EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 9
Tiene sus inconvenientes el heredar el nombre, el apellido y el oficio del padre y del abuelo, sin por ello heredar más que un ápice de su talento: en particular, que lluevan las comparaciones, y que inevitablemente abunden las odiosas. Pero también tiene sus ventajas, y grandes, si uno es periodista y lleva mi nombre. Una de las mayores: la de haber podido tratar desde la infancia a algunos de los más grandes talentos literarios españoles, cuya amistad siempre cultivaron mi padre y mi abuelo.
Los La Serna somos -vocacionalmente o porque no valemos para otra cosa- periodistas de los de bloc de notas, teléfono, Underwood vieja, recortes de teletipo y, hoy en día, teclado de ordenador bien aporreado. Pero siempre hemos frecuentado a los escritores y a los artistas, a los verdaderos creadores, por los que sentimos a menudo devoción.
Entre mis primeros recuerdos de nieto primogénito están las visitas con mi abuelo a su madre, Concha Espina. Más tarde, aquellas sobremesas interminables y divertidas con los amigos de mi padre que llegaban a visitarle desde una lejana España: no puedo olvidar la impresión enorme, en todos los sentidos, que a un chaval le causaba el discurso de un Camilo José Cela tronante, sentado en el sillón de cuero rojo de nuestro cuarto de estar neoyorquino. Unos años más tarde, en Madrid, con mis padres, Cela y un joven y educadísimo Paco Umbral, mi mujer y yo viviríamos otra inolvidable sesión de fuegos de artificio.
Por cierto: qué peliaguda fue la búsqueda por todo Manhattan de un barbero que pudiese atender a César González Ruano, que pasaba unos días dictando conferencias a las señoritas del Barnard College. Chapado a la antigua, ni sabía ni quería aprender a afeitarse solo. Fue hace 43 años, pero ya entonces la barbería era un oficio casi extinto en Nueva York...
Me explicaba entonces mi padre que César, del que había sido redactor jefe en El Alcázar, no era periodista, sino escritor de periódicos. Yo no comprendía bien la expresión, de la que no existe traducción al inglés ni al francés, y él me explicaba que era un género casi exclusivamente español, con esos antecedentes gloriosos de Larra o de Clarín. No era como aquellos escritores foráneos que alguna vez empleaban el vehículo de la prensa -Emile Zola, publicando su terrible J'accuse en portada de L'Aurore, es el ejemplo clásico-, sino de literatos cuya obra apareció en gran parte en las columnas estrechas de los periódicos decimonónicos. En un país en el que siempre se han publicado muchos libros pero se han vendido poquísimos, los periódicos fueron el salvavidas de escritores grandes y pequeños.
Los columnistas que yo había seguido en La Suisse o The New York Times comentaban la actualidad con pluma más o menos donosa. Pero en los periódicos españoles se publicaba poesía, ensayo, cuento corto, teatro incluso. Nuestros periódicos fueron durante más de un siglo sucedáneos del libro, y de esa tradición ha nacido una simbiosis entre literatura y prensa que fuera de nuestras fronteras entienden mal.
Hoy siguen siendo numerosos en España los columnistas de pluma brillante, pero escasean ya los escritores de periódicos, y más aun los que, siéndolo, son también capaces de reinterpretar la realidad que les rodea: escritores que dan lecciones de periodismo a los periodistas. El penúltimo fue González Ruano, y el último Umbral. Por todo eso, este La Serna se siente hoy, aquí, como un squatter invasor.
© Mundinteractivos, S.A.

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