Amartya Sen (India, 1933), Premio Nobel de Economía en 1998, ha estudiado de forma brillante la relación entre desarrollo económico y libertad, entre nuestra riqueza y nuestra capacidad de vivir según nuestros deseos. Sen señala que la calidad de nuestras vidas no debe medirse por el PIB, la acumulación de capital físico o el cambio tecnológico, sino por nuestra libertad, entendiendo por tal un conjunto amplio de libertades políticas, económicas y sociales.

Para Sen, la expansión de la libertad es tanto el fin primordial del desarrollo como su medio principal: «el desarrollo puede concebirse como un proceso de expansión de las libertades reales de que disfrutan los individuos». En consecuencia, para conseguir el desarrollo es preciso acabar con algunos tipos de falta de libertad que dejan a los individuos pocas opciones para actuar como quieren. Además, el desarrollo para Sen es, o debe ser, esencialmente un camino agradable, no un proceso feroz de «sangre, sudor y lágrimas».

Las libertades que Sen considera fundamentales son cinco: las oportunidades económicas (libertad de transacción y de empleo), las libertades políticas, los servicios sociales, las garantías de transparencia y la seguridad protectora.

Sen se cuestiona también la relación entre opulencia y logros. La riqueza no siempre ayuda a conseguir lo que se quiere. Sen dice que la utilidad de la riqueza reside en las cosas que nos permite hacer, es decir, en las libertades que nos ayuda a conseguir. La expansión de las libertades que tenemos razones para valorar no sólo enriquece nuestra vida y la libera de restricciones, sino que también nos permite ser personas sociales más plenas, que ejercen su propia voluntad e interactúan con el mundo en el que viven.

Todas estas ideas son de gran interés y aplicación en Asturias hoy en día. Entre otras muchas cosas, en relación al desarrollo rural, de actualidad por la crisis de las políticas de rentas europeas y nacionales aplicadas hasta la fecha y por la intención de la UE y del Gobierno de Asturias de diseñar nuevas políticas. El pensamiento de Sen nos ayuda a reflexionar sobre esas políticas y descubrir qué limitaciones pueden haber tenido y cómo mejorarlas.

Así, podemos ver que la mayoría de las políticas aplicadas han ido dirigidas a mejorar la competitividad de las explotaciones, jubilar a los mayores o menos competitivos y apoyar la realización de inversiones e infraestructuras. Los resultados han sido la concentración de la producción y las rentas en un número menor de explotaciones agrarias más grandes y rentables, la fuerte caída de la población ocupada, la pérdida de biodiversidad y el envejecimiento y despoblamiento del medio rural.

Por otra parte, una de las razones que hay detrás de la disminución del atractivo de la vida en el medio rural para sus habitantes originarios es la dificultad de utilizar la renta que pueden obtener, más o menos importante, para mejorar su calidad de vida. La dimensión de las poblaciones rurales no permite la existencia de servicios de ocio, culturales y comerciales que hoy en día son requeridos por los ciudadanos.

Los trabajadores del medio rural asturiano son empresarios autónomos. Trabajan para sí mismos, siempre en su propia explotación. No tienen libertad para desarrollar otro trabajo en su pueblo o para realizar su mismo trabajo en otro sitio. Tienen limitada la libertad de empleo: son siervos de sí mismos y de su explotación. Esto genera una tendencia en algunos de ellos a cambiar de forma de vida buscando más libertad.

En el medio rural, los servicios públicos educativos y sanitarios tienen menos calidad y diversidad y un acceso más difícil. Por ello, muchos agricultores y ganaderos ya viven con sus familias en las villas o ciudades y se desplazan a trabajar a sus explotaciones en el campo. A veces, para disfrutar de estos servicios, la gente tiene que abandonar necesariamente sus pueblos (estudios universitarios o de formación profesional, tratamientos médicos especializados, etcétera). En el caso de la educación, una vez formados, ya no es fácil que puedan volver a trabajar en sus pueblos en esas profesiones, por lo que la formación genera despoblamiento del medio rural.

El medio rural es un entorno más machista que el urbano. Las actividades agrarias y ganaderas refuerzan ese machismo y el acceso efectivo de las mujeres a esos trabajos es limitado. Escasean las profesiones como, por ejemplo, las relacionadas con la función pública, en las que la mujer no se siente discriminada. Hay, por tanto, un incentivo para que las mujeres jóvenes abandonen las zonas agrarias en busca de mejores oportunidades en las ciudades. Y la falta de mujeres jóvenes también reduce el atractivo de esos entornos para los varones. Por último, la falta de estas mujeres provoca que haya menos niños y todo ello contribuye a la disminución de los servicios educativos, sanitarios, de transporte público, sociales...

Visto todo lo anterior, se puede concluir que las políticas actualmente aplicadas en el medio rural han generado un incremento de rentas y producción significativo, pero no han servido para aumentar las libertades que, en palabras de Sen, la gente tiene razones para valorar. Debido a ello, muchos habitantes del medio rural, sobre todo jóvenes y mujeres, han mostrado su insatisfacción con el modelo de desarrollo o su interés por otra forma de vida, «votando con los pies», es decir, emigrando a las zonas en las que han visto mejores posibilidades de desarrollo personal. Y la falta de esas libertades, junto con el minifundismo y la rigidez de los mercados laboral y de tierras, han hecho que no hayan llegado suficientes personas de fuera de ese medio rural que sustituyan a los que se van.

Por todo ello, si se quisiera corregir ese despoblamiento, aplicando las teorías de Sen, habría que reorientar las políticas de desarrollo rural de Asturias en el futuro. Sobre todo buscando mejorar la calidad de vida y la libertad de la gente. En concreto, fomentando la libertad de empleo. La movilidad de la población en estos tiempos es algo evidente y positivo. La propia educación, un bien en sí mismo, es un elemento que contribuye en gran medida a esa movilidad territorial y sectorial. Si se desea que los pueblos estén suficientemente poblados no se debe aspirar a retener (limitando su libertad) a los pocos habitantes que en ellos quedan. Es preciso facilitar oportunidades de trabajo sostenibles en esas zonas a personas que puedan venir de otros lugares (incluso del extranjero). Para ello es necesario desarrollar la libertad de establecimiento en sectores no agrarios y las oportunidades de creación de nuevas explotaciones agrarias, agilizando el mercado de la tierra y la vivienda. El futuro del medio rural puede estar en las ciudades, que pueden aportar personas que, por las razones que sean, eligen ir a vivir temporal o definitivamente a esos territorios.

Hay que hacer más atractiva la situación de las mujeres en el medio rural. Para ello hay que cambiar la mentalidad machista de muchos habitantes del medio rural -con campañas educativas y de mentalización-, fomentar las actividades laborales atractivas para las mujeres -servicios, artesanía, turismo, etcétera- y reforzar el apoyo a la familia en esas zonas.

Se deben mejorar los servicios públicos fundamentales de calidad de vida (educativos, sanitarios, de transporte público, sociales, de telecomunicaciones) y conservar o recuperar los valores naturales y la calidad medioambiental.

Hay que mejorar la accesibilidad a los servicios de ocio y comerciales desde el medio rural. La disponibilidad de rentas no es suficiente si los ciudadanos no tienen posibilidades de disfrutarlas de la forma y con la frecuencia que consideran necesario. Por eso hay que profundizar en las medidas que aumentan el tiempo libre y la libertad real de los trabajadores del medio rural, especialmente de los del sector agrario, como el agrupamiento en cooperativas, las sustituciones en vacaciones y días de descanso, etcétera.