Ser cow-boy, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
No pasa día sin que alguna nueva encuesta nos alegre el alma. La última que nos llega descubre que sólo uno de cada diez niños españoles quiere ejercer la misma profesión que sus padres. El sondeo añade que ser futbolista sigue siendo el sueño preferido de los nenes, mientras a las nenas les mola más ser profesora, dedicarse a la medicina o ejercer la veterinaria. Entre los sueños infantiles, arrasan actividades clásicas como policía, piloto, astronauta, detective, peluquera, actriz, modelo y princesa. Hay dos novedades que, hace sólo una década, eran impensables: los chicos añaden a esta lista la profesión de probador de videojuegos y las chicas la de ministra, sin dejarse influir por el descrédito de la política. Tal vez esta moda contra corriente se deba a los señeros ejemplos de Magdalena Álvarez y Carme Chacón. Visto el dato, auguramos un gran éxito de ventas de una eventual muñeca Barbie ministra (con o sin tren eléctrico) o, por lo menos, secretaria de Estado.
Podemos respirar tranquilos, las criaturas van a lo suyo. La obligación de todo niño en su sano juicio, desde que existen la tele y los potitos, es querer ser astronauta o bailarina, conductor de tren o bombera, lo habitual. No creo que el hijo de nadie quiera convertirse, a los siete o diez años, en registrador de la propiedad, abogado del Estado, inspector de abastos o analista/ ojeador de tendencias. Si llegara tal caso, les recomiendo una visita urgente al psicólogo, pero no al infantil. Porque serían ustedes los que necesitarían tratamiento de choque para evitar que sus vástagos se transformaran definitivamente en monstruos fuera de control. Por ahí andan hoy algunos adultos la mar de peligrosos que, detectados a tiempo, nos hubieran ahorrado disgustos.
Uno, en sus años prehistóricos, quiso ser cow-boy, como está mandao.Recuerdo un remoto domingo de carnaval (y lo recuerdo porque hay foto del evento en blanco y negro) en que mi padre me paseó vestido de vaquero-pistolero (con estrella de sheriff) por las calles del barrio. Mi bautizo de fuego en tal oficio incluía el manejo de un inofensivo revólver de plástico que, sin duda, hoy sería proscrito por muchos educadores. Puedo certificar que, a pesar de esta temprana exhibición de belicismo, no he sentido nunca tentación alguna de emular a Rambo. Mi experiencia en el Far-West fue corta, debo admitirlo. Nunca crucé el Mississippi, a pesar de que la teleserie Bonanza invitaba a hacerlo.
Lo raro de esta encuesta es que no registre primerizas vocaciones de famoso.Quiero decir de famoso a secas sin mérito alguno, el pájaro que aparece en la tele para glosar la complejidad de sus partes. Es un dato para la esperanza.
