Pa qué, pa cagal-la. Pues sí, como la del chiste, Carmen Chacón, la lozana cuota catalana del gobierno de ZP, se ha puesto el delantal de Bruja Lola y, siguiendo los pasos del jefe, se ha lanzado a la piscina con una declaración que va a poner en juego sus artes adivinatorias. “El Euribor ha tocado techo”, prórroga literaria del “España está a salvo de una crisis financiera” del amigo José Luis de la Moncloa de hace un par de semanas. Mal empieza. Parece que la cotización de bancos y constructoras no piensa lo mismo. Ni siquiera el propio Euribor. Habrá que poner un par de velas negras. Por intentarlo que no quede.
Ni un día de tregua le ha dejado el indicador, un indicador que se ha convertido en el compañero de sueños de una gran parte de los españoles que conviven con esa droga de difícil desintoxicación que es la hipoteca. Y claro, si al sufrido Juan Español le suben los costes de financiación, por algún lado tendrá que meter la tijera para recortar sus gastos. Cura forzada de “desconsumismación” apalancada, bonito neologismo. Y es entonces cuando surge la verdadera realidad del modelo económico que ha guiado a España en estos últimos años: un modelo basado en la creencia de que los desequilibrios estructurales se corrigen por sí solos. Let it be. Los socialistas han actuado como en las segundas nupcias: confiando en el triunfo de la esperanza sobre la experiencia acumulada de un montón de ciclos económicos en una pluralidad de países. Mejor mirar para otro lado. We are the champions, my friend. Hasta ahora que surgen las dudas. Qué pena. Lo importante era llegar a las elecciones. Mala suerte.
Porque era el momento de que la inversión y el sector exterior asomaran la patita, e impidieran al país comenzar a oír a lo lejos el susurro de la catarata a la que España se aproxima, en términos económicos, con escasa protección. Pero como la cigarra del cuento, los gobernantes del puño (secularmente abierto para su bolsillo) y la rosa (no hay rosa sin espinas, que cantara el poeta) han preferido, durante todo este tiempo, cantar las bondades de una inercia cuya génesis no les correspondía, antes que lanzarse a establecer medidas que permitieran capear el temporal y reequilibrar el modelo patrio. Y es una pena, porque la ocasión la pintaban calva. Visto el clientelismo que se ha instalado en la política industrial del país y un déficit exterior que, selección española de baloncesto aparte, es en lo único en lo que somos campeones del mundo, la única solución posible a corto plazo, y ya empieza a ser tarde, descansa en una expansión del gasto público que, Dios nos libre, la verdad, visto lo visto.
Y es que Zapatero Presidente empieza a darse cuenta de una realidad que a todos resulta obvia menos a él. No se puede gobernar desde el buenismo. Lo peor que te puede ocurrir como dirigente es lo de aquel cura que se cargó la feligresía de una de las parroquias señeras de Madrid y del que los propios fieles decían “de puro bueno que es, no puede ser más malo”. El buenismo en su doble acepción. Una, el “pues bueno, pues vale, pues me alegro”, esto es: la inacción. Solbes, ¿quo vadis? Quién te ha visto y quién te ve, ni sombra de lo que eras. Y dos, en el sentido de hacer cosas aparentemente buenas pero cuyo calado económico final es demoledor. El principal ejemplo lo tendríamos en la política de inmigración. Miren si no el saldo de transferencias de la balanza exterior o la “aportación” de los inmigrantes a las cifras de la Seguridad Social cuyas cotizaciones tanto han ayudado a maquillar estos últimos años.
España necesita a Rato, no como figura única, sino como cabeza visible de un modelo de hacer política económica, con muchas sombras pero, indudablemente, con un montón de luces, que colocó a España en la senda de la convergencia en un momento en el que nuestro país salía de una situación complicada. España no puede seguir gobernada por una pléyade de funcionarios de la política, cuya máxima aspiración, en muchos casos, es ver su nombre grabado a fuego en la cartera de un ministerio. Y mañana, Dios dirá. Al contrario, aunque suene a retrógrado, es momento de volver a los profesionales de verdad, los que, antes o después, se han enfrentado a la vida y saben qué es lo que se cuece ahí fuera. En eso, el PP lleva con creces la delantera. ¡La tecnocracia no ha muerto. Viva la tecnocracia!

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