La castración anda en bocas de parlantes, en oídos de oyentes, en manos de escribientes y en ojos de lectores de diarios, desde que Sarkozy habló de remediar los ataques sexuales de los violadores paralizándoles químicamente la libidine -más clásico y bonito que libido- mediante medicación dirigida a bloquear la actividad de sus testículos. Y ahora sale el mismo Papa poniendo de moda, como ejemplo de cristiano imitable, al castrado de Orígenes, un Padre de la Iglesia oriental, cuya biografía era pregunta obligada en todos mis exámenes de Historia de la Iglesia y que me reportó una buena cosecha de dieces en esa asignatura, que me encantaba por su estilo retorcido, ampuloso y, a veces, amenazante.

La verdad es que muchos pontífices tuvieron debilidad por los eunucos y sus voces angelicales de soprano, que amenizaban con sus cantos la Capilla Sixtina. Claro que este teólogo, apasionado como buen alejandrino, se sometió a esa operación de bárbaros y de ciudadanos romanos voluntariamente, para no perder la virginidad cayendo en las tentaciones de la carne, que debían ser muy seductoras y pertinaces y tan monstruosas como el pavor al infierno que le infundían, para llevarlo a tomar una decisión tan drástica, como la del celtíbero que acaba de cortarse el pene para no continuar pecando.

Quizá tal determinación se debiera a que quería ser un número uno en todo o, por lo menos, pertenecer al grupo de los elegidos. Así, obsesionado con el bautismo de sangre y la palma del martirio, consiguió que lo mataran, pues era voluntarioso y terco como muchos suicidas. Y era tan soberbio como quienes hicieron lo mismo con sus compañones, porque también deseaban, igual que él, formar parte del séquito de esos ciento cuarenta y cuatro mil que, al final de los tiempos, llevarán el nombre del Cordero y el de su Padre escritos en sus frentes, por no haberse manchado jamás con mujeres, según cuenta San Juan en el capítulo 14 de su Apocalipsis. Los violadores, dado que hacerlos capones no les impide buscar nuevas víctimas, tras cometer su infamia, deberían ser deportados sin contemplaciones en avión, para lanzarlos en paracaídas en tierra de musulmanes, totalmente desnudos, pero con el cuerpo tatuado de pies a cabeza a base de frases, pareados y aleluyas blasfemos y muy insultantes para Alá y su profeta.

Carmen Gómez Ojea. Escritora.