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Reggio

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3 Septiembre 2007

Todavía hay esperanza, de Montserrat Nebrera en El Periódico

EL RECURSO DE LOS POPULARES CONTRA LA CARTA CATALANA

Para unos fue un sueño y para otros, una pesadilla, pero para la mayoría la reforma de 2006 del Estatut fue la nada, una vacuidad política mayor que ignorar a un presidente del Parlament en reiterado viaje oficial al más remoto extranjero. El sistema interpreta eso y el abstencionismo como muestras de la normalidad democrática, y sin duda así sería en Suecia, pero la cachazuda paciencia demostrada estos meses por la gente ante la cascada de servicios que se iban desmontando en Catalunya según llegaba su fecha de caducidad, más bien avala la tesis de la indiferencia como falta de cultura participativa, entendiendo la participación en el mejor sentido del término, es decir, no en el del conseller Saura como responsable de un departamento perfectamente prescindible.

Pero el Estatuto es importante, más por lo que nos pueda quitar que por lo que dé. Importa por el endeudamiento anímico al que nos someten con él todos los que han labrado su supervivencia política instigándolo, jaleándolo, bendiciéndolo o incluso condenándolo. ¿Recuerdan aquel Fòrum de les Cultures que huía hacia delante desde una incontinencia verbal? La reforma del Estatuto tuvo parecido origen, aunque con peor intención, y resulta obvio que de tales mimbres no puede salir nada bueno.

PERO EL Estatut importa también porque es un marco legal que debe ser desarrollado, y los riesgos de hacerlo contra la ciudadanía no admiten ni justifican la indiferencia. Esa peligrosa potencialidad impulsó al PP a recurrir contra él; y lo cierto es que el recurso es no solo conveniente y legítimo, sino un deber moral para quien crea que España es un pacto cuya unidad redunda en beneficio de quienes la integran, y no solo en lo económico. Un Estatut construido por una parte contra el resto, sean parte y todo los políticos, las personas, los territorios o las ideas, era un Estatut condenable en abstracto y, por tanto, necesitado del recurso, pero para mí el recurso era y es, además, imprescindible desde Catalunya y para Catalunya.

Porque España me importa, pero la caridad bien entendida empieza por casa, y mi casa es el lugar donde nací, parí y trabajo, la Catalunya para la que deseo lo que tantas veces ha demostrado merecer. Porque la unidad de mercado será importante, pero más importante es la libertad. Y la libertad de Catalunya peligra, como saben los que siguen diciendo vergonzantemente que quien critica el Estatut critica a Catalunya. ¡Qué fácil sería callar para quien, como yo, entiende capital el principio de legalidad: Estatut aprobado, Estatut legal! Pero sabemos desde Antígona que no todo lo legal es legítimo.

Hirió mi orgullo de catalanidad que desde las más diversas tribunas se aprestaran a decir que el tiempo, el sudor, las lágrimas de la reforma valían la pena, que ganaríamos autogobierno, que el gobernante puede y debe hacernos felices, que un referendo salvaría el engendro. Ahora las bocas son más pequeñas, pero la historia calificará a cuantos, faltando a la verdad, alabaron el Estatut de la vergüenza moral (permisivo y relativista como no lo ha sido jamás civilización alguna), el Estatut de la trapacería (nos venderán que así la vivienda será gratis para quien no tenga dinero, y el medio ambiente del XXI no interferirá un progreso que creemos indefinido), el Estatut de la asfixia personal y social, donde el poder público se hace omnipresente, mucho más en la vida de las personas de bien, como paradoja final de lo que el Estado debería ser, mero guardián de su vida y seguridad frente a quienes las violan.

Es probable que el Constitucional no asuma con valentía su responsabilidad en este desaguisado, una norma construida contra la superior, insatisfactoria para sus aplicadores y de difícil reforma ulterior. Pero el recurso es un ejercicio de libertad democrática y la penúltima esperanza. La última es su aplicación. Cabe una aplicación liberal y digna del Estatut, cabe un modo de interpretación de sus términos riguroso con los valores que han inspirado esta tierra de aluvión, generadora de oportunidades para quien supo hacer de la palabra y del esfuerzo lemas de vida.

PERO HAY QUE dejar de fabular con unos molinos de viento mucho más antiestéticos que esos que ahora ya detestan los ecologistas de pega, y recrear la idea de una España complementaria entre el interior y la periferia, con soluciones imaginativas para problemas como el del agua, y con un proyecto común, como no puede ser de otro modo, en materias como las infraestructuras. Hay que aceptar que desempeñar bien responsabilidades que tenemos atribuidas en exclusiva, como la sanidad y la educación, además de recursos requiere ideas y el coraje de abandonar el buenismo ilustrado. Hay esperanza, pero antes debe llegar la convicción de que las ideas no aflorarán mientras las responsabilidades de gestión se sigan atribuyendo a politicastros de cuota que hay que recolocar porque han servido bien al partido. No me argumenten que también pasa en el mío. En mi partido eso no pasará.

Es obvio que estas palabras no sirven para la minoría que cree que el imaginario imperial catalán es material. La grandeza de Catalunya ha sido ejemplo secular y su caos, muy reciente. La indolencia llegó a los ciudadanos al tiempo que una cierta clase política se instalaba en el poder. Ha llegado la hora de reconocer que la culpa es de todos, pero que quien quiera coger el testigo y ponerse a andar tiene también ahora su oportunidad. No habrá mejor herencia que pueda dejar a sus hijos. Además, es una herencia que no está gravada con impuestos.

Montserrat Nebrera. Diputada del PP en el Parlament.

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