EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 10
Escribir, aquí, de Umbral: que, como Lope, en mi vida me he visto en tal aprieto. Recurro a Lenin: ¿Qué hacer? Medito todas las hipótesis, salvo dos: unirme al abrumador aguacero que fecunda, como un viscoso diluvio de almíbar, las páginas de los periódicos o convertirme en imitador de Paco, inimitable hasta en sus plagios, e imitar a quienes reviven en las TV a las 'Rocío Jurado' de turno a través de exactas recreaciones que confunden Arte con las xerocopias y el bricolaje.
¿Utilizaré su tránsito para esmaltar de manera acaso inelegante esta columna con mi propia peripecia personal, de treinta y tantos años de relación con él? ¿O pensaré en una conjetura espiritista cuando, el pasado junio, premonitoriamente, diseñé la portada de la revista que dirijo (Leer) con un exquisito retrato de Umbral, rodeado de gatos para explicitar Madrid en sus literaturas? ¿Quizás el mismo impulso enigmático que me llevó a incluir el Mortal y rosa entre mis relecturas de verano?
¿Qué hacer? ¿Mis conversaciones con él, con España, nuestra última cena? (Pregunta de Paco al día siguiente, sobre una joven comensal: «¿te la tiraste?»). ¿Acaso el recurso al ex combatientismo, aquel magnífico «Sindicato del crimen» que denunció el crimen de Estado y la cal viva, plasmados en la celebérrima foto de Agatha Ruíz de la Prada, con Paco, Martín Prieto, Pablo Sebastián, y Del Pozo, disfrazados de presidiarios? ¿Hablar acaso de quienes han escrito aquí, Ramírez, Pozo, Anson, Gistau, Rigalt (sincera, expeditiva), etc.? ¿Y Arcadi Espada? Me gustó. Más que su extraño partido, Ciutadans, invento que le hizo perder al PP del Rajoy que Umbral enaltecía votos y escaños en Cataluña. Y Caballé, biógrafa no autorizada, con sus hallazgos: se quitaba años y era inclusero. No utilizaré un exabrupto al umbraliano modo. Sólo decir que ahí reaparece la España envidiosa y reaccionaria, la famosa derechona con el estigma galdosiano de la inclusa que, para más inri, en este caso es falso (España, su viuda, dixit).
¿Los que le fustigan? Irrelevantes. Un crítico, viejo falangista de ida y vuelta, dice que fue «sobrevalorado». Juan Cruz, en cambio, muy correcto, en contraste con sus inoportunos inciensos a la Regàs.
¿Lo que me gustaba? ¿Se tiene idea de la gran basílica que es su obra? ¿Se han molestado en analizar el lírico, tumultuoso torrente creativo que brota de su Mortal y rosa? Si discrepé de la sobreabundancia de citas, usaré una del proustiano mundo de Combray: «Sólo la metáfora puede dar un suerte de inmortalidad al estilo». Precisaría, así, para explicar a Umbral, varias columnas más.
¿He de decir lo que no me gustaba de él? (Y olvidaré viejas controversias). Su valleinclanesco atuendo: se «vestía de escritor». Tan pueril, tan escénico, bufanda y demás. Como los jóvenes de Managua que recibían a los sandinistas, que llegaban de la sierra cubiertos de sangre, harapos y cananas, con impecables, almidonados uniformes rojo y negro. Como ese muchacho que se falta al respeto a sí mismo, Jorge Lorenzo, el mejor del mundo (real) en algo (250 cc), que lo celebra ¡disfrazado de romano!, de Russell Crowe, un simple y ficticio comediante en el que todo es simulación y guardarropía.
Y otro crítico que dijo que el suyo era un «subgénero». En cambio, el del crítico sí es un género en toda regla: el género tonto. Umbral, genio, figura.
© Mundinteractivos, S.A.

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