LA RUEDA

La lejanía kilométrica es una lupa particular. Agranda lo profundo y ablanda lo superficial. Desde esta lejanía argentina, pues, que ha poblado mi verano de intensas miradas latinoamericanas, la política catalana parecía el oasis mítico que tanto decoró la retórica de años. Solo que era un oasis de un aburrimiento espantoso, de una espantosa mediocridad.

Puede que solo llegaran los titulares de las noticias, pero repasada Catalunya a través de las declaraciones de sus líderes, ¡qué país menudo, qué menuda ambición! Perdonen, pero esto está llegando a cotas muy elevadas de baja categoría intelectual. La cuestión nacional, por ejemplo. Que nuestro verano político haya sido un debate visionario sobre calendario de autodeterminación, gracias a los augurios del vidente Carod -que tiene la bola de vidrio de Jaume I-, y toda la retahila de líderes que han seguido el juego, unos para acotar el calendario, otros para negarlo, y alguno para montar en furia talibán española, que de todo hay en la viña de la Moreneta, da la medida de nuestra superficialidad.

La teórica nacional no ha avanzado ni un ápice en el debate de las ideas, y los actuales gurús dicen lo mismo que hace mil años decíamos los que merendábamos con Max Cahner en Prada. Es decir, Catalunya ha entrado en el siglo XXI pero algunos la sitúan aún en el debate del siglo XIX. No. No niego la necesidad de hablar de derechos históricos, pero me gustaría pensar que somos capaces de salir de la retórica esencial estética, más virtual que seria, sin ninguna otra virtud que dar tres votos al partido que venda más heroicidad hueca. Catalunya tiene retos serios y no todos nacen de su falta de soberanía, ni todos se resuelven vendiendo referendo dentro de una década. Eso da pan para hoy a algún político, pero es miseria para mañana.

Me dirán, estabas fuera. Sí. Por eso. Porque me duele esa sensación de una Catalunya de caricatura, un poco de broma, donde los políticos juegan a ser políticos, y el debate se sitúa a ras de inteligencia. Antiguo, caduco y, lo peor, ineficiente. Y mientras, el país, con sus problemas.