Vayamos un poco más allá, por favor. Vayamos más allá del debate sobre inversiones en infraestructuras en Catalunya. Buceemos debajo de la espuma de este verano de apagones y trenes hacia ninguna parte. Olvidemos un rato a ministras torpes y a consellers desaparecidos entre la muchedumbre. Abramos el compás, mojémonos la cara para despejarnos, tomemos un café. Intentemos afinar algo más el diagnóstico urgente para responder a una pregunta ciertamente difícil: ¿qué nos pasa a los catalanes en este 2007?
En un reciente y lúcido artículo sobre los errores de la guerra de Iraq, el profesor y político canadiense Michael Ignatieff citaba al gran pensador Isaiah Berlin, cuando señalaba que lo malo de los intelectuales y comentaristas es que les importa más que las ideas sean interesantes que ciertas. En Catalunya esto también pasa, con un agravante relacionado con la convicción, muy extendida en nuestra sociedad (no por cierta menos magnificada), de que el poder de verdad siempre está en otra parte, Madrid y Bruselas. Algo que aquí piensa todo el mundo, no sólo los que trabajamos con palabras.
Así las cosas, las ideas interesantes siempre llevan ventaja en Catalunya sobre las ideas ciertas, porque tienden a salir gratis ocurra lo que ocurra. Los errores fruto de ideas equivocadas no pasan factura en la misma medida que lo hacen en los países donde el ejercicio del poder está relacionado, como es lógico, con la responsabilidad. Es evidente que una parte de nuestra clase política trabaja con este supuesto a modo de coraza invisible. La excursión de Carod-Rovira a Perpiñán para reunirse con dirigentes de ETA es un ejemplo paradigmático de esta corrupción conceptual. La promesa de Zapatero de apoyar el Estatut que saliera del Parlament es otro ejemplo perfecto de lo mismo. El líder del PSOE se ciñó al refrán: "Allí donde fueres, haz lo que vieres". Estaba dando un mitin en Catalunya, así que actuó igual que muchos políticos catalanes y lanzó una idea interesante pero falsa. Además, él lo sabía.
Jordi Pujol ha sido una afortunada excepción a la nefasta tendencia irrealista de la idea incierta. Por eso siempre fue reticente a la reforma del Estatut, una idea interesante pero mala. Era - como anticipó Heribert Barrera- una manera totalmente equivocada de plantear la transformación de España en un Estado plurinacional o de inaugurar una vía soberanista. Ni una cosa ni otra. Maragall, CiU, ERC e ICV se metieron en el lío y tuvimos que ser los ciudadanos quienes, votando sí y dando muestras de una responsabilidad superior a la de las elites rectoras, sacáramos el carro del barrizal. Como ya he dicho otras veces, el nuevo Estatut (que el PP quiere destrozar) salió adelante porque la señora Pérez fue más patriota que muchos de los que se entusiasman con inmolaciones místicas o reclaman ahora un pacto CiU-ERC, que, en todo caso, debían exigir en 1999, cuando fuimos muy pocos los que sugerimos a Pujol que escuchara a Carod-Rovira y se desmarcara del PP.
Este desprecio por las ideas ciertas es lo que ha dinamitado la política catalana desde la última legislatura de Pujol hasta el actual segundo tripartito. No hay política, sólo vacío, como quedaba patente en la extensa entrevista al president Montilla que La Vanguardia ofreció el domingo. Dos fuerzas tratan de llenar obsesivamente este vacío. Paradójicamente, ambas conviven en el Govern y ambas sólo emiten consignas, no tienen proyecto: el socialismo metropolitano convertido en administrador de anestesia y el independentismo a fecha fija, administrador de excitantes y erróneamente convencido de que cada catalán cabreado es un independentista resuelto. Es lo que tienen las ideas interesantes.

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