Lo que ocurre en el poder en Francia merece mucha atención, porque estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de combate político. Es una lucha basada en lo que hace muchos años ya es corriente en el mundo de la empresa y los negocios, fichar a los mejores de la competencia para conseguir dos cosas: dominar el mercado y, a la vez, debilitar al competidor. Nicolas Sarkozy, presidente de la República, aplica está fórmula con una eficacia portentosa. Michel Rocard es, de momento, la última figura del socialismo que el popular inquilino del Elíseo ha conseguido atraer a su campo; el ex primer ministro de Mitterrand se ha incorporado a una comisión especial sobre profesorado y sistema educativo. Al igual que otros ilustres nombres del Partido Socialista o de la izquierda en general, Rocard no ha dudado en poner su talento, su experiencia y su nombre al servicio del proyecto que lidera Sarkozy, el refundador de la derecha gaullista, al que el progresismo presentó, durante la campaña electoral, como una amenaza terrible.
Recordemos la ilustre nómina de personalidades de izquierdas que han dado el sí a Sarkozy, además de Rocard. Bernard Kouchner es el ministro de Asuntos Exteriores; Eric Besson, Jean-Pierre Jouyet, Jean-Marie Bockel y Fadela Amara se han convertido en secretarios de Estado; Jacques Attali, Hubert Védrine y Jack Lang presiden o participan en importantes comisiones gubernamentales; Martin Hirsch ha sido nombrado alto comisario para la Solidaridad y la Lucha contra la Pobreza y, para completar el cuadro de honor, Dominique Strauss-Kahn, ex ministro socialista de Economía, ha sido designado candidato oficial de Francia a dirigir el Fondo Monetario Internacional. Se trata de nombres de mucho peso, algunos de ellos emblemáticos para la opinión francesa orientada a la izquierda, como Kouchner (Médicos sin Fronteras), Lang (la gran política cultural), Attali (ensayista de referencia), Amara (fundadora del movimiento Ni Putas ni Sumisas) o Hirsch (presidente de Emmaüs y cuidador del legado del Abbé Pierre).
En lógica comercial, lo que hace Sarkozy es impecable. Aprovecha que la competencia está hundida, desorientada y dividida para, apelando a grandes objetivos de país más allá de los partidos, ofrecer una coartada ideológica de gran calado a quienes, de entre los adversarios, aceptan cambiar de bando para subirse al carro del ganador. Fíjense que esta opa de Sarkozy sobre los mejores del Partido Socialista no tiene el tono vergonzante del transfuguismo típico, estamos hablando de otra cosa. Más bien de todo lo contrario: el gran honor de servir al Príncipe sin renunciar - aparentemente- a los propios principios. Al colocar su hiperliderazgo por encima de su partido y asumir el papel de padre de la patria, Sarkozy transmite una idea de gobierno de los mejores o de gobierno de concentración nacional. La apertura al centro y a la izquierda busca este efecto y, en la medida que atrae figuras adversarias destacadas, se convierte en una realidad tangible y, por tanto, en un elemento de credibilidad. En cambio, los que asumen el papel de malos de la historia son los jefes del PS, con Hollande a la cabeza. Es la dirección socialista la que expulsa y amenaza a los que son infieles a la causa para abrazarse a Sarkozy.
¿Por qué aceptan ir con Sarkozy aquellos que, hasta hace pocos meses, trataban de vencerle? Un motivo evidente es la situación del PS tras el descalabro electoral de Ségolène Royal. Luchas fratricidas, rencillas personales, falta de ideas y sensación de haber tocado fondo no constituyen un panorama nada estimulante, sobre todo para aquellos que tenían legítimas expectativas de asumir responsabilidades de Gobierno. Pero ello no bastaría para romper la disciplina partidaria. Nose entenderían estos fichajes sin la seducción del nuevo presidente, capaz de convertir su determinación en una suerte de garantía para emprender el viaje. Como si el riesgo fuera menos al pisar fuerte. Además, todo lo que en campaña electoral fue ideología de choque (ataque duro a los valores de Mayo del 68, por ejemplo) ha devenido, desde el poder, gestualidad sincrética para durar. "Sumar y no restar" es el nuevo mensaje de Sarkozy, si se nos permite usar un viejo lema de Jordi Pujol.
Lo que hace Sarkozy me lleva a pensar en nuestra historia. Enric Prat de la Riba, político catalanista conservador, dirigente de la Lliga y primer presidente de la Mancomunitat, no tuvo manías a la hora de rodearse de personalidades prestigiosas del catalanismo republicano y socialista, para impulsar su ambicioso programa reformista. Hombres como Manuel Serra i Moret, Pompeu Fabra, Cebrià de Montoliu o Rafael Campalans tuvieron responsabilidades institucionales con Prat de la Riba, lo cual fue positivo para el país: sumó energías, evitó exclusiones y abrió el campo del nacionalismo a muchos sectores que eran ajenos a este universo, como explica el profesor Josep Termes en su reciente libro La catalanitat obrera (Editorial Afers). ¿Sería posible, hoy en Catalunya, un Govern plural con los mejores de cada casa? ¿Qué debería pasar para que ello fuera imaginable? ¿Dónde está el Sarkozy catalán? ¿Quién haría el difícil papel de Royal? Piensen un poco en esto.
Lo estratégico y lo táctico, lo patriótico y lo partidista, se entrelazan en la política audaz. Sarkozy no podrá ser acusado de sectario, su capacidad de abrirse a otras sensibilidades está probada. Pero, a la vez, su política de grandes fichajes no deja de ser una forma de alimentar el incendio interior del PS, con el fin de convertir a su adversario principal en una mera sombra inofensiva. ¿Puede un país democrático funcionar sin una verdadera oposición? Seguro que no. Pero todavía es pronto para que Sarkozy, en la gran jugada final que se reserva como líder, lance el salvavidas a los socialistas que hoy son ciegos y sordos al encanto del nuevo presidente.

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