BEATRIZ FERRÚS ANTÓN - En la Valencia obrera, ajena a la inmigración, de hace ahora veinte años, el colegio donde yo estudié tenía un rasgo singular, tres hermanas de raza negra y dos primos de origen chino cursaban allí sus estudios. Todavía recuerdo una escena que a mis ocho años me dio mucho que pensar. Uno de los niños chinos colgaba de los pies del columpio más demandado de nuestro patio, cuando una niña negra y otro niño blanco se acercan y le gritan a dúo con tono despectivo: "Bájate, chino." "Cállate, negra", contestó él en el mismo tono, pero el niño blanco volvió a insistir: "Qué te bajes, chino", y éste respondió, "Déjame en paz, TÚ". Minutos después en el otro lado del patio ese mismo TÚ le gritaba a un muchacho que prefería bailar con las chicas a jugar al fútbol: "Eres un maricón", y éste contestaba "Y tú, UN". La escuela es el gran espacio biopolítico de control y gestión de la diferencia, sea racial, sexual etc., la gran máquina productora del mito de Normalidad.
No obstante, mientras hoy a esa misma escuela asisten muchachos de treinta orígenes culturales distintos y hacer desaparecer la marca de raza se ha convertido en un desafío para su ideario pedagógico, maricón,bollera,o incluso niña,se siguen escuchando como insultos, sin que nadie se preocupe demasiado. ¿Por qué si Jesús Vázquez es el presentador televisivo de moda, aplaudido por las masas, los cuentos de Chip y Chop (ardillas creadas por Disney) son lo más parecido a una identidad no heterosexual, no normativa, con la que el niño pueda encontrarse en la escuela? (Eso, si alguien bien intencionado no los acusa de sospechosos).La respuesta es sencilla: la escuela teme al sexo (más allá de la paraje heterosexual y la procreación, se entiende) tanto como lo desea.
Por eso la Pedagogía pervertida de Rene Schérer, escrita en 1974, nos hace mucha falta. Por eso una pedagogía queer,que cale definitivamente en la escuela y que la reconcilie con el imaginario social, que rompa con el mito de normalidad de la Pedagogía y sea capaz de sustituirlo por pedagogía (s) - transgresoras, revolucionarias, capaces de comprometerse con distintas identificaciones y de preguntarse cómo éstas configuran el deseo- se precisa con urgencia. Eso, si no queremos que la fractura entre escuela y sociedad sea total, que el hijo de padres gays acabe enloquecido, no por tener padres que se quieren y lo quieren, sino por asistir a un colegio que le prohíbe identificarse con ellos, incluso cuando él pueda desear no hacerlo. Desde aquí, tal y como apunta Schérer, "la tarea sigue consistiendo esencialmente en deconstruir": el discurso heterosexual que asigna una identidad al niño antes de su nacimiento, para permitir que cualquier individuo gestione su identidad desde la mezcla, el disfraz, el juego de identificaciones. En palabras de Deborah Britzman, "la teoría queer es la insistencia en entender la identidad como un producto social e histórico y como una ética relacional: la identidad no como trascendencia ni como equivalencia".
Ahora bien, esto supone pensar que el niño es capaz de responsabilizarse de sí mismo y de su sexualidad, pues la libertad que se precisa para llevar adelante el programa queer es la del niño. Llegados a este punto, volvemos a encontrarnos con la Pedagogía pervertida,que recuerda que la escuela es una de las formas más sólidas del panóptico, donde el pedagogo no sólo se encarga de alzar con dureza la barra sobre la que se levanta el binomio hombre/ mujer, defendiendo su supervivencia, sino que estigmatiza la sexualidad en todas sus formas; al tiempo que crea un discurso sobre la niñez basado en la minoría mental y en la inexistencia jurídica, donde el niño es vigilado en todos y cada uno de sus gestos, donde sólo existe invocado en la palabra del adulto. El desafío de una pedagogía queer,es también el de una deconstrucción del binomio niño/ adulto, como el que sabe, puede vs el que no sabe, no puede.
Se trata, de este modo, de construir identidades dialógicas, donde el intelecto y el afecto, el saber y el placer, se digan y se desdigan, se lean y se relean, donde el sexo no sea nunca un UN o un TÚ, sino un espacio múltiple que permita cualquier escenificación identitaria, que no ponga límites, que se entienda siempre como polisemia.
Se preguntaba Gayatri Spivak: "¿Qué es lo que se debe y no se debe aprender?", y lo hacía con plena conciencia de que la educación institucional produce subalternos. La pedagogía queer aspira a evitar esa producción, o al menos intenta no hacerse cómplice de la misma. ¿Para construir un mundo mejor? Casi seguro que no, pues los discursos del poder continuarán produciendo exclusiones e inclusiones, pero sí un mindo más crítico, más libre y, ¿por qué no?, puede que incluso un poquito más feliz, donde cualquiera que sea increpado por su orientación sexual pueda contestar: "Sí, gracias, lo soy, y además bien a gusto".
Beatriz Ferrús Antón es doctora en Literatura Española, Hispanoamericana y Portuguesa por la Universidad de Valencia y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona.

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