El carismático alcalde socialista de París se convierte en la alternativa a Ségolène Royal, aunque esconde el juego de sus intenciones
Ségolène Royal había permanecido 72 horas en La Rochelle como madrina de la universidad de verano socialista, pero ayer decidió ausentarse del discurso de clausura de François Hollande. Bien por despecho sentimental -acaban de separarse- o bien porque políticamente le interesa alejarse del primer secretario, timonel de una nave a la deriva y protagonista de una homilía ingeniosa, divertida, misericordiosa.
Misericordiosa porque Hollande intentó ayer acortar distancias con la madre de sus cuatro hijos. No se ha reunido con ella ni una sola vez desde que ambos llegaron al balneario de La Rochelle, pero en el mitin se concedió la sorpresa de un homenaje: «Hay que reconocer el gran papel que ha realizado nuestra candidata a las presidenciales».
El juego del escondite entre Hollande y Ségolène ha sido el acontecimiento más evidente del curso de La Rochelle, aunque los titulares estrictamente políticos llevan el nombre de Bertrand Delanoë. No sólo porque el carismático alcalde de París ha aprovechado la ausencia de los elefantes (Jospin, Lang, Fabius, Strauss-Kahn) para erigirse en tenorísimo. También porque sus intervenciones dejan entrever mayores ambiciones políticas de las que supondrían imponerse en las municipales de marzo de 2008.
«No soy candidato a nada, pero puedo serlo a varias cosas», deslizaba con ironía Delanoë en La Rochelle. Está claro que le maire, de 57 años, tiene pensado confirmarse en el trono parisino. Y es probable, igualmente, que sus pretensiones comprendan el propósito de erigirse en árbitro de la transición socialista. Quizá como primer secretario -Hollande deja el cargo en 2008- o quizá como alternativa sorpresa a las presidenciales de 2012.
Son exactamente los objetivos inmediatos de Ségolène Royal. Ambiciones indisimuladas que la han traído hasta La Rochelle con un discurso agresivo. Quiere renovar el partido, ajustarlo al engranaje de la socialdemocracia europea, maniobrar un relevo que implica el sacrificio de su propia ex pareja y que pretende conceder mayor cobertura a la generación de los cuarentones. Hablamos de Manuel Valls, Arnaud Montebourg y Vincent Peillon, presentes en La Rochelle porque consideran imprescindible un nuevo organigrama y un nuevo proyecto.
¿Quién se encargará de liderarlo? Descartados los elefantes y puesto en duda el criterio de Hollande, la cuestión parece concernir a Ségolène Royal y a Bertrand Delanoë. Ninguno entusiasma realmente en el seno del partido, aunque el alcalde de París tiene a su favor la credibilidad de su gestión municipal, su posición inequívoca en las cuestiones de actualidad -ecología, derechos sociales, pacifismo-, sus buenas amistades en la people y sus recursos en las artes de la dialéctica.
Le reprochan, como a Gallardón, el problema de una reputación relacionada exclusivamente con la capital, pero la prueba de sus ambiciones es el modo con que ayer se despojaba del sambenito: «¿Creen realmente que no soy conocido fuera de París? En ese caso, ¿por qué me invitan a todas partes? Porque quieren conocer nuestro modelo.»
No, no ha podido Delanoë resistirse a las vanidades. Chirac conquistó el Elíseo después de haber sido el Carlos III de París. Bertrand aspira secretamente a repetir la proeza. Mucho más cuando la prensa francesa acaba de bautizarlo como «el nuevo rey de La Rochelle» y cuando los corrillos de militantes ponen su nombre en las quinielas.
De ahí que las municipales representen una oportunidad propagandística. El impulso plebiscitario de una victoria convertiría a Delanoë en imprevista pesadilla para Royal.
© Mundinteractivos, S.A.

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