Sexo en Madrid
Alejandra estaba feliz. Aunque intentaba ser lo más escéptica posible, tenía que reconocer que Susana le estaba obligando a ceder, a empezar a pensar que quizá por fin aquello iba a funcionar y que a lo mejor no era tan rara como ella pensaba. Con los años y la monogamia sucesiva había llegado a creer que iba a ser incapaz de estar a gusto con nadie y que el problema no era de los demás sino de ella misma. La novia que no le parecía demasiado aburrida, le resultaba excesivamente fiestera y la que tenía el mismo concepto de diversión que ella, a lo mejor lo que le pasaba era que no había aceptado su homosexualidad, o también podía darse el caso de que la hubiera aceptado demasiado, es decir, que fuera tan militante que cualquier acto, desde lavarse los dientes hasta comprar un bote de detergente hubiera que meditarlo largamente para ver si se ajustaba a su código ético de identidad de género. Susana parecía perfecta para ella, en lo esencial daba la impresión de que congeniaban en todo y Alejandra estaba contenta de que no hubiera habido nada que hubiese hecho saltar el resorte del distanciamiento.
Con ella todo era distinto y la felicidad no se reducía a que tenían una visión de la vida parecida, sino que, además, las relaciones sexuales eran como nunca antes habían sido. Un día venía con un disfraz de látex de militar de La Juguetería (Travesía de San Mateo, 16), al siguiente con un juego de esposas, fusta y antifaz de La Belle Isabelle (Corredera Alta de San Pablo, 3) o un estimulador de clítoris con forma de lengua de Los Placeres de Lola (Doctor Fourquet, 34). El día de su cumpleaños Susana le dijo que tenía una sorpresa muy especial. Después de preguntar y preguntar, Alejandra llegó a la conclusión de que debía de ser alguna edición extraña de algún libro. ¿Qué mejor regalo para una «escritora anónima», como ella se definía? Su pasión era escribir y parecía que Susana compartía sus gustos, jamás habían discutido sobre ningún libro. Cada vez que Alejandra comentaba que le encantaba tal autor o tal novela, Susana estaba de acuerdo.
Así que la noche que cumplía 33 años, Susana le entregó un paquetito. Se llamaba Poème Kit y contenía un tarro con chocolate muy espeso, un pincel para escribir y un antifaz. El juego consistía en escribir sobre el cuerpo del otro y después borrarlo todo con la lengua, claro. Susana le puso el antifaz, le dio un masaje y al rato Alejandra empezó a sentir cómo el pincel se iba deslizando desde su ingle a su tobillo. Susana le quitó el antifaz y Alejandra leyó lo que había escrito: Si cada vez k pienso en ti una strella se apagara no kedaria en el cielo ninguna strella k brillara. Alejandra la miró para ver si era una broma, pero no. Susana al ver su cara, le dijo: «¡oye, no te quedes así, que no es mío, no soy tan buena escribiendo». Cuando estaba a punto de empezar a borrar la frase a lametones, Alejandra le dijo que lo dejara. Los ripios sí que eran una causa justificada de ruptura.
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