Como el tango de Gardel y Le Pera o el filme de Almodóvar. Ya estoy en casa, que regresar a la redacción es el retorno. Pasamos más horas aquí que en el hogar, por eso admiro cada vez más a aquellos que cuando llego ya están aquí y que siguen cuando me voy. He estado en Eivissa, como hace tantos veranos, desde donde trato de encontrar durante el mes de agosto, temas de los llamados del corazón que, según todas las intenciones, deben proliferar en la bella, desconsolada y cada vez más desasistida isla. Este año las expectativas no se han cumplido. Tanto fue así que me entraban extraños ataques de desasosiego y me podía la intención de hacer blogs detallando mi tristeza. Perder el tiempo, cuando no quiero, siempre me ha fastidiado. Así que muchas veces estuve a punto de contar reflexiones y pensamientos, pero temía que se interpretara , cuanto menos, como una vanidad estilista.
El panorama, a veces, era desolador. Vivía en unos apartamentos delante del mar, frente al puerto de Ibiza Nueva. Mi bloque se llamaba Australia Uno y tenía forma de bahía. Gracias a la piscina, que nunca llegué a usar, convertí la edificación en la bahía de las palomas. Había tantas que en más de una ocasión, al asomarme a la terraza, sufrí más que Tippi Hedren en el filme de Hitchcock. Los vecinos usaban todo tipo de artilugios para ahuyentarlas, desde colgar papeles blancos a diskettes de ordenador, todo ello sin resultado. Quise consultar a ellos, a mis vecinos, pero cambiaban con tanta rapidez y éramos tan poco coincidentes en los horarios que no daba tiempo siquiera a intercambiar un saludo. Mientras, abajo, alrededor de la piscina, se alternaba un público variopinto, desde las empleadas de un local de alterne (ese tema lo ampliaremos otro día), con las familias tradicionales y grupos de procedencias diversas. Los niños gritaban, los adolescentes hacían en capullo, y las mamás y los papás repartían objetivos: ellos no perdían ripio a los bustos de las señoritas del puticlub, y sus parejas emulaban, con resultados dispares a la hora comparativa, el efecto topless que las primeras usaban con naturalidad y las segundas imitaban.
Mi apartamento era pequeño, una habitación, un saloncito con tele, y un comedor con cocina americana. Ah!, y un baño completo con lavadora incluía. Descrito el habitat, seguiremos en días sucesivos con el resto de aquellas pequeñas cosas que conformaron un panorama gris de climatología variable. Continuará.

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