Para celebrar la independencia americana, de Julio Ortega en El País
¿Cómo celebrar el bicentenario de la independencia americana? Esta pregunta resonó en dos coloquios sobre el tema que tuvieron lugar recientemente en Madrid. Uno, convocado por la Cátedra Cortázar de la Universidad de Guadalajara, fue un contrapunto entre historiadores y escritores de España y América Latina; el otro, a cargo de la Secretaría General Iberoamericana, repasó los modelos de interpretación que dan forma a este debate. Nuevas preguntas reclaman definir qué es lo que queremos celebrar más allá de la efemérides y los fastos de oficio. En definitiva, cómo reafirmar la creatividad cultural y política de un proyecto que no se resigna al pasado y sigue disputando su realización.
Carlos Fuentes propuso que la celebración sea un diálogo entre América Latina y España para, más allá de los desastres de la guerra, recuperar la cultura mutua, y Juan Luis Cebrián, que tomemos lección de la demorada emancipación de la propia España, larga víctima del absolutismo y de la represión del liberalismo. En efecto, si España padeció de largo oscurantismo absolutista antes de su modernidad democrática, los paralelos con América Latina son un diálogo instructivo. El drama común empieza siendo la representación política; y en ese ejercicio, como explica el historiador colombiano Eduardo Posada-Carbó, las primeras experiencias electorales, tanto en España como en América, coinciden en su voluntad y ejercicio liberal. F.-X. Guerra observa que el término "liberal" nace en España durante la "revolución española", y se difunde en Europa y América para designar a quien se opone al absolutismo en nombre de un régimen constitucional. Las Cortes de Cádiz (1810) son la escena del diálogo original entre ambas orillas del español moderno.
Legitimidad, soberanía, nación, son fuentes propicias del Estado liberal, nos recuerda el historiador Manuel Chust; y suponen una misma causa para españoles e hispanoamericanos. En la Constitución, unos y otros son representados como una misma nación. Pero tras el retorno del absolutismo, en 1814, el concepto de nación se haría excluyente y autoritario. Hemos heredado esa polaridad a hierro: hoy mismo se postula una sola nación en el país más multinacional de la historia cultural de las naciones. Así, el diálogo es de espejos didácticos: en América, las naciones son plurales de hecho, aunque no aún de derecho. Por eso, el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, impecablemente presidida por Salmón Lerner, documentó la matanza de casi 70.000 peruanos, pero no fue asumido por el Estado. Solamente hay nación allí donde la violencia no es impune. Por lo demás, en la teoría de la nación se postula hoy que sólo los países que forjaron su modernidad fueron nacionalistas. Ese nacionalismo presupone lo moderno como trabajo propio. Por eso, Argentina y Chile conciben su historia emancipatoria como exitosa. Y no en vano, en ambos, las universidades recibieron a las mujeres antes que en EE UU. Para celebrar esta actualidad de nuestra historia, es fundamental no repetir los errores del V Centenario del Descubrimiento. Esas costosísimas fiestas nos aumentaron los victimarios y acrecentaron las víctimas. Es preciso evitar la conversión de la memoria histórica en pacificadas versiones estatales que siguen el liberalismo blando: creer que la verdad está al medio. O, peor aún, el neoliberalismo de verdad única, incólume y autoritario.
Más importante es cuestionar la versión autoderogativa de la independencia como fracaso. Esta interpretación, común a varios países latinoamericanos, proviene del paradigma de leer la historia política, la formación nacional y la construcción del Estado como procesos frustrados. No menos reduccionista ha sido la "teoría de la dependencia" al sentenciar el fracaso de unas sociedades descartadas como neocoloniales. Esta tesis restó valor a la empresa colectiva de una historia vista como incautada y provisoria. A ese vaciado de sentido siguieron versiones vulgares y sentimentales que descontaron la dignidad de otras respuestas y apuestas. También deriva de esa interpretación el menoscabo de leer los hechos del pasado desde los dramas del presente; esta falacia, conocida como "presentismo", impide recuperar la especificidad y el proyecto que animó a nuestra historia.
Sin embargo, la necesidad de conceptualizar la creatividad social, las estrategias populares de negociación y la imaginación cultural del porvenir, pone en entredicho las viejas versiones catastrofistas. La noción de que los trabajos de la emancipación son procesos del debate por el lugar de los sujetos en el despliegue de lo moderno, nos permite hoy reinscribirlos más productivamente. En verdad, Toynbee se equivocó cuando al conocer Perú sentenció que la conquista no había terminado. No había terminado la independencia.
Desde una perspectiva más crítica, podríamos acordar que la creatividad del trance emancipatorio, lo que Jorge Basadre llamó "la promesa de la vida republicana", se ilustra en los procesos que ese tránsito suscitó:
- La tradición constitucionalista de un liberalismo popular, base del principal aporte latinoamericano a la legalidad contemporánea: el Estado de derecho y los derechos humanos.
- La idea de la mezcla como articulación de lo moderno, que ya Cervantes y el Inca Garcilaso vieron en el Nuevo Mundo como una modernidad española adelantada.
- La nación hecha de naciones, incluyente y no exclusiva, ya no esencialista (raza, lengua, religión), sino operativa (comunidad migratoria, regionalidad mestiza, red de alianzas).
- La construcción del Estado desde el modelo de la escuela (los hombres de la emancipación fueron educadores).
- La utopía como territorio de la abundancia, donde la ciencia natural es modelo cultural de las sumas mayores.
- Las lenguas nacionales, que sumaron al español la riqueza de la diferencia.
- La representación democrática y su cultura electoral, plebiscitaria, que prodiga constituciones pero también los códigos jurídicos, y produce una creciente participación.
- La religiosidad como crítica de la pobreza, que se articula en la mayor contribución filosófica latinoamericana, la Teología de la Liberación.
- La gran literatura latinoamericana, inexplicable sin su proyecto emancipatorio, y que Rubén Darío propone como un modelo cultural pleno.
- Las prácticas culturales de la reapropiación, la transculturación, la hibridez como tramas del intercambio y el montaje, donde se configura un sujeto trasatlántico.
Esta biblioteca empieza con los grandes precursores de la emancipación; prosigue con sus actores; se refleja en los testimonios de los viajeros; es debatida en el espacio polémico del periodismo; se organiza en los tratados de legislación, educación y ciudadanía, y se reinscribe en su permanente interpretación. A ella se suman, desde distintas contextualizaciones, las nuevas lecturas de un foro con vocación de ágape.
Julio Ortega es catedrático de la Universidad de Brown, EE UU.
