EL CAMBIO DE ESTILO EN DOWNING STREET
Que Gordon Brown no iba a ser ni parecer un nuevo Blair era obvio. Que no podría desmarcarse demasiado de las políticas de su antecesor también era de cajón. Ambos habían apadrinado el Nuevo Laborismo y la Tercera Vía y durante 10 años el nuevo primer ministro fue titular en el Gabinete de Blair de una cartera de primera como la del Tesoro. Sin embargo, a 10 semanas de su llegada a Downing Street, las diferencias en detrimento del continuismo ya son visibles. Si la guerra de Irak marcó de forma indeleble a Blair, al sucesor le permite marcar distancias.
Difícilmente Brown podría emular a un rey de la imagen como su antecesor, telegénico, omnipresente, mediático y con grandes poderes de seducción y convicción. El nuevo primer ministro es exactamente lo contrario. En su primera comparecencia ante los medios, el 27 de junio frente al 10 de Downing Street, hasta la meteorología parecía rendirse a la evidencia del cambio con un cielo gris que amenazaba lluvia.
No habían transcurrido ni 48 horas de su estreno cuando el recién llegado tuvo que enfrentarse a la amenaza terrorista con el hallazgo en el centro de Londres de dos coches cargados de explosivos que no llegaron a estallar y, horas después, con un atentado fallido en el aeropuerto de Glasgow. El jefe del Ejecutivo dejó que fuera la recién nombrada ministra de Interior, Jacqui Smith, quien asumiera la relación con los medios, mientras que él se puso ante las cámaras solo lo justo, para pedir calma y hacerlo con un estilo sobrio, sereno y con aires de estadista a la vieja usanza. Las graves inundaciones que azotaron parte del país este verano y el posterior brote de fiebre aftosa fueron otros escenarios en los que el político laborista pudo hacer gala de su estilo propio, más austero y menos mediático.
Pero los cambios no son solo de superficie. Son también de sustancia. Blair había relegado al Parlamento a un papel cada vez más irrelevante. Su sucesor, por el contrario, le quiere devolver más protagonismo en la vida política para que no sea una simple comparsa de una mayoría laborista. Así, apenas una semana después de su nombramiento, Brown anunciaba en Westminster una serie de cambios constitucionales para dar mayores prerrogativas a sus señorías, entre los que destacaban la potestad del Parlamento para ratificar tratados internacionales, el poder de los diputados de declarar la guerra y la creación de un sistema de audiencias parlamentarias para el nombramiento de importantes cargos públicos.
EL NUEVO PRIMER ministro también parece estar dipuesto a poner fin al Gobierno de sofá que caracterizó el estilo implantado por Blair para la toma de decisiones, a crear un código de conducta para el Gabinete y a conseguir una mayor transparencia y coordinación con la creación de un consejo de seguridad nacional. Y además, Brown anunció también su intención de renunciar a un arcaísmo como es el de escoger a los obispos de la Iglesia anglicana.
Pese a que son cambios considerables, es en la política exterior y concretamente en la relación del Reino Unido con EEUU donde el nuevo primer ministro ha despertado mayores expectativas de cambio. Londres nunca dará la espalda a Washington, y Brown, hombre con grandes conexiones con políticos estadounidenses y veraneos exclusivos en Cape Cod, menos. Aun así, ya ha buscado mayor independencia respecto a la actual Administración de Bush.
Los dos primeros viajes del nuevo primer ministro al extranjero fueron, como debe ser en diplomacia, a los vecinos, Alemania y Francia. Y solo en el tercero, a finales de julio, viajó a EEUU. El lenguaje de los símbolos fue harto elocuente. Bush no le recibió en la intimidad de su rancho de Crawford, donde agasajaba a los sumisos Blair y Aznar. El encuentro fue en Camp David, residencia oficial de descanso del presidente.
Por su parte, el británico impuso traje y corbata para comparecer ante los medios. Nada de atuendos informales. Mientras Bush intentaba transmitir familiaridad y coleguismo con el escocés con referencias personales y llamándole por su nombre, este no se dejó engullir por tanta llaneza. Mantuvo el oficial "Mr. President" y no dudó en calificar las conversaciones de "francas", lo que en lenguaje diplomático es sinónimo de tensas.
BROWN NO entró en la dinámica religiosa y maniquea del bien y del mal, y dejó claro que la verdadera amenaza terrorista no está en Irak, sino en Afganistán. Este enfoque distinto no debía de ser una sorpresa para la Administración de Bush. Dos semanas antes, el líder laborista había despachado a Washington a Douglas Alexander, su secretario de Desarrollo Internacional, quien en un discurso defendió el multilateralismo, la ley internacional y el poder blando. Y ahora ya se adivina la retirada de las tropas británicas de Irak.
Las distancias que ha marcado el nuevo inquilino de Downing Street con su antecesor no son radicales, pero ya tuvieron un efecto rebote poniendo de nuevo al Partido Laborista por delante de los tories en los sondeos de opinión. Tras 10 años de carrusel mediático, los británicos agradecen la sobriedad y la sensatez. Pero eso no basta. Los conservadores han reaccionado y Brown puede tropezar con el tema europeo a final de mes en el Congreso anual del laborismo.
Rosa Massagué. Periodista.

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