuticos podría traducirse por Arrumbando hacia los arrecifes.
En el caso de España los arrecifes están a la vista y la dirección de nuestra economía continúa apuntando hacia ellos. Esa es, al menos, la opinión de algunos importantes organismos internacionales y de no pocos analistas. Las hipotecas sobre viviendas han sido un motor muy importante del crecimiento del crédito y, aunque no se ha llegado aquí a las alegrías norteamericanas, debido sobre todo a las continuadas admoniciones de nuestras autoridades monetarias en un pasado reciente, el plazo medio de los créditos hipotecarios se ha alargado apreciablemente, los porcentajes de concesión sobre el valor del inmueble se han elevado directa o indirectamente e incluso algunas entidades más osadas han recurrido a los intereses y a las amortizaciones rebajadas para los primeros periodos de vida del crédito.
Las rápidas subidas del Euribor en el último año están poniendo en aprietos a muchos prestatarios y eso terminará produciendo una desaceleración del consumo, con efectos negativos sobre la economía real. Por otra parte, el aumento del precio de las viviendas también se está desacelerando e, incluso, comenzando a caer en algunos segmentos del mercado, lo que puede inducir más efectos riqueza negativos en los consumidores y una apreciable reducción en el ritmo de iniciación de nuevas viviendas, haciendo que la construcción pierda el papel de primer motor del crecimiento que venía ostentando en los últimos tiempos.
La crisis de los mercados financieros internacionales puede afectar también negativamente a la economía española si se prolonga y profundiza. España necesita obtener una importante financiación exterior que casi supone un 8% de su PIB. Es evidente que unos mercados internacionales endurecidos en sus condiciones y recelosos frente a algunos demandantes de recursos no serían la mejor referencia para la economía de nuestro país, que ha utilizado masivamente a las entidades financieras privadas para obtener, a través de ellas, los cuantiosos fondos exteriores que necesita.
Pero, como ocurre en el resto del mundo, el mayor peligro se encuentra en la posibilidad de una fuerte caída en los precios de la vivienda, que obligaría a una valoración a la baja de algunos activos bancarios, especialmente de aquellos ligados a promociones inmobiliarias en marcha pero no vendidas. El fenómeno no es nuevo y ya afectó gravemente a nuestros sistema financiero no hace tanto. Sin embargo, dos hechos positivos alejan este riesgo por ahora. El primero, el alto nivel de solvencia que mantienen nuestras entidades financieras, muy capitalizadas y con tasas de morosidad en mínimos históricos. El segundo, el rápido crecimiento de la población española como consecuencia de la inmigración, lo que hace prever una demanda de viviendas relativamente sostenida en los próximos años, pues en algún sitio tendrá que vivir esa población en aumento y con rentas crecientes.
Las probabilidades de que en el ámbito internacional la crisis se profundice y extienda no parecen hoy muy elevadas, sobre todo si los responsables de la política monetaria actúan con la rapidez y decisión de estos días y siguen reglas objetivas respecto a los tipos de interés, evitando nuevos procesos especulativos. En el caso español los analistas llevan tiempo anunciando el final del actual periodo expansivo. Quizás ahora sus predicciones, lamentablemente, terminen cumpliéndose en breve plazo.
Manuel Lagares es Catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
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