Encaramado al cenit de la popularidad pese a algunas acciones seguramente más que discutibles, sólo hace falta darse una vuelta por Francia para ver que el fenómeno Sarkozy no es algo pasajero. En estos momentos, el presidente de la República encarna todos los valores que en la acción política suman: reformista, ambicioso, transgresor, valiente y nada contemplativo con el adversario, al que aguijonea sin descanso desde el mismo día que llegó al Elíseo. El número de dirigentes del PS que ha conseguido captar para su causa a través de suculentas ofertas no tiene parangón y pone de relieve aquella vieja máxima del viejo político italiano Giulio Andreotti: no es el gobierno lo que desgasta, sino la oposición. Así, aparecen trabajando para el presidente una decena de personalidades socialistas tan variopintas como Bernard Kouchner, Michel Rocard, Jacques Attali o Fadela Amara. Sería, trasladado a Catalunya, algo así como si dirigentes convergentes que hubieran ocupado puestos de responsabilidad - consellers bajo el mandato de Jordi Pujol, por ejemplo- aceptaran encargos políticos del presidente de la Generalitat. Habría que ver, entonces, cómo crujirían las estructuras de los partidos tan poco dados a aceptar de buen grado este tipo de cosas. Mientras eso llega, el estilo directo de Sarkozy seguirá ganando adeptos.