Con la rentrée nos contamos historias del estío para hacer más llevadero el reenganche con la rutina. El mejor relato que he escuchado tuvo lugar en el aparcamiento de un centro comercial en Inglaterra y no deja de ser una fábula de nuestro tiempo.

Mi amigo observó a una pareja que se fue a comprar comida basura en una hamburguesería a la entrada de la gran superficie dejando en el coche, que estaba aparcado junto al suyo, a un niño guapísimo de unos ocho años, su cara iluminada por una gran e inocente sonrisa, y junto a él en el asiento de atrás del vehículo, un adolescente, obeso y horrorosamente feo.

De una manera desaforada y repulsiva este ogro junto al angelito estaba llenándose la boca de palomitas. Pronto vació la bolsa, la tiró por la ventana del coche y comenzó a atacar una de patatas que tenía en reserva. Contemplando la escena mi amigo consideró, quizás por el contraste entre los dos chicos, que nunca había visto nada más vulgar que aquel tragón.

No era vulgar en el sentido de ausencia de refinamiento. Era peor que eso. Pensó que tal alarde de vulgaridad mostraba un desprecio a conciencia por todo lo que podía pasar por ser refinado.

Se le ocurrió que estaba ante un clarísimo caso de vulgaridad basada en principios, un caso de vulgaridad poco menos que ideológica. Explicó que el devorador de palomitas y patatas fritas era un perfecto representante del nulo refinado y muy vulgar estado de la Inglaterra moderna. Yo dije que el tipo se propagaba por doquier. En España desde luego. Y que el idílico niño en aquel coche hubiera dado el mismo espectáculo de haber tenido de repente ganas de inflarse de porquerías. El ejemplo de cómo comerlas lo tenía en casa.

Mis propias historias de los días de relax tienen poco que ver con la jungla urbana pues pasé muchos de ellos en una cabaña pasiega, perdida entre los pastos altos de Cantabria.

La que me dejó más huella ocurrió cuando al madrugar no oí el canto de los gallos de otra cabaña relativamente cercana. Aquel amanecer vi a una gineta pasearse con mucha tranquilidad por la tapia al fondo de nuestro prado. Me imagine que venía de visitar a quienes en los días anteriores me habían brindado su coro matinal.

La gineta, un animal de un metro de largo, mitad cuerpo, mitad cola, es nocturno y fue una suerte verla tan relativamente cerca. Tiene cara de gato y un andar muy refinado. Lo que más le gusta es hundir su dentadura en el cuello de una gallina y desangrarla. Es un extraordinario vampiro. No se come sus víctimas. Las silencia. En esta ocasión se había llevado un gallinero entero por delante.

Las tertulias políticas en esta rentrée se han dado de bruces con una historia para intercambiar de rabiosa actualidad y esta también puede ser una fábula de nuestros tiempos.

Desde que en el lejano otoño de 1974 el PSOE celebró en el anodino barrio parisino de Suresnes un renovador congreso que enfiló a Felipe González a la fama y al poder, el histórico partido de la izquierda española jamás había tenido una semejante rebelión en la granja.

La refinada Rosa Díez no es ninguna vampiresa pero es posible, al menos así lo espera mucha gente que siente admiración por ella, que alguna dentellada habrá dejado en la yugular del partido en el cual tanto tiempo ha militado.

La fábula consiste en la atroz vulgaridad del espectáculo que está dando el PSOE en su nueva renovación y su segundo paso por el gobierno. La derecha española tendrá su propia visión de González pero la europea, Margaret Thatcher, Giulio Andreotti, Helmut Kohl, le consideraba un hombre refinado y un político a la altura de las circunstancias. Eso mismo pensaron Ronald Reagan y George Bush padre.

Los sucesores de todos estos no saben si José Luis Rodríguez Zapatero da la talla porque ni le conocen ni le dedican un telediario. Cuando se pasa de lo anecdótico a nivel ya de categoría, la vulgaridad es la manifestación de una enrevesada confusión de ideas y una profunda crisis de identidad. El PSOE nació, como los demás partidos socialistas a finales del XIX con la misión de emancipar la clase trabajadora y, al regenerar el país, vertebrar la Nación. Por ello Ortega y Gasset decía a principios del XX que quien no era socialista tenía que explicar por qué no lo era. Ahora algunos explican por qué se van del PSOE.

Del PSOE republicano que González convirtió en un cohesionado partido nacional para la monarquía parlamentaria que, llegado al gobierno, representó con dignidad a España en el escenario internacional, se ha pasado al aislamiento, al aldeanismo y al apetito por el fast food nacionalista, tragando lo que haga falta.

Por el camino, y salvando todas las distancias, se ha perdido la inteligencia. La de Fernando Savater por ejemplo. No sé lo que conseguirán Díaz y Savater con su iniciativa de ligarse con otros para infundar la educación política entre los españoles. Lo que si sé es que a seis meses de las elecciones generales, la política se ha convertido en un gallinero que desagrada al vecindario. Las ginetas en tales circunstancias son bienvenidas.