Son emprendedores precoces y sobradamente preparados. De eso se encargan sus padres o algunas compañías que, de paso, hacen negocios originales basados en el interés por que estos menores cambien la infancia por la empresa.

Lejos quedan los tenderetes de limonada o las pulseritas con las que apenas se obtenía suficiente para una merienda más o menos especial en una triste hamburguesería.

Los niños de hoy apuntan más alto, y algunos dan en la diana. Por eso los emprendedores que rivalizan por un buen pedazo del mercado infantil deberían empezar a preocuparse por una nueva clase de competidores: los propios menores.

Del juego al éxito sólo hay un paso

Una de estas emprendedoras con éxito apenas tiene tres años. Se llama Mia Bergman y es la inventora de un nuevo producto rompedor en las jugueterías estadounidenses. En realidad, quien impulsó este negocio fue su madre, que junto con una socia y amiga dueña de la firma de juguetes Wigglebug Inc., se dio cuenta un buen día de que la afición con la que la niña mataba las horas podía convertirse en un lucrativo negocio.

La idea es simple, incluso estúpida, pero uno nunca imagina qué puede mover realmente los gustos del público. Y Mia, con su afición por enterrar pequeños objetos en recipientes llenos de plastilina ha creado un cubo de la sorpresa que hace furor en las tiendas de juguetes, por ahora de Estados Unidos.

Así ha nacido Treasure Dough, un recipiente –14 dólares la unidad– que esconde un pequeño juguete que hay que desenterrar de una mezcla no tóxica de harina, agua, sal y aceite de lavanda de colores. El caso emprendedor de Mia es similar pero contrario al que dio lugar a la creación de Baby Einstein, una colección de producciones audiovisuales desarrolladas hace ocho años. En aquel caso fue una madre emprendedora la que pasó de grabar poesías, música y escenas artísticas para sus hijos a vender su compañía audiovisual a Disney.

Fomentar el talento para los negocios

Algunos ven muy clara la necesidad de cultivar el gran vivero de emprendedores infantiles, y deciden fomentar las habilidades de quienes tienen un don precoz para los negocios. Postbank, perteneciente a ING, mantiene el programa Postbank Bizznizz, para apoyar a estos futuros valores de la empresa y enseñarles cómo ganar, ahorrar y manejar el dinero.

La institución financiera ha abierto además el Salón Bizznizz en Habbo Hotel –una comunidad online que recibe cada mes a siete millones de visitantes jóvenes en sus habitaciones virtuales– para que los aprendices de emprendedor puedan compartir experiencias sobre nuevos negocios y toda clase de proyectos empresariales.

El banco estadounidense Umpqua (en Oregón) desarrolla una iniciativa similar: su campaña Lemonaire –los responsables aseguran que el puesto de limonada es la metáfora de un pequeño negocio– está enfocada a lograr que los emprendedores más precoces inicien su primera aventura empresarial.

Escuela de emprendedores

Ka-Ching es una compañía sudafricana que facilita a los padres herramientas financieras y empresariales que puedan ayudar a los futuros emprendedores durante el resto de sus vidas.

Por si el curriculum académico no resulta suficiente, los padres pueden completar la formación de sus retoños con cursos que les enseñen a controlar el gasto, a hacer un presupuesto o a identificar oportunidades de negocio. Sólo el material didáctico cuesta 147 dólares, pero Ka-Ching también tiene que ganar dinero.

It’s A Habit es otro ejemplo de compañía que confía en la demanda creciente que suponen los emprendedores precoces realmente interesados. Aunque It’s A Habit utiliza los servicios del conejo Sammy para introducir a los menores en este mundo competitivo, lo cierto es que las enseñanzas impartidas por la empresa de Los Angeles son absolutamente serias.

Un parque temático empresarial

Hay quien no admite mezclar ocio y negocio. Pero algunos aceptan la fórmula, y más si está diseñada para los jóvenes emprendedores.

Para ellos funcionan iniciativas como Kidzania, un parque de atracciones abierto en México, Japón, Indonesia y Dubai, que sustituye las montañas rusas por otra diversión mucho más productiva: se trata de un parque temático que ofrece a niños de 2 a 15 años la oportunidad de probar 70 opciones diferentes de carreras profesionales en un entorno de comercio más o menos real, ya que todas las actividades se desarrollan en la réplica de una ciudad. Kidzania mantiene el bullicio de una urbe, con sus tiendas, oficinas y mercados.

Hay bancos, periódicos, estaciones de televisión, servicios públicos, negocios de moda... Los menores ganan un salario –el kidzo es la moneda oficial–, con el que se puede comprar todo tipo de bienes en la réplica de esta curiosa ciudad.

El entrenamiento desde la cuna para estos futuros magnates parece no tener límites. Al estilo de Kidzania, los escolares de Tokio tienen a su disposición una curiosa escuela de verano: El Rihga Royal Hotel desarrolla un programa para menores de 3 a 12 años que ofrece empleos reales por un día. Hay cinco modalidades de trabajo, siempre acompañados por un adulto.

Y por 155 euros extra, los padres de estos afortunados niños que un día amasarán grandes fortunas –ese es el objetivo– pueden contratar un reportaje gráfico de su encantador primer día de duro trabajo.