Si siempre hubiéramos de tomar posición o de defender una postura, diría, por esta vez, que soy un firme partidario de la disciplina. Es más, que considero que su falta es uno de los problemas decisivos de la cultura y de la educación, y no me refiero sólo a la enseñanza, ni únicamente a ese tiempo que antecede a lo que denominamos, algo desconcertantemente, la mayoría de edad. No sólo carecemos de disciplina sino que, puestos a tenerla, la entendemos de un modo poco fecundo. En ocasiones, disfrazamos nuestra pereza o apatía, o nuestra inconstancia, de espíritu de contestación. Hasta tal punto, que la indisciplina se presenta por algunos como un ingrediente constitutivo de la creatividad, del espíritu crítico o de lo atrevido y libre de ciertos planteamientos. Quizá, pero digámoslo pronto, la disciplina ha de ser una forma decisiva de la solidaridad, para empezar, con uno mismo.

La disciplina supone la capacidad de responder austeramente, con constancia y dedicación, de modo organizado, aunque ello exija esfuerzos y trabajo, a determinados objetivos o proyectos. Es la intensidad cotidiana en las formas de comportarse y de ejercitarse para el cuidado de sí y de los otros. El tiempo y el espacio se coordinan con la propia actividad y tanto el cuerpo como el espíritu responden conjunta, armoniosa y persistentemente, una y otra vez, sin ceder a los puros estados de ánimo. Es convicción hecha acto, no arrebato. No desconocemos que puede utilizarse como arma arrojadiza, como gran coartada cuando no hay razones ni contenidos justificados, como un principio al servicio de determinado orden, sin otros componentes que la jerárquica imposición del poder. No es infrecuente que se apele a la disciplina cuando faltan motivos, motivaciones. No lo es menos que su desatención obedezca en ocasiones a una supuesta defensa de la singularidad y peculiaridad personales, irreductibles a cualquier proyecto común, se dice.

Precisamente por ello, contra ello, preconizamos la disciplina más como un factor de organización que de orden. Podría decirse que en una casa dispuesta según un criterio disciplinar ordenancista, todo estaría clasificado, regulado y predispuesto para cada ocasión.

Pero la llegada imprevista de alguien, más allá de la también controlada sorpresa, un por si acaso, sólo procuraría indefensión y desconcierto. En un hogar organizado, todo resulta suficientemente preparado para que lo que haya de ocurrir no responda necesariamente al desarrollo ordenado de lo previsible. No falta anticipación, pero no está dictado de modo implacable lo que ha de ocurrir. Puede llegar alguien y habrá capacidad de acogida y de respuesta. Cada cual sabe y hace, en su caso, lo que le corresponde, lo concibe. Se ha pensado, pero no se ha clausurado lo pensado. En este sentido, preferimos la organización al orden. Es más, no faltan ocasiones en que se aplica el orden impidiendo cualquier organización. Desde esta caracterización, con lo que tenga de caricatura, el orden, con toda la dulzura que viniera bien, se impone, pero la organización requiere la activa participación de cada cual. Me gusta más un país organizado que un país ordenado. Apostamos por la disciplina ciudadana, no por el disciplinamiento de los súbditos.

La disciplina es indispensable como un factor de comunidad. Que cada cual, en su momento, en su lugar, no ceje en la adecuada realización de su tarea. Comportarnos aisladamente en nuestro trabajo, en nuestra vida social, en nuestra proyección privada o pública, en nuestro contexto vecinal y ciudadano, es también indisciplina. Lo que no hago o hago mal incide en los otros y puede trastornar todo proyecto. Necesitamos organizarnos, vertebrar, distribuir la acción y no esperar que la realicen los demás, para ver si nos satisface, mientras nosotros hacemos ostentación de arrogante prepotencia. Una institución, una empresa, una entidad sin disciplina es inoperante, aunque esté poblada de supuestas genialidades. Cuidadosa y pacientemente hemos de hacer lo que nos corresponde. No es docilidad, sino implicación. Y hemos de dotarnos de reglas de juego, de procedimientos, de instituciones, de acuerdos, de convenios, en una justa distribución de tareas y de compromisos. Hacemos bien en reclamar que sea por mérito y capacidad y no por la imposición o la fuerza ventajista de los privilegios o los caprichos. La disciplina es, un modo de responder con precisión, ajustada y permanentemente, con nuestras fuerzas y capacidades, a desafíos que no son sólo personales, es distribución y solidaridad. Ciertamente no se trata de reglar la existencia. Incluso es necesario desdisciplinar tanto disciplinamiento impositivo. Pero la alternativa no es sostener la imposibilidad de que nos propongamos algo conjuntamente, de que vayamos juntos hacia algo, de que estemos por algo, de que hagamos causa común. La disciplina institucional muestra el alcance de la verdadera exigencia y sus frutos.

El sistema educativo parece no saber qué hacer con la disciplina. Tratando de evitar el autoritarismo, tiró con el agua sucia la palangana. Y se ha llegado a creer que requerir es forzar. Sin embargo, puestos a reivindicar, recuperamos la expresión "cumplir con nuestra obligación", como forma de ligarnos a algo externo, a los otros. Se trata de ser de palabra y de hacer lo que nos corresponde. ¿Y si probáramos a expresar nuestro afecto a los más jóvenes mostrando que la disciplina y la obligación no son claudicante imposición, sino formas de convivir y de vérnoslas con otros en algo que merece la pena? Quizá lo aprenderíamos nosotros en el gesto mismo de enseñarlo.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.