BULEVAR

Este verano en que ha sido un gusto permanecer en una Barcelona casi vacía y lluviosa (a pesar del bochornoso apagón y del desquicio de los trenes) mi lectura favorita fue El Gozo Intelectual de Jorge Wagensberg, editado por Tusquets. El libro es casi una redundancia, el gozo intelectual de analizar el gozo intelectual.Pero nadie se asuste: el gozo es placer y por tanto la aproximación al tema es lúdica, sensual, nada abstracta. Hace mucho tiempo que yo, que soy de letras, encuentro mucho gozo en las ciencias, como ocurría en el Renacimiento. Sólo una diabólica y nefasta compartimentación ha dividido las disciplinas como si fueran estancos separados.

A mí me gusta la ciencia y a Wagensberg le gusta el arte, por eso las pocas veces que nos hemos encontrado (vive en Barcelona) he sentido complicidad y alegría. Una vez un matemático argentino que se tomaba un café en El Paraigües me saludó diciéndome: en las matemáticas no hay angustia. La afirmación me sorprendió y me provocó un poco de envidia: ¿de modo que era posible evitar la angustia? Sí, a través del gozo intelectual, que es algo tan sencillo como la alegría que tienen los niños al descubrir por primera vez que el fuego quema, que las olas están frías, que no hay dos verdes iguales en la naturaleza y que las hormigas desplazan un bulto más pesado que su propio cuerpo. Wagensberg nos revela algo que solemos olvidar: para seguir gozando hay que enfrentarse a la realidad con los ojos y el interés de un niño. El libro está dividido en dos partes, una teórica, de pocas páginas, y una práctica, más larga. La primera versa sobre la adquisición del conocimiento y el placer de hacerlo, en tres etapas: estímulo, conversación y comprensión. Estas tres etapas son imprescindibles, en todas ellas hay gozo y hasta un gozo compartido.

Quiere decir sencillamente que cuando somos capaces de comprender algo, sentimos una corriente de placer fruto del hecho de que nos elimina la angustia y el miedo que provoca lo ininteligible.La segunda parte reúne episodios concretos y es quizás la más entretenida, original y divertida. Son historias y reflexiones del quehacer diario de un científico durante los últimos diez años. Yo me lo pasé muy bien leyendo en un par de páginas la vida sexual de los renacuajos: la hembra descarga los huevos en la piscina nupcial y desaparece, dejando al macho a cargo de la fecundación del tesoro. A las dos semanas eclosionan los huevos pero los pequeños no tienen nada para comer. El progenitor, en lugar de buscar el sustento, se dedica a cantar para seducir a otra hembra. Al poco rato llega una segunda hembra que también lanza sus huevos al agua y desaparece. El macho queda desolado.Pero todo encaja: los huevos sin fecundar de la segunda hembra servirán de cena al padre y a las pequeñas crías. Este es el gozo intelectual: el placer que yo he sentido al conocer esta historia, al contarla, y ustedes al leerla y entenderla. El estímulo ha sido la curiosidad, la conversación fue el libro de Wagensberg y este artículo y, la comprensión queda a cargo de ustedes, querid@s lectores y lectoras.

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