Con la devaluación del ladrillo y el drama familiar de las hipotecas al fondo -los síntomas se multiplican-, el fantasma de la crisis económica enseña la punta de la sábana. De momento, las señales sólo sugieren un cambio de ciclo, como dicen los economistas. Una forma de cantar el fin de una etapa de vacas gordas ¿O no? La sospecha está viva desde hace unos meses, pero se refuerza con los datos aireados ayer en clave nacional: sube el paro, baja la afiliación a la Seguridad Social y disminuye el índice de confianza de los consumidores.

Malas noticias para todos nosotros y especialmente adversas para la causa electoral de Rodríguez Zapatero, asentada hasta ahora en un envidiable cuadro macroeconómico. Gracias al legado de los Gobiernos del PP, según Mariano Rajoy, que se ha apresurado a salir a los medios -dicho sea también en términos taurinos-, para sentenciar: "La herencia y la inercia de los Gobiernos del PP se ha acabado".

Como la economía no funciona como un reloj de pilas, condenado a no pararse nunca, "hay que darle cuerda de cuando en cuando y eso es lo que no ha hecho el Gobierno socialista", dice don Mariano en alusión a las reformas estructurales que Zapatero y Solbes siempre han ido dejando para mañana en estos dos o tres últimos años.

En la acera de enfrente niegan la mayor. Y te invitan a reparar en ese 27 % de aumento en contratos indefinidos respecto al mes de agosto de 2006. Tienen razón. El dato acredita la eficacia de las medidas adoptadas para combatir el empleo basura. Pero apostar por un mercado laboral menos incierto para los trabajadores, como es propio en la gestión de un Gobierno socialista, no garantiza más crecimiento y menos paro, ni sirve para conjurar un cambio de ciclo.

A esos efectos, los que de verdad interesan porque si no hay riqueza no se puede repartir bienestar, son bien relevantes los datos conocidos ayer sobre desempleo y afiliaciones a la Seguridad Social. Sin embargo, en Moncloa y en Ferraz se han dedicado a quitarles importancia. Respecto a los 58.000 trabajadores que se fueron al paro en el mes de agosto -la cifra más negativa de la última década-, la doctrina oficial reparte las excusas entre los motivos estacionales -la climatología castigó al sector turístico- y la relativa fiabilidad de los recuentos del INEM (paro registrado) frente a los más realistas de la EPA (Encuesta de Población Activa) y la ECL (Encuesta de Coyuntura Laboral), en los que se refleja con más precisión la buena marcha de la España de Zapatero.

En cuanto al bajón en las afiliaciones a la Seguridad Social en agosto -casi 207.000 menos que en agosto del año pasado-, una dosis de matemática selectiva: ritmo de crecimiento anual, que es del 2,8 % -en julio era del 3 %- y comparación con las cifras heredadas del Gobierno Aznar. A saber: 2.355.388 afiliados más que en marzo de 2004.

El que no se conforma es porque no quiere. Pero, en términos políticos, los datos económicos difundidos ayer son un elemento de análisis de primer orden en la lucha por el poder que ha de culminar en las próximas elecciones generales. Incluso como palanca especulativa sobre la fecha de las mismas.