TRIBUNA LIBRE
El pasado 31 de diciembre, con ocasión del año nuevo que comenzaba, envié a una amiga un mensaje de felicitación («año nuevo, coche nuevo») aludiendo a que me había quedado sin vehículo en el atentado terrorista del día anterior en el aeropuerto de Madrid. Su respuesta fue: «Acabo de regresar de Calcuta. ¿Qué valor tiene tu coche al lado de esa gente que no tiene absolutamente nada, ni apenas quien le dé una caricia?». Esa contestación, de aparente desprecio a mi problema pero de gran hondura humana, me hizo revivir entonces y ahora públicamente, con ocasión del décimo aniversario de su muerte, mi contacto con esa persona cuya sola mención evoca un torrente de significados.
Teresa de Calcuta visitó Madrid el 23 de mayo de 1983. Aunque ya era bastante conocida e incluso ya ostentaba el premio Nobel desde cuatro años antes, no era tan intensa su fama, que le llegaría ya en esa década y la siguiente. De hecho fueron breves las referencias de prensa que aparecieron sobre ella. Acudió a una misa en la plaza Mayor, en la que el mensaje fue contra el proyecto de ley del aborto -entonces en tramitación parlamentaria-, pero yo quiero recordar los actos a los que yo, entonces joven opositor de Derecho, asistí y tuve, en ambos casos, la oportunidad de verla desde muy cerca.
El primero fue su presencia en un acto en el Ateneo madrileño, siendo presentada por Julián Marías y Antonio Garrigues. En ese foro de la intelectualidad resultaba pintoresca la presencia de esa mujer vestida con su shari y con su cara y manos llenas de arrugas como surcos. Especialmente me impresionó su menudo cuerpo, inmensamente encogido, recogida en la hondura de sí misma y las manos juntas, desde su humildad u oración. Así enfiló su entrada desde una puerta lateral. Con la cercanía de quien pasó junto a mí, no puedo olvidar, casi 25 años después, cómo me sobrecogió por dentro su inmensa fragilidad y la gran energía interior que emitía. La aparente debilidad de esta mujer -nacida en Albania, pero que tras su «segunda llamada interior» (inicialmente era de otra congregación dedicada a la enseñanza) se vinculó con la India- no era muy distinta de la de Gandhi, que desde el pacifismo, fue capaz de poner en pie a un país con más de 1.000 millones de personas y que ahora celebra el 60 aniversario de su independencia.
El otro acto al que tuve la inmensa fortuna de asistir (y éramos muy pocos) fue una visita a sus hermanas religiosas en un local que, como comedor para mendigos, tenían próximo a la plaza de Benavente. Estaban a la espera del permiso municipal para construir un albergue para los más míseros, pues ella preguntaba tras visitar el comedor: «Y ahora, ¿dónde van a dormir estos pobres?».
Se reuniría con el entonces alcalde Tierno Galván, hombre que ejercía de agnóstico pero que expresaría públicamente un reconocimiento muy elogioso de la obra de Jesús de Nazaret. El centro, situado en una zona del Madrid castizo junto a la iglesia de Santa María de la Cabeza, se inauguraría tres años después con la presencia de una mujer que ha dado siempre muestra de sensibilidad y también compromiso por las causas sociales: la Reina Sofía.
No era la primera vez que Teresa de Calcuta visitaba Madrid. Ya estuvo en 1977 respondiendo a una invitación del cardenal Tarancón para que las Misioneras de la Caridad se instalasen aquí. Su presencia, para valorar la viabilidad del proyecto, pasó absolutamente inadvertida. Algo había cambiado cuando se inauguró ese centro asistencial en el barrio del Candil, en Leganés, en junio de 1980, y en octubre instalarían el primer comedor en la calle Huertas: el año anterior había sido galardonada con el premio Nobel de la Paz.
Ayer, 3 de septiembre, se cumplió el décimo aniversario de su muerte. La conmemoración casi coincide con el aniversario del fallecimiento de otra personalidad mundial como Diana de Gales, que apenas tres días antes fallecía en un accidente espectacular. Los medios de comunicación se volcaron con la princesa, pero pronto compartiría protagonismo con la anciana de 87 años cuyo corazón había dejado de exhalar vitalidad. El glamour de una y la pobreza extrema de la otra se unían informativamente. Ambas gozaban de la simpatía del gran público. Incluso no faltó la publicación de fotografías juntas.
La grandeza de Diana, como protagonista de un cuento, adquirió gran valor cuando expuso sus lágrimas y su sinceridad ante una televisión reconociendo el fracaso de su vida sentimental. Esa debilidad le otorgó una dimensión mediática excepcional. Teresa de Calcuta murió tres días después y sin cámaras que la persiguieran. La inmensa energía interior que irradiaba tenía su origen en su debilidad y, como consecuencia de ello, la necesidad absoluta que tenía de Dios. Esa era la fuente de su gran vigor. Fragilidad y fortaleza se unían en ella en una ecuación aparentemente paradójica.
Le fue dado un entierro popular con todos los honores de Estado 10 días después y recibió la admiración de personalidades de todo el mundo, del origen geográfico religioso y político más universal. Gente de ideología de la izquierda y la derecha, cristianos, hinduistas o ateos expresaron su admiración a la madre Teresa.
Solo han pasado 10 años pero su obra y su ejemplo se mantiene vivo: no sólo las 4.000 religiosas de la congregación de las Misioneras de la Caridad, sino los miles de personas que colaboran de forma muy diversa para que este milagro siga siendo realidad. Además, es constante la multitud que desde diversos planteamientos -en no pocos casos sin ningún credo religioso- se acercan a conocer su obra, expresión de fe en un Dios que contrasta ante el silencio que a veces de El escuchamos al preguntarnos el porqué de tantas injusticias y sufrimientos.
Frente a nuestros discursos retóricos sobre solidaridad, esta mujer no hablaba de ella, la practicaba, la hacía realidad. Toda su vida fue expresión de entrega y vaciamiento de sí misma para dedicarse a aquéllos que nada tienen. A muchos de ellos apenas podía dar nada porque nada tenía, salvo ternura y com-pasión. Acaso, como me recordaba mi amiga en su mensaje telefónico, algo tan relevante como sentir una mano que suponga una caricia a quien está apagando su vida.
Ella nos recuerda que nuestros programas y organizaciones muy estructuradas, dedicadas a nobles ideas, no deben hacer que perdamos el eje en el ser humano concreto, en la persona más sufriente, más débil, que por no tener no tiene a nadie que le dé un mínimo de atención, cariño y ayuda. A «los más pobres de los pobres» ella solo pretendía darles algo que ellos mismos y otros les habían despojado: la dignidad. Sin pretensión de hacer milagros, sin ninguna intención de convertirlos a su fe, sin jactarse de la obra ingente que hacía dirigida a los más necesitados. Poniendo sólo autenticidad y coraje frente al destino.
Cuando algunos le objetaban por no dar prioridad a enseñar a pescar, ella contestaba que «las gentes que recogemos o vienen a nuestras casas están demasiado débiles para sostener una caña». Otros la criticaban por centrarse en una actuación puramente caritativa y asistencial, sin denunciar las injusticias. Pero ¿qué mejor denuncia que recoger y dar valor a quienes son resultado del fracaso de nuestras injusticias? Ella aplicó cada minuto en atender a personas hundidas en la pobreza y en el olvido. Otros, desde sus ideas religiosas, políticas o simplemente humanitarias, hacen esa labor de lucha por conseguir unas estructuras sociales más justas y humanas, pero la labor de Teresa de Calcuta, su obra, ejemplo y espíritu es insustituible.
Diez años después sigue vigente su testimonio y compromiso de profunda humanidad. Las revelaciones en un libro de inminente aparición sobre sus dudas, su oscuridad, sus crisis de fe, su experiencia del silencio de Dios, engrandecen mucho más su figura, pues subrayan su humanidad, fragilidad y su coraje. Su santificación no precisa ningún sello vaticano.
Jesús López-Medel es el presidente de la Comisión de Derechos Humanos, Democracia y Ayuda Humanitaria de la Asamblea de la OSCE y diputado del PP por Madrid.
© Mundinteractivos, S.A.

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