Si hay algo que puede dañar la imagen de un personaje público es que se le descubra que practica una doble moral. Éste es el motivo que ha impulsado a dimitir al senador estadounidense por Idaho Larry Craig. Defensor entusiasta de la familia tradicional y opuesto a la equiparación de los derechos de los homosexuales, el senador ha sido acusado por la policía de presunto intento de practicar sexo con un hombre en un retrete de un aeropuerto. De ser cierta su culpabilidad,se trataría de otro ejemplo palmario de hipocresía política. Otra cosa es el método utilizado por la policía para desenmascararlo: porque ahora descubrimos, no sin sorpresa, que en EE. UU. se infiltra a agentes camuflados en el lavabo de caballeros para evitar que los adultos se entreguen a conductas desordenadas. ¿Le hubieran detenido también por intentar ligar con una mujer?

Otro norteamericano público, éste ya fallecido, ha sido acusado estos días de doble moral. Se trata del dramaturgo Arthur Miller. Al autor de Panorama desde el puente o Las brujas de Salem,obras que plantean el conflicto entre la moral individual y la colectiva, le han llovido críticas por haberse desentendido durante décadas de un hijo nacido con síndrome de Down. Algo que hasta ahora sólo sabían unos pocos lo acaba de difundir urbi et orbi la revista Vanity Fair.Daniel Miller, fruto de la relación entre el dramaturgo y la fotógrafa Inge Morath, fue confinado poco después de nacer en una institución mental de Connecticut, donde Arthur Miller, que nunca habló de él, apenas le visitaba. Para su padre - que no para su madre- fue demasiado fuerte saber que Daniel no era normal."Mongoloide", se le oyó decir. No fue hasta el final de sus días cuando reconoció su tremendo error: se fundió en un abrazo con su reencontrado hijo y cambió su testamento para incluirlo como beneficiario.

Para muchos de sus lectores, habrá sido una desagradable sorpresa enterarse de que el autor trató a su propio hijo como a un inadaptado (en inglés, misfit),que es el título que puso al guión de la película llamada aquí Vidas rebeldes.Otros, sin embargo, habrán tenido menos problemas en meterse en la piel de Miller. El autor tendrá de su lado a quienes defienden que nunca se las dio de campeón de la moralidad pública y que parte de su mérito radicó precisamente en describir cómo las personas nos comportamos de forma diferente a como creemos que debemos comportarnos.

Y luego estarán quienes tomaron la opción opuesta a la de Miller y decidieron volcarse en la educación de sus hijos con síndrome de Down. Los que recuerdan que lo que ahora consideramos una condición diferente,derivada de la copia extra de un cromosoma, era en los años 70 una enfermedad maldita. "Cuando a un bebé se le diagnosticaba síndrome de Down, a la familia se le pronosticaba que no había nada que hacer: a él se le condenaba a una muerte en vida y a la familia se le robaba toda esperanza", explicaba hace un año en La Vanguardia Montserrat Trueta, fundadora de la Fundació Catalana Síndrome de Down, entidad que el próximo día 24 organiza sus Somnis solidaris al Liceu.

Es posible que, más que acusarle, muchos padres de niños con síndrome de Down compadezcan a Miller por haber perdido la oportunidad de ayudar a un hijo tan diferente a valerse por sí mismo, con lo que de enriquecedora tiene la experiencia. "He aprendido a escuchar, a ser paciente, tolerante", dijo Trueta en la entrevista. El dramaturgo neoyorquino fue víctima no sólo de su propia debilidad, sino también de la sanidad de una época que, por desconocimiento, equiparaba atención especial con manicomio, diversidad con desorden.

Tal vez el mismo desorden que todavía ve en la homosexualidad de los otros el humillado senador de Idaho.